“Llevo años estudiando esto. Hice revisiones sistemáticas sobre usos problemáticos de pantallas en jóvenes, entrevisté adolescentes que no podían soltar el celular, analicé los diseños de apps construidas para que quedarse sea más fácil que irse. Conozco el mecanismo, lo explico en clase, escribo sobre esto. Y sin embargo sigo ahí. El conocimiento no inmuniza. Apenas le cambia la forma a la culpa. Y también pasa esto: a veces, ahí adentro, aparece algo o alguien que no buscabas pero que te acompaña”. Quien escribe es Joaquín Linne, autor de La reinvención del amor (Siglo XXI), sociólogo, doctor en Ciencias Sociales, investigador del Conicet y docente de las universidades de Buenos Aires, Lanús y Abierta Interamericana, al final de un capítulo de Tiempo de pantalla (Vinilo Editora). “Ahí adentro”, se sabe, es una forma de referirse a los espacios virtuales.
Joaquín Linne es autor de Tiempo de pantalla (Vinilo). Foto: gentileza.
“Hace casi veinte años que investigo lo mismo con distintos nombres: qué hacen los jóvenes con las tecnologías digitales y qué hacen esas tecnologías con ellos. Empecé con los cibercafés, cuando todavía se pagaba la hora”, cuenta Linne a Clarín.
“Seguí con Facebook, después con las computadoras que entraban a las escuelas y, más tarde, con las apps de citas. Ahora estoy trabajando sobre usos problemáticos: pantallas, redes, videojuegos y ciberapuestas”, detalla. En la Universidad Abierta Interamericana (UAI) coordina grupos de investigación sobre juventudes y tecnologías digitales. “Si tuviera que decir qué encontré en todos estos años, diría esto: las tecnologías funcionan como compañía. Una compañía lúdica, informativa, afectiva y también algo espectral”, afirma.
Dice Linne que esta costumbre no empezó con el celular. “La tele acompañó durante décadas a chicos y amas de casa; la radio todavía acompaña a los que manejan, a los que estudian y a muchos adultos mayores”, explica. Y agrega que, en la actualidad, el streaming, los podcasts, las playlists y las redes “son la nueva tele, la nueva radio y el nuevo reproductor musical de las generaciones que vienen”.
En conclusión: “Del zapping al scrolleo hay un solo paso. De los clasificados de búsqueda de pareja y el levante en el boliche llegamos al chat con emojis y al swipe. Lo que cambió es la escala y la portabilidad. Esa compañía ahora está encendida todo el día, en el bolsillo, y además responde”.
Joaquín Linne es autor de Tiempo de pantalla (Vinilo). Foto: gentileza.
–¿Cómo surgió la idea de escribir el libro?
–Empezó como un cuaderno. No había un proyecto. Anotaba escenas mínimas: la mano que va sola al bolsillo, el “cinco minutos más y lo dejo”, el médico que se disculpa por contestar un mensaje en plena consulta. Escribía eso mientras dirigía un proyecto sobre usos problemáticos de internet y, en algún momento, noté algo incómodo: las conductas que estaba estudiando en otros las tenía ahí nomás, todos los días, en mí. De esa incomodidad salió el libro. Tenía dos décadas de papers sobre el tema y ninguno me dejaba escribir la escena del despertador, el desbloqueo, el chequeo antes del mate. El paper te pide distancia; el diario te pide lo contrario. Vinilo apareció en el momento justo, porque es una editorial que publica ese cruce entre ensayo y experiencia. Con estos diecisiete capítulos breves, entre el diario y el ensayo, busqué captar cierto pulso de época. El ritmo y la velocidad que adoptamos con el uso intensivo de las tecnologías, mientras nos volvemos sujetos híbridos, cada vez más digitalizados.
–¿Cuáles fueron las dificultades de haber sido vos mismo el caso de estudio? ¿Y las ventajas?
–La primera dificultad es el pudor. Hay escenas que uno preferiría no dejar por escrito: la revisión compulsiva, la mentira del “mañana arranco”, el inventario de todas las suscripciones y plataformas digitales que pago por mes, que empezó como curiosidad y terminó siendo un capítulo. La segunda es metodológica. Cuando empecé a anotar lo que hacía con el teléfono, empecé a usarlo de otra manera. El diario interviene aquello que observa, y eso hay que declararlo. La tercera fue de escritura, y es la que más trabajo me dio: sostener el registro. El diario íntimo tira para la confesión y el oficio tira para el paper. Encontrar una voz que no cayera en ninguno de los dos lados me llevó bastante más tiempo que reunir el material. Las ventajas son dos. Una es de acceso. La investigación social gasta muchísima energía en reconstruir lo que la gente hace con el celular a partir de lo que la gente dice que hace, y entre una cosa y la otra a veces hay un abismo. Nadie te cuenta bien lo que hizo a las tres de la mañana. La otra ventaja es que te saca la superioridad moral de encima. El riesgo mayor de escribir sobre pantallas es el sermón, y si el caso sos vos el sermón se cae solo. Eso sí, tengo claro que un caso no prueba nada. Sirve para afinar preguntas que después se testean con encuestas y entrevistas, que es lo que hago del otro lado de mi trabajo.
Desconectarse se está volviendo caro
Entre los usos y costumbres de las nuevas tecnologías digitales que desarrolla Linne sorprende un párrafo del capítulo "Quedarse o migrar", en el que se refiere a una tendencia impuesta por quienes deciden regresar al uso del teléfono básico, sin apps, como los que circulaban en forma masiva hasta hace poco más de una década.
Se los conoce como dumbphone, “el teléfono tonto, como antónimo del inteligente”, explica en el libro. Y agrega que, en España, la demanda de estos dispositivos creció más del 200 por ciento en 2024. “El gesto tiene algo de alivio y de boutique: desconectarse también cuesta, y no todos pueden pagarlo igual”, considera en esas líneas.
El ejemplo que brinda es el de Gabriel Boric, expresidente de Chile, quien a principios de 2025, todavía en funciones, dijo durante una edición del Congreso Futuro –un encuentro internacional que conecta ciencia, tecnología, innovación y pensamiento– que buscaba “desintoxicarse” de la hiperconectividad y que, con el fin de intentar una transición tecnológica, se había comprado un celular “de los antiguos, sin internet”, tal como explicó mientras exhibía el artefacto.
“Hay un movimiento real, aunque minoritario”, cuenta Linne durante la entrevista. “Teléfonos tontos, cajitas con temporizador, escuelas que guardan los celulares durante la jornada. Me interesa más como síntoma que como solución. Un regreso masivo no lo veo. Lo que sí está apareciendo es una diferenciación social del desconecte”, explica el sociólogo.
Y agrega tajante: “Desconectarse se está volviendo caro; requiere tiempo, autonomía laboral y una red de gente que te banque estar ausente unas horas. El que reparte con una app, el que trabaja en atención al cliente, el pibe que estudia con el celular como única computadora: ninguno puede tener un teléfono sin apps. Ahí hay una desigualdad nueva y bastante poco discutida, la de la atención protegida como privilegio. Por eso desconfío del ascetismo individual. La fuerza de voluntad contra un sistema diseñado por miles de ingenieros para capturarla es una pelea despareja”.
El autor de Tiempo de pantalla sostiene que lo que sí funciona, en cambio, son los acuerdos en cada escala: “la pareja que deja los teléfonos afuera de la habitación, la familia que despeja la mesa a la hora de comer, el grupo de amigos que decide que en la juntada nadie filma”.
Joaquín Linne es autor de Tiempo de pantalla (Vinilo). Foto: gentileza.
Y agrega que, por otra parte, están los acuerdos institucionales, “que son los que mayores discusiones están generando, acerca de los ensayos que se realizan en las escuelas y lo que las universidades empiezan a preguntarse sobre el teléfono en el aula”. Todo esto, a su vez, considera Linne, “corre en paralelo a lo que todavía falta: regulación sobre el diseño de las plataformas. Un acuerdo entre dos personas no compensa un modelo de negocio”.
En el libro, el sociólogo menciona el concepto de multimidad, propuesto por él hace más de una década en su tesis doctoral. “Nombra una intimidad que no se guarda del todo para uno ni se vuelve del todo pública”, explica.
“Se comparte de manera controlada con un círculo ampliado de pares y tiene dos caras: una relacional: la intimidad deja de organizarse como una díada, dos personas que se confían algo reservado, y pasa a ser múltiple y simultánea, repartida en una red de vínculos, y una operativa, que es la que más me interesa: esa intimidad se administra por segmentos”. Como ejemplos, enumera la categoría de “mejores amigos” de Instagram: el grupo cerrado, la segunda cuenta, el perfil que ve la familia y el que ven los pares.
El reinado de los algoritmos
“Hay algo que me preocupa más que el tiempo de uso, y es lo que los algoritmos hacen con nuestros esquemas mentales”, considera Linne.
Y agrega: “Al servirnos siempre contenido afín, refuerzan sesgos ideológicos y de interés, consolidan creencias, endurecen posiciones. Cada uno queda más parecido a sí mismo. Eso vuelve más difícil la convivencia con la otredad, que es una condición bastante básica de la vida en común. Frente a un imaginario de abundancia, gente disponible por todos lados y contenidos infinitos hechos para retener la mirada, parecería que hoy tenemos más paciencia con los vínculos mediados por pantalla que con los presenciales. El chat perdona, el encuentro cara a cara exige. Si eso es así, algo tendrá que ver con ciertos datos que están a la vista: más gente sola, más gente soltera, menos hijos. No me animo a decir que las pantallas causen eso, sería una simplificación. Sí me animo a decir que forman parte del clima en el que todo eso está pasando”.
–¿Este libro podría haber sido escrito íntegramente por IA o algo así podría suceder pronto?
–Una IA puede escribir hoy mismo un libro sobre pantallas que suene bien. Tiene las citas, los diagnósticos, el vocabulario, el tono preocupado justo. Le sale el equilibrio, y ese es el problema: le sale demasiado bien. Lo que todavía le cuesta es lo sucio. El humor, que casi siempre es una forma de crueldad administrada. La negatividad, la contradicción, la afectividad complicada. Un libro como este se sostiene sobre una ambivalencia que no se resuelve. Detestamos a veces el gesto constante de revisar el teléfono y lo hacemos decenas de veces por día. Pero algo nos fascina de ese aleph, de ese estado del arte de la tecnología digital. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y ninguna cancela a la otra. Te amo, te odio, dame más, como decía Charly. Un modelo entrenado con millones de textos produce la frase promedio sobre la atención fragmentada, y la produce con buenos modales. Le cuesta más quedarse en la contradicción sin ordenarla. Ahí es donde por ahora el registro humano sigue siendo más fiel a la experiencia. Con lo cual la pregunta se corre a otro lado. Técnicamente, el libro promedio ya se puede generar, y se está generando. Cuando el costo de producir texto tiende a cero, lo que queda valiendo algo es la vida que hay detrás y la confianza en que alguien realmente la puso. Sospecho que vamos hacia lectores más atentos a esa pregunta: quién estuvo de verdad en la escena que me están contando.
Joaquín Linne es autor de Tiempo de pantalla (Vinilo). Foto: gentileza.
–¿Cómo es la experiencia de leer libros en la actualidad, rodeados de tecnologías digitales?
–Leer un libro entero se volvió un ejercicio deliberado, casi contracultural. No es que leamos menos, leemos todo el día: chats, subtítulos, hilos, mails, condiciones que aceptamos sin mirar. Cambió el tipo de atención. La pantalla entrena el escaneo y el salto, la evaluación veloz de sí esto vale la pena o si hay algo mejor una pestaña más allá. El libro pide continuidad y cierta disposición a aburrirse un rato sin cambiar de estímulo. Yo mismo tengo que armarme condiciones: el teléfono en otra habitación, una hora, papel. Es medio ridículo tener que montar un dispositivo para hacer algo que a los quince me salía solo. Me parece más útil decirlo que disimularlo.
–¿Cómo creés que será la experiencia de lectura de este libro?
–Interrumpida, y está bien que lo sea. Son capítulos breves, pensados para un lector con el celular al lado: entrás, leés una escena, levantás la vista, mirás el teléfono, volvés. Ojalá en algún momento aparezca una incomodidad chiquita, el reconocerse en un gesto propio. No busco que nadie deje nada. Busco que se vea una vez más eso que hacemos todo el día sin mirar.
Joaquín Linne básico
- Es sociólogo, magíster en Comunicación y Cultura y doctor en Ciencias Sociales por la UBA.
- Trabaja como investigador del Conicet con sede en el Instituto Gino Germani y como docente en seminarios de grado y posgrado en la UBA, UNLa, Ucasal y UAI.
- Desde hace quince años analiza cómo internet, las redes sociales y las plataformas digitales atraviesan los vínculos, las formas de estudio, los trabajos y las subjetividades de las nuevas generaciones.
- Ha publicado numerosos artículos en revistas académicas de distintos países y es coautor, junto con Marcelo Urresti y Diego Basile, de Conexión total. Los jóvenes y la experiencia social en la era de la comunicación digital (2015).
Tiempo de pantalla, de Joaquín Linne (Vinilo).
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