¿Tener una buena salud mental significa sentirse bien? Estar motivados, dormir bien, disfrutar del trabajo, tener vínculos armoniosos, saber poner límites, regular las emociones y, además, sentirnos conformes con nosotros mismos puede sonar como un ideal al que todos aspiramos. Pero en el plano de lo real, ninguna vida se parece a eso.

“Quizás el mayor error actual sea pensar que tener buena salud mental equivale a sentirse bien todo el tiempo”, sostiene la médica psiquiatra Pía Lobo, por lo que en el marco del mes dedicado a concientizar sobre la salud mental, la especialista propone ampliar la conversación: no preguntarnos solamente qué tenemos que hacer para sentirnos mejor, sino también qué recursos necesitamos desarrollar para estarlo incluso cuando, por momentos, no nos sentimos bien.

Lobo explica que la salud mental no consiste en vivir sin ansiedad, tristeza, miedo, frustración o incertidumbre. Por el contrario, consiste, en buena medida, “en poder atravesar esas experiencias sin que necesariamente nos desorganicen por completo”.

Y aclara que una persona mentalmente saludable también puede tener días en los que no quiere hablar con nadie, semanas en las que está más preocupada, momentos en los que duda de sus decisiones o etapas en las que se siente perdida. Puede llorar una separación, angustiarse frente a un cambio, sentir miedo antes de un evento importante o necesitar tiempo para adaptarse a algo que no eligió.

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“No todo malestar es una señal de que algo funciona mal. A veces, sentirse mal es una respuesta emocional perfectamente coherente frente a lo que estamos viviendo”, plantea.

Por eso, propone cambiar las preguntas. No solamente “¿cómo me siento?”, sino también: “¿qué estoy pudiendo hacer con lo que siento?”.

Cuando una emoción organiza la vida

En psiquiatría, muchas veces lo que permite comprender la dimensión de un problema no es únicamente la intensidad de una emoción, sino el impacto que empieza a tener sobre la vida de quien la siente.

Para explicarlo, la psiquiatra utiliza el ejemplo de dos personas que pueden experimentar ansiedad y encontrarse en situaciones completamente diferentes. Una puede sentirla antes de rendir un examen, atravesarlo y continuar con su vida. Otra puede empezar a evitar exámenes, dejar materias, dormir mal, aislarse y organizar progresivamente sus decisiones alrededor del miedo.

“La emoción puede llamarse igual. Lo que cambia es el lugar que empezó a ocupar”, explica.

El problema es cuando la emoción organiza la vida. Foto ilustración Adobe Stock.

Lo mismo sucede con la tristeza. Estar triste después de una pérdida no implica estar enfermo. Pero si con el tiempo ese sufrimiento altera profundamente el sueño, el apetito, la concentración, los vínculos, la capacidad de disfrutar o de sostener las actividades cotidianas, la situación requiere otra mirada.

En ese sentido, hay una palabra que la especialista considera fundamental cuando se habla de salud mental y que muchas veces queda eclipsada por la búsqueda de bienestar: funcionamiento.

“¿Cómo estoy viviendo mientras me siento así? ¿Puedo trabajar o estudiar? ¿Puedo vincularme? ¿Puedo descansar? ¿Puedo disfrutar de algunas cosas? ¿Puedo adaptarme cuando algo cambia? ¿Puedo pedir ayuda? ¿Puedo tolerar que algo no salga como esperaba sin que todo mi mundo se derrumbe?”, enumera.

Para Lobo, estas preguntas pueden decir bastante más sobre nuestra salud mental que preguntarnos simplemente por si estamos felices. “Una buena salud mental no garantiza una vida agradable, nos ofrece mejores recursos para habitar una vida que inevitablemente tendrá momentos agradables y otros que no lo serán”, sostiene.

Cuando el objetivo pasa a ser “no sentir”

Podemos tener miedo y aun así hacer algo importante para nosotros. Podemos estar tristes y seguir conectados con las personas que queremos. Podemos sentir incertidumbre sin necesitar resolver inmediatamente todo lo que no sabemos, dice.

El problema aparece cuando gran parte de nuestras decisiones comienza a estar gobernada por un único objetivo: no sentir. Dejar de viajar porque podríamos angustiarnos, no decir lo que pensamos para evitar un conflicto, no iniciar una relación porque podría terminar o no probar algo nuevo porque podríamos fracasar son decisiones que pueden producir alivio en el momento.

Y justamente por eso evitar resulta tan tentador. Pero cuando se transforma en nuestra principal estrategia para afrontar el malestar, ocurre algo paradójico: cuanto más intentamos protegernos de determinadas emociones, más condicionan nuestra vida.

“Una vida organizada para no sentir ansiedad puede terminar siendo una vida organizada alrededor de la ansiedad”, resume Lobo.

Hoy hay mayor conciencia acerca de la necesidad de pedir ayuda. Foto ilustración Adobe Stock.

Y aclara que esto no significa romantizar el sufrimiento ni implica que todo debe soportarse. Hay momentos en los que el dolor emocional deja de ser una experiencia transitoria y comienza a producir un deterioro significativo. “En esos casos, consultar no es exagerar ni convertir una dificultad cotidiana en una enfermedad, es reconocer que algo necesita atención”, aclara la especialista.

Ni negar ni patologizar el sufrimiento

Durante muchos años, hablar de salud mental estuvo asociado casi exclusivamente a hablar de enfermedad. Hoy tenemos mucha más información, reconocemos síntomas antes, hablamos de ansiedad, depresión, trauma o agotamiento y hay mayor conciencia acerca de la necesidad de pedir ayuda.

Esa mayor conciencia, según Lobo, también plantea un desafío: no interpretar cada experiencia emocional desagradable como algo que necesariamente debemos corregir. “Podemos aprender a reconocer un trastorno sin patologizar cada tristeza. Podemos tratar la ansiedad cuando se vuelve incapacitante sin pretender eliminar toda ansiedad de nuestra vida. Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos sin asumir que necesitamos una intervención profesional para atravesar cada dificultad”.

“Entre negar el sufrimiento y convertir cada sufrimiento en una enfermedad existe un territorio enorme: el de aprender a vivir con emociones que no siempre elegimos”, resume.

Aceptar los días difíciles

La vida va a frustrarnos. Habrá relaciones que terminen, decisiones que lamentaremos, proyectos que no funcionarán, períodos de incertidumbre y días en los que simplemente estaremos cansados, irritables o tristes. “La salud mental no nos vuelve inmunes a nada de eso, puede ofrecernos recursos para que una emoción difícil no se convierta automáticamente en una vida detenida”, explica Lobo.

Y concluye: “Cuidar nuestra salud mental no significa construir una vida en la que nada nos desestabilice, tal vez signifique construir una vida lo suficientemente amplia como para que también haya lugar para los días difíciles, sin que esos días terminen definiendo toda nuestra vida”.

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