En un clima de emoción, expectativa y celebración para cada uno de los que pudieron presenciarlo, el segundo de los conciertos que la Filarmónica de Berlín ofreció en su regreso con gloria al Teatro Colón fue una experiencia trascendente en todos los sentidos.

Con la sutil exposición del tema a cargo de las cuerdas comenzó la primera parte del programa, dedicada a las Variaciones sobre un tema original, Enigma, op. 36 de Edward Elgar. Las catorce variaciones que el compositor británico desarrolló en homenaje a su círculo íntimo (esposa y amigos escondidos detrás de los títulos de cada una) permitieron al público ser testigo de la potencia, la sutileza y la variedad de dinámicas y colores de las que la orquesta es capaz.

Kiril Petrenko anoche, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín.

No por transitada menos cierta, la idea de que los grandes equipos están hechos de grandes individualidades parecería ser una de las más apropiadas para explicar la excelencia de la Filarmónica de Berlín: cada uno de sus integrantes, muchos de ellos referentes entre sus pares del mundo, tiene un nivel técnico y artístico superlativo, puesto aquí al absoluto servicio del conjunto. Además, y como comentaron varios músicos presentes entre el público, también juega la altísima calidad de sus instrumentos.

Una explicación de la excelencia

Pero parece haber una explicación que va mucho más allá de esos factores. Es una comunión humana fruto de un largo trabajo fuera de escena, pero que en el concierto se puede apreciar en detalle. Cada fila vibra en conjunto -musical, corporal y espiritualmente- y, del primero al último atril, cada músico toca como si la vida le fuera en ello. Esta “respiración colectiva” fue evidente en todo momento, pero especialmente conmovedora en la duodécima variación (B.G.N.), que abre y cierra con un solo de cello (extraordinario Bruno Delepelaire) al que se suma toda la fila.

Sin incurrir en la tediosa enumeración de cada una de las variaciones, es imprescindible dar cuenta de la emocionante perfección de Nimrod, una demostración de la capacidad de la orquesta para “inflar” paulatinamente el sonido, que sin embargo nunca se desarma luego del clímax sino que se extingue en un gesto absolutamente controlado y siempre musical.

Anoche, en la que sería la despedida de la Filarmónica de Berlín en el Colón.

Tal vez el origen de la orquesta (nacida de un gesto de rebeldía de los integrantes de una agrupación privada a fines del siglo XIX) pueda explicar que la Filarmónica haya logrado conservar, a pesar de los muchos avatares de su historia, un sentido de responsabilidad de cada uno de sus integrantes sobre el trabajo diario y el resultado final, del que claramente se sienten partícipes.

Lo que logra Kirill Petrenko

Después de más de tres décadas a las órdenes del autocrático y distante Herbert von Karajan, los integrantes de la Filarmónica eligieron sucesivamente a tres directores con perfil bajo y capaces de entablar con ellos una relación humana más abierta, que a su vez se refleja en lo musical: Claudio Abbado, Simon Rattle y Kirill Petrenko. Con una experiencia amplia en repertorio sinfónico, pero también en el dificilísimo arte de la ópera, Petrenko es un maestro en su capacidad de controlar cada detalle y también de dar espacio al disfrute, y dejar respirar y cantar a los instrumentos. Bajo su batuta, los músicos disfrutan y están espiritualmente comprometidos. Nada parece existir para ellos fuera de ese momento.

La Filarmónica y su director cultivan con devoción el arte de los contrastes y las transiciones, y, por supuesto, está el mítico “sonido Berlín”, empastado, suntuoso y al mismo tiempo finísimamente pulido. La cuarta sinfonía en fa menor de Chaikovski, dedicada a su amiga y mecenas Nadezhda von Meck y construida casi a partir del contraste tímbrico entre las diferentes secciones de la orquesta, fue ideal para apreciar esta “tridimensionalidad” sonora imposible de escuchar en otro contexto. Después del ataque preciso, pero nunca punzante de unos bronces de posibilidades infinitas, el Andante sostenuto inicial fue otro mágico caleidoscopio de recursos técnicos y expresivos.

Petrenko es un maestro que controla cada detalle y deja respirar y cantar a los instrumentos.

El segundo movimiento (Andantino in modo di canzona), construido sobre el canto que expone el oboe, aquí a cargo del fabuloso Albrecht Mayer, permitió advertir este trabajo artesanal, en el que cada uno de los solos se va entrelazando tímbrica y musicalmente con el siguiente, en una cadena mágica de la que es imposible dejar caer la atención. En el Scherzo. Pizzicato ostinato (en el que por momentos Chaikovski divide la frase entre violines primeros y segundos, violas, cellos y contrabajos) las cuerdas funcionaron como un gigantesco y único instrumento, con una regulación dinámica de una perfección para cortar el aliento, que Petrenko manejó con sus manos y sus hombros.

La explosión sonora del Finale llevó a un nuevo clímax, y la ovación tributada por una sala prácticamente llena fue retribuida por un delicioso Trepak, la danza rusa del Cascanueces, en la culminación de un programa destinado a celebrar la música como el más trascendente lazo de comunión humana.

Filarmónica de Berlín

Excelente

Director: Kirill Petrenko. Obras de: Elgar y Chaikovski. Sala: Teatro Colón, Conciertos Extraordinarios. 22 de octubre.

POS