Bravamente cabalgaron/ en las garras de la muerte/y la boca del infierno/los valientes seiscientos”. La guerra de Crimea fue la primera gran contienda cubierta por el periodista irlandés William Howard Russell como corresponsal del Times de Londres.

Además de Russell, viajaban dos ilustradores, William Simpson y Joseph Clowe, y varios fotógrafos, aunque el más conocido era Roger Fenton, quien se convirtió en el primer fotógrafo de guerra que recorrió los campos de batalla con un carruaje adaptado como cuarto oscuro para revelar sus fotos. Su obra más célebre es “El valle de la sombra de la muerte”.

¡Adelante, Brigada Ligera!/¡Carguen por los cañones!/Hacia el valle de la muerte cabalgaron los seiscientos.

El artículo de Russell sobre la batalla de Balaklava relata minuciosamente este feroz combate entre las tropas anglofrancesas contra el ejército del Imperio ruso durante esta contienda.

Ese 25 de octubre de 1854, debido a una orden mal expresada (o mal comprendida), Lord Cardigan condujo a seiscientos cincuenta y cuatro dragones, lanceros y húsares conocidos como la Brigada Ligera contra los cañones y la infantería rusa apostada a los lados del valle de Balaklava. Cuando los rusos los vieron venir, pensaron que estaban ebrios. Al cabo de veinte minutos, solo doscientos valientes volvieron después de haber tomado una batería rusa.

La descripción de este sacrificio fue publicada en el Times e inspiró en Alfred Tennyson los famosos versos citados que consagran al inútil coraje en una aventura épica, cantando cómo la gloriosa valentía de los soldados británicos, aunque solo demostraba la inoperancia de sus comandantes.

Si la culpa fue de Cardigan, del capitán Nolan (que murió en la batalla), de Lord Raglan o Lord Lucan, nunca se sabrá y es materia de debate sobre las interpretaciones de las órdenes, los criterios para respetarlas y el desprecio por la vida de sus hombres como carne de cañón.

Por la pluma de Russell también nos ha quedado esa “delgada línea roja”, cuando la infantería inglesa sostuvo el embate de los cosacos en una larga fila de solo dos soldados.

Los detalles de esta trágica historia han llegado a nuestros días no solo por los poemas de Tennyson (también escribió uno sobre la brigada pesada que no tuvo tanto éxito), la novela de Macdonald Fraser y las reiteradas películas que exaltan el heroísmo de los soldados, pero no siempre la estupidez de sus comandantes.

Lord Cardigan pasó a nuestra vida diaria como un pulóver que solía usar el general. Lord Raglan se perpetuó en un tipo de manga que usaba para disimular la pérdida de su brazo amputado después de Waterloo.

Ah, Balaklava es el nombre que le dan los ingleses a lo que llamamos pasamontañas.

También Russell hizo famosa a Florence Nightingale, la dama inglesa que organizó el cuidado de los heridos en combate, salvando la vida de los hombres cuyos comandantes despreciaban haciendo cargas inútiles y equivocadas.

Todas estas historias han adquirido una dimensión trascendente porque hubo un testigo que relató lo que vio y otros que se encargaron de iconografiar un tiempo y una época con sus personajes destacados y la vida diaria de sus soldados en medio de una guerra. Nacía así la corresponsalía de guerra.

Aunque los soldados supieran que era un desatino, no estaban allí para replicar, no estaban allí para razonar, no estaban sino para vencer o morir.

La batalla entre la historia y la literatura la suele ganar esta última.