“Mis experiencias en Ruanda, Camerún, República Dominicana y acá en Argentina me dieron las herramientas para ayudar a los más necesitados. La cotidianeidad de esas situaciones es la gran maestra de la vida”, reflexiona el padre Anaclet Mbuguje, el cura de Ciudad Evita, originario de Ruanda.

“Cuando ocurrió el genocidio yo vivía en Butaré, al sur de Ruanda. Tenía 14 años, era un adolescente”, cuenta el cura, quien vivió la masacre sistemática ocurrida en su país en 1994, en la que el gobierno y las milicias pertenecientes a la etnia hutu masacraron sistemáticamente a la población tutsi con la que convivían en el país.

La ONU estima que en los 100 días que duró la matanza murieron 800.000 personas, y que dos millones de ruandeses emigraron a países vecinos. Anaclet perdió familiares por el conflicto, pero no debió salir del país, sino que se desplazó dentro del mismo junto con su familia.

El padre con los chicos del espacio parroquial, Club Angelelli.

Tras el genocidio, el padre Anaclet continuó con sus estudios secundarios en un colegio pupilo, viendo a su familia cada tres meses, y recuperándose de la tragedia junto con sus compañeros y profesores: “Durante mi adolescencia hubo un corto tiempo en que me sentía distante a Dios, muchos nos preguntábamos por qué había permitido que algo así sucediera –recuerda– Pero a mis 17 años retomé mi fe en Dios y la fui madurando, hasta que a mis 18 decidí empezar el seminario”.

A sus 20 años se unió a la congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones y se fue a realizar su noviciado –período de prueba y formación inicial que las órdenes y congregaciones religiosas católicas exigen a sus nuevos miembros– y a estudiar Filosofía a Camerún: “Ahí no me dediqué mucho a la vida pastoral, prácticamente no salíamos de la casa –cuenta Anaclet– Pero noté grandes diferencias con Ruanda, como la diversidad de tribus e idiomas que no existían en mi país”.

Asimismo, en el país africano aprendió a “ser migrante” y a convivir con gente que lo veía de esa forma: “Había ruandeses que se habían asentado ahí cinco años antes, pero también había migrantes y refugiados provenientes de países vecinos como Chad, Nigeria o República Centroafricana”.

El Padre Anaclet con el grupo juvenil de la parroquia.

Tras concluir con sus estudios en 2004 volvió a Ruanda, y en agosto de ese mismo año fue enviado nuevamente a otro país, pero esta vez no a uno africano, sino que a República Dominicana: “Ahí hice mucha actividad pastoral, ayudando en parroquias y acompañando a los que menos tenían. Pero también aprendí a ser latinoamericano; aprendí el idioma y sus usanzas y en las grandes vacaciones solía alojarme en casas de personas que me recibían con mucho cariño, descansando o haciendo actividades pastorales”.

En algunas ocasiones, el padre fue confundido con un haitiano y amenazado con ser llevado a Haití: “Si no hubiera tenido documentación en ese momento no sé qué hubiera pasado –dice antes de quedarse callado unos segundos– Eso me hizo empatizar aún más con las personas de la región”

Anaclet en el bautismo de un adolescente del barrio.

Tras cuatro años de trabajo y haber finalizado sus estudios en el exterior, volvió en 2008 a Ruanda para realizar sus votos perpetuos, ordenándose como diácono en septiembre y como sacerdote en diciembre del mismo año: “Unos meses después, mi Superior me trajo aquí, a Argentina, en agosto del 2009”.

Sus primeros 9 años en el país trabajó en CABA, hasta que en el 2018 fue enviado a Ciudad Evita. “Me destinaron a estos barrios, que un año después se convertirían en la Parroquia de Beato Enrique Angelelli y Mártires Riojanos, y desde entonces trabajamos en más 5 barrios muy precarios en los que viven alrededor de 60.000 personas en condiciones muy tristes”, dice el cura.

Además de predicar la palabra de Dios y celebrar los sacramentos, su labor es ayudar a los jóvenes adictos a la droga que quieren dejar de serlo, a través del “Hogar de Cristo”, prevenir la drogadicción en los centros de día barrial “Variar”, como así educar a las infancias y a los adultos en una escuela parroquial gratuita. Coordina los comedores y merenderos que dan comida a 100 familias: “También acompaño a familias migrantes que deben adaptarse a este país, que a pesar de ser muy cálido con ellos, hay situaciones que son difíciles de atravesar”.

Cada dos años tiene la oportunidad de volver a su país para estar junto con su familia en Butare, pero siempre vuelve a Argentina para continuar con su obra, hasta que lo cambien de misión: “Yo no nací con muchos recursos, pero tampoco nací solidario. La solidaridad se construye de esta forma, viviendo junto a las personas que lo necesitan y ayudándoles desde tu lugar”, concluye.