Durante gran parte de su vida, una mujer creyó que en algún momento llegaría el día en que finalmente se sentiría una adulta con todas las respuestas. Esperó esa sensación a los 30, después a los 40 y más tarde a los 50. Sin embargo, cuando cumplió 54 comprendió que esa seguridad nunca aparece y que, en realidad, nadie atraviesa la vida con todo resuelto.
La reflexión surgió a partir de una situación cotidiana. Mientras completaba la autorización para un viaje que hijo debía realizar con la escuela, escribió su nombre como contacto de emergencia. Allí fue consciente de que era ella la persona a la que llamarían si ocurría algún problema, aunque una parte de sí seguía esperando que apareciera "el verdadero adulto" para hacerse cargo.
Durante años pensó que esa certeza existía y que todos los demás ya la habían alcanzado. Veía a sus padres, a sus jefes o a otras madres en la escuela desenvolverse con tranquilidad y asumía que sabían exactamente lo que hacían. En cambio, ella sentía que improvisaba constantemente y que, tarde o temprano, alguien descubriría que no estaba tan preparada como aparentaba.
La conversación que cambió su forma de ver la adultez
El primer golpe a esa idea llegó gracias a su papá, a quien siempre había considerado una persona segura y firme. Poco antes de morir, durante una conversación íntima, él le confesó que jamás había sentido que supiera realmente cómo ser padre.
Le dijo que durante cuatro décadas convivió con la sensación de estar improvisando y de que, en cualquier momento, alguien descubriría que no tenía todas las respuestas. La confesión la sorprendió porque siempre lo había visto como alguien meticuloso, organizado y dueño de cada decisión que tomaba.
Sus reflexiones sirven para entender que no siempre existen certezas absolutas. (Foto: Shutterstock).
A partir de ese momento comenzó a prestar atención a otras personas de su entorno. Una jefa a la que admiraba reconoció que muchas de sus decisiones importantes nacían de la intuición y de la esperanza de que funcionaran. Incluso su propio médico le propuso probar un tratamiento para evaluar cómo respondía, una frase que interpretó como otra forma de admitir que no siempre existen certezas absolutas.
También recordó el mensaje de una amiga que, entre bromas, preguntó si alguien entendía realmente cómo funcionaban los impuestos o si todos fingían comprender. Poco a poco empezó a descubrir un patrón: las personas que siempre había considerado completamente seguras también dudaban y resolvían problemas sobre la marcha.
Nadie tiene todas las respuestas
Con el tiempo comprendió que la diferencia estaba en la perspectiva. De los demás solo observaba el resultado: las cuentas al día, las decisiones tomadas o la calma con la que enfrentaban la rutina de cada día. De sí misma, en cambio, conocía todas las dudas, los miedos y las inseguridades que acompañaban cada elección.
Esa comparación permanente la llevó durante años a creer que todos habían recibido una especie de manual para ser adultos y que ella era la única que avanzaba guiándose por la intuición. Sin embargo, terminó entendiendo que los demás también mostraban únicamente su versión más segura mientras ocultaban sus propias incertidumbres.
Hoy, a los 54 años, sigue tomando decisiones y asume responsabilidades. La diferencia es que ya no espera sentirse completamente preparada para hacerlo. Comprendió que esa sensación de estar totalmente calificada nunca llega y que la adultez no consiste en tener todas las respuestas, sino en seguir avanzando a pesar de las dudas, igual que lo hacen todas las personas.
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