Es cierto: el Mundial confunde a los equipos con las naciones. Pero ¿tomar al fútbol como la continuación de la guerra por otros medios? Es fútbol: no está en juego la soberanía de nadie. Es deporte, y ahí está su belleza y su gloria, lo que une y apasiona.

Por supuesto, la política se mete todo el tiempo y se mete en todo lo que puede. Y para mal. Lo vimos con Trump manipulando escandalosamente a la FIFA para que habilitara a un crack norteamericano que había sido suspendido. Otra historia, nuestra pero no sólo nuestra, es la de los barras que se alquilan a dirigentes y políticos y que disputan el poder con simbología militar, como el robo de banderas a otras hinchadas. En estos días hemos escuchado una catarata de disparates que presentan la victoria sobre Inglaterra como la reivindicación de “los pibes de Malvinas”, ellos, tan olvidados por los diferentes gobiernos, abandonados en la asistencia, usados una y otra vez.

Nadie sensato puede creer que el fútbol reemplaza a la diplomacia y a las políticas de Estado. Escenario tentador para hacer denuncias, el Mundial muestra las plagas de nuestro mundo: chauvinismo, racismo, colonialismo. Pero justamente esas conductas son las marginadas y criticadas. El deporte se plantea otra cosa: promover la competencia, no la destrucción del rival. Sublimar conflictos. En la cancha hay encuentros, no batallas, no guerras. Lo dijo así Scaloni, que es un tipo sencillo y callado y que, aunque está haciendo una campaña extraordinaria, no se la cree.

Es increíble que estos valores deban ser recordados. O no tan increíble. Para nuestra desgracia, la Argentina, el país, está lejos de tener un funcionamiento colectivo eficiente y brillante como el de esta Selección. Los jugadores mostraron una pancarta que surgió en las tribunas y que no podían mostrar, glorificando el desapego argentino a las normas. El cartel expresa un sentimiento compartido y hace más visible una causa justa. Pero eso no es una justificación. No libera la posesión colonial ni revierte la huida hacia adelante que los militares imaginaron con Malvinas hace ya casi 45 años. Una aventura irresponsable para seguir en el poder. Y una guerra imposible de ganar: enfrente tuvimos a la OTAN. Costó la vida a 649 argentinos y dicen que hay que agregar unos 300 más, que se suicidaron después. Nadie se atrevió a hacer esa cuenta. Para ellos nunca terminó la guerra.

Ilustración: Agustín Sciammarella

Apenas cuatro días antes, el 30 de marzo, hubo una marcha contra el gobierno militar que fue violentamente reprimida. A la movilización le siguieron cálidos aplausos. Desde el radical Contin al peronista Bittel y junto a ellos otros políticos, empresarios y figuras de la Cultura que se abrazaron y subieron a un extraño y populoso charter de la Fuerza Aérea a Puerto Argentino, como se bautizó a Puerto Stanley, para cantar presente en la asunción del general Benjamín Menéndez como gobernador y emocionarse con la voz alcohólica del dictador Galtieri: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”. Dicen, o se cree, que la política ordena acompañar siempre estas cosas. ¿Cómo decir que no? Para muchos, enlodarse es preferible a ser acusado de traición a la Patria. Alfonsín dijo que no. Imposible no recordarlo.

Ahora tenía que aparecer Cristina, que está fuera de catálogo pero que no se iba a perder la oportunidad. Hizo proyectar el mapa de las islas sobre su balcón y salió después del partido a saludar con esa imagen detrás suyo. Tampoco iba a renunciar a sobreactuar con Malvinas la vice Villarruel, que se desvive por llamar la atención y, como Cristina, considera necesaria la agresividad. Villarruel se defiende de los Milei y a su vez los provoca. Pero esta vez se pasó de raya en los posteos con Bullrich, que le respondió con sensatez aunque ella sepa que no es la sensatez sino el insulto lo que genera entusiasmo en las redes.

Hablando de redes: en ese momento, Tapia, agrandado y estrenando sonrisa y equipo de asesores de imagen, pasaba de grabarse, con estética de campaña política, diciendo qué hermosa mañana como el personaje de Francella a balbucear en un inglés rústico a beautiful day. Y con el dirigente de Armenio Luciano Nakis, un símbolo del servilismo, se coló por detrás en una nota que le hacían a Messi para decir: mirá como me secan la nuca. Tapia está involucrado en 21 causas judiciales: es el mayor escándalo de corrupción en la historia del fútbol argentino. Empoderado, ahora busca decir es: aquí no ha pasado nada. Otra vez la impunidad.

¿Qué novedades judiciales hubo en la semana? La mayor: en un giro insólito, el juez de Casación Mariano Borinsky dijo que hay que revisar otra vez quién investiga la quinta de jeque árabe descubierta en Pilar y que todo el mundo atribuye a Toviggino, tesorero de la AFA y mano derecha de Tapia. La AFA logró mandar la causa a un juez amigo, Charvay, y frizarla. Así está desde hace más de siete meses. Y seguirá igual por el raro cambio de opinión de Borinsky. ¿Qué se puede decir de jueces que hacen estas cosas? Versión: fue un pedido del ministro Mahiques, íntimo de Toviggino. Borinsky está en campaña para ser juez de la Corte, auspiciado por Ricardo Lorenzetti.

Tomó con Borinsky esa decisión el juez Diego Barroetaveña, que se mete en la causa pese a haber sido presidente del Tribunal de Etica de la AFA. Barroetaveña representa a los jueces en la Magistratura y allí acaba de hacerle este favor a los dirigentes: ubicó en la terna de candidatos a un juzgado que puede llevar la causa de la quinta de Toviggino a Pérez-Carrega, que había salido en el puesto 12. La candidata es secretaria del juez kirchnerista Alberto Lugones, el mismo que le dio la causa de Pilar al juez Charbay. Creer o reventar. Reventar.

La meteórica promoción fue por el sistema de entrevistas. Duró 4 minutos 4 pero en ese tiempo minúsculo Barroetaveña alcanzó a darse cuenta de que Pérez-Carrega tiene “un perfil integral y actualizado”.

Unos creen que a fuerza de estas cosas horribles, el sistema va a continuar. Pongamos una ficha a las denuncias contra los dirigentes en Estados Unidos. Quizás comience otra historia y, por ahí, lo que imaginan que no tendrá consecuencias tiene consecuencias para ellos desastrosas.