Este mes de octubre el Nobel de Medicina premió algo que parecía ciencia ficción: manejar con luz la actividad de neuronas cerebrales.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel lo hicieron posible con la “optogenética”, una técnica basada en que algunas algas tienen unas proteínas que usan para orientarse hacia el sol. Introducidas estas proteínas en el cerebro de animales, permiten encender o apagar un circuito neuronal con precisión de milisegundos.

¿Qué significa esto para la psiquiatría? Durante décadas se trabajó y trabaja con diagnósticos descriptivos y con fármacos que actúan sobre el cerebro entero. Los psicofármacos son como la llave general de un edificio, que sube o baja la corriente eléctrica de todos los departamentos a la vez.

La optogenética permite encender o apagar una sola habitación de ese edificio.

En animales ya se mapearon circuitos vinculados con el miedo, la pérdida de placer, la compulsión y la conducta social. Ese conocimiento empieza a cambiar la pregunta clínica, ya no sobre qué síntomas tiene alguien, sino qué circuito está fallando y de qué manera.

Explicación de la técnica de la optogenética. / Photo by LUNDAHL / TT News Agency via AFP)

Manejarse con prudencia

Sin embargo, conviene ser prudentes. Las aplicaciones de la optogenética en personas son por ahora excepcionales y apuntan solo a la retina, no a la mente.

Lo más realista es que su legado llegue de manera progresiva, afinando técnicas que ya existen, como la estimulación magnética transcraneal o la estimulación cerebral profunda, y orientando el desarrollo de fármacos más selectivos.

Es probable que en unos años dos personas con el mismo diagnóstico de depresión reciban tratamientos distintos porque sus circuitos funcionan de maneras distintas. Sería una psiquiatría de precisión, menos de etiquetas y más de circuitos.

Toda promesa técnica trae preguntas que ningún láser puede responder. Si algún día se pudiera modular la tristeza o el deseo, ¿quién decidiría qué merece ser corregido?

La frontera entre lo patológico y lo humano nunca fue un dato de laboratorio, siempre fue una conversación entre la ciencia, la cultura y cada persona. A eso se suman la privacidad de lo que se piensa y se siente, el acceso desigual a tratamientos costosos y el riesgo de convertir cualquier malestar en un problema técnico a resolver.

Deisseroth, Hegemann y Nagel, ganadores del Nobel Medicina 2026. / Photo by Jonathan Nackstrand / AFP

Derrumbando mitos

Para quien trabaja en un consultorio, lo más interesante es que esto permite desmentir dos mitos a la vez: uno, que la mente es solo cerebro; otro, que el cerebro es irrelevante para el sufrimiento psíquico.

Un circuito puede explicar cómo se sostiene un padecimiento, pero no por qué duele esa pérdida y no otra. Y los estudios de neuroimágenes muestran que una palabra dicha a tiempo, en una relación de confianza, modifica el funcionamiento del cerebro.

La psicoterapia nunca fue ajena a la biología; simplemente actuaba sin que se la pudiera ver.

Quizás el futuro de la psiquiatría no sea la victoria de una mirada sobre la otra, sino un oficio capaz de sostener las dos, mapas de circuitos y escucha, biomarcadores e historia personal.

El Nobel no anuncia una cura; ofrece una herramienta para dejar de adivinar en la oscuridad. Si se aprende a usarla sin perder de vista a la persona que se tiene enfrente, la luz que hoy ilumina las neuronas tal vez ayude a entender mejor lo que ninguna luz alcanza a mostrar.

¿Qué haremos cuando podamos intervenir sobre casi todo, menos sobre el sentido de lo que le pasa a una persona?

E.M.