El Gobierno comienza a registrar que la tregua del grito sagrado deportivo está por concluir. Durante semanas la atención pública ha permanecido suspendida en una especie de nube emocional que la mantuvo distraída de sufrimientos cotidianos. Se podría convenir algo: Javier Milei, salvo en el caso Malvinas con el cual tropezó varias veces, se cuidó de no caer en excesos políticos indebidos en la fantástica marcha de la Selección de fútbol en el Mundial de Estados Unidos.
Esa historia no estaría cerrada. El mandatario guarda la ilusión de que los futbolistas en algún momento concurran a la Casa Rosada para desde allí participar de una fiesta con la gente. Quizá con un asueto de por medio. En esa tarea se embarcó el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques con el titular de la AFA, Claudio Tapia. El dirigente al cual blindó judicialmente después de que los hermanos del poder tomaron conciencia de la imprudencia política que habían cometido. No se trata de una misión sencilla si se recuerda el comportamiento de la Selección a su regreso de Qatar.
Quizá Milei no tomó nota en profundidad de aquello que aconteció con sus antecesores. Alberto y Cristina Fernández pretendieron en diciembre del 2022 montarse en la marea que celebró la obtención del tercer título mundial. Apenas diez meses más tarde fueron desalojados del poder por el voto popular que terminó consagrando el líder libertario. Los números de la actualidad vuelven a mostrar que la sociedad no asoma propensa a confundir un oasis de gloria con la dura planicie de la realidad que representa para una mayoría la vida en la Argentina.
Para Lara Goyburu, directora de la consultora Managment & Fit, la gente tendría la situación en claro. Ante una pregunta de un informe sobre si el desempeño de la Selección nacional repercutiría en el apoyo a la gestión de gobierno el 57,5% opina que no, un 7,3% no lo sabe y solo un 35% sostiene que podría ser factible. La segmentación indicaría que el núcleo más sólido radica entre los mayores de 55 años y de nivel económico-social alto.
En verdad, ninguno de los picos del fútbol argentino tuvo alguna vez correspondencia favorable para el poder. El campeonato de 1986 obtenido en México, sobre el cual se recuerda siempre el legendario gol de Diego Maradona a Inglaterra, encontró a Raúl Alfonsín en el epílogo del Plan Austral. Luego vino la derrota en Buenos Aires y el arribo anticipado del menemismo. Incluso la dictadura desnudó problemas en 1978. El Mundial realizado en nuestro país, que políticamente contó con la hegemonía de la Armada, significó la incubación de una crisis interna en el régimen que un año y medio más tarde desembocó en el reemplazo de Jorge Videla por el general Roberto Viola.
El Gobierno consumió la primera semana del Mundial auto infligiéndose un desgaste incomprensible. Fue el tiempo que perduró el escándalo de Manuel Adorni desatado a raíz de su patrimonio vidrioso. A partir de entonces la valoración de Milei dejó de caer y se estabilizó aproximadamente entre 37% y 40%.
Aquella movida produjo derivaciones. Las investigaciones sobre Adorni tomaron otro ritmo. En las últimas horas terminó de elaborarse el peritaje contable ordenado por el fiscal Gerardo Pollicita. Después de repasarlo deberá resolver la citación a indagatoria del ex funcionario. Está por delante el receso invernal.
La llegada de Diego Santilli como jefe de Gabinete produjo un reordenamiento objetivo en el sistema de poder. Quedó de lado la supuesta pureza dogmática del ideario libertario para garantizar una supervivencia que permita proyectar la reelección en 2027. El ex compañero de fórmula de Horacio Rodríguez Larreta intenta moverse con extrema cautela entre Karina Milei y Santiago Caputo. Pero su suerte política –la candidatura a gobernador por Buenos Aires—parece atada sobre todo a la secretaria general. Ella mueve los hilos del armado electoral que viene.
El Presidente está siempre preocupado por el equilibrio en su esquema cercano. Volvió a mostrarse con el joven Caputo, a los abrazos, en el balcón de la Casa Rosada durante la celebración de la Independencia. Le adjudica el mérito de un par de situaciones. La recuperación de Milei del centro de la escena, extraviada por el escándalo Adorni. El regreso de la narrativa libertaria basada en el ordenamiento macroeconómico y la baja de la inflación que carece por ahora de cualquier réplica u oferta alternativa de parte de la oposición.
El Gobierno recibió en ese terreno una excelente novedad. La inflación de junio marcó 1,9%. Indica el tercer mes consecutivo de caída después de aquella disparada del 3,4% de marzo. Se trata del principal contrato de campaña que Milei estableció con la sociedad. Una tendencia que podría mantenerse en los próximos meses cuando la alegría del Mundial se haya esfumado definitivamente.
Las postales de la economía resultan, sin embargo, mucho más controvertidas que aquellas. Existe una disparidad en el modelo libertario entre la estabilización conseguida y las condiciones de vida de la población que constituye quizás el mayor desafío de Milei para el tiempo que arrancará luego del Mundial. Se tratará de otro partido, muy distinto. La necesidad simple y muy compleja, aunque suene paradojal, de que aquel ordenamiento se pueda convertir en bienestar para la población. Un salto de calidad que debe dar el Gobierno. Una demanda natural que aflora tras el primer objetivo cumplido.
Esa mutación tendrá que ejecutarse, además, sobre una sociedad cuyas expectativas están divididas en varios planos. Lo que el politólogo Pablo Knopoff (consultora Isonomía) denomina “los tres miedos”. ¿En qué consistirían? Los del núcleo más consolidado que respalda la gestión de gobierno, pero se interpela que ocurrirá si el ensayo no sale bien. La de los opositores irreductibles que frente a aquella posibilidad no tienen más que su pasado para ofrecer como futuro. También, la del segmento que no estando ni en uno u otro lado viene descendiendo desde hace décadas en la pirámide social.
La descripción permite inferir al menos dos cosas: que la ruptura con el viejo sistema que se decidió en 2023 no estaría aún consolidada; que la administración libertaria que apunta a un segundo mandato podría representar en realidad el tránsito hacia un nuevo sistema. Como ocurrió en el 2001 con la emergencia de Eduardo Duhalde que enterró el bipartidismo clásico, luego de la gran crisis del 2001, para dar nacimiento al ciclo de coaliciones identificadas por el kirchnerismo y el macrismo.
Tal vez esa falta de consolidación en el oficialismo responda a su corta vida y al estímulo que siempre concede a las internas. Suceden de manera permanente entre Karina y Caputo Juniors. Desde hace algunas semanas también entre la hermanísima y Patricia Bullrich que, a partir del escándalo Adorni, se ocupó de marcar diferencias. Es histórica, por otra parte, la ruptura de Milei con Victoria Villarruel. La vicepresidenta está embarcada ahora en una riña contra la senadora ex macrista y jefa del bloque libertario de la Cámara alta. Ninguna de las figuras mencionadas es de orden periférico. Forman parte –o formaron—de la estructura central de La Libertad Avanza.
El cruce entre Villarruel y Bullrich está cruzado por razones políticas y también de hondura ideológica. Queda claro que en esa contienda la senadora se colocó en el bando de los hermanos del poder. La vicepresidenta quedó dolida cuando los Milei impulsaron a la ex ministra de Seguridad para dominar el Senado y convertir su figura en decorativa. Pero afloraron otras cuestiones, una de las cuales marcó el partido contra Inglaterra en el Mundial. La reivindicación por las Malvinas; el proyecto que elimina restricciones para la compra de tierras por parte de extranjeros.
La vicepresidenta echó su fuego a la polémica por la soberanía de las islas que envolvió el partido entre la Argentina e Inglaterra. Bullrich formuló una insinuación apenas consumada la victoria. Villarruel catalogó aquel plan sobre tierras como un intento de “vender o rifar” al país. El tema no pudo ser tratado en el Senado porque el oficialismo no llegó a juntar los votos. El Presidente descalificó a su ex compañera de fórmula al hablar en la Bolsa de Comercio.
El encontronazo tuvo otra connotación. Villarruel puso además en tela de juicio el modelo económico. Habló de las empresas que cierran, de la falta de desarrollo, de que la gente tiene problemas para llegar a fin de mes. Teléfono inconfundible con melodía opositora para el Presidente y Luis Caputo.
Milei siempre tiene un libreto a mano cuando afloran objeciones de ese tipo. Le alcanza con remitir al pasado cercano. Carece de la misma herramienta no bien se le plantean dilemas como el que retomó actualidad en el Mundial por las Malvinas. Ha demostrado que conoce poco la historia política de la controversia. Aseguró que la recuperación podrá hacer por la vía diplomática y de forma inteligente.
Allí radica el problema. Su alineamiento incondicional con Donald Trump ha llevado a la Argentina a votar numerosas resoluciones en organismos internacionales en minoría y contra la postura de naciones que acostumbran a reivindicar la soberanía de nuestro país sobre las islas. Una resultó emblemática: fue en marzo pasado cuando solo junto a Estados Unidos e Israel rechazó un texto de la ONU que calificó la esclavitud y la trata transatlántica de ciudadanos africanos como crímenes de lesa humanidad.
La diplomacia también pareció claudicar cuando recién después del partido contra Inglaterra el canciller Pablo Quirno objetó el paso de un buque militar británico por aguas jurisdiccionales de nuestro país. Había sido denunciado por la oposición el 2 de julio.
En esa cuestión emocional y sensible para la sociedad, Milei suele quedar atrapado entre la realidad y su laberinto discursivo.
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