De herramienta de trabajo a objeto de colección: la historia de la máquina de coser es larga como un carretel de hilo. Hasta 1755, los pantalones, las camisas, los vestidos y la ropa de cama se cosían a mano. Ese año, un alemán llamado Charles Fredrick Wiesenthal patentó un aparato mecánico que consistía en una aguja con dos puntas y un ojal en el extremo: la primera máquina de coser de la historia.

De ahí en más, una decena de inventores y sastres crearon nuevas versiones de la máquina. En 1834, un inventor estadounidense llamado Walter Hunt creó la primera máquina de puntada cerrada, pero no la patentó en el momento de su invención: su colega Elias Howe desarrolló un modelo con las mismas características y se quedó con los créditos.

Cada inventor nuevo le sumaba una nueva mejora a la máquina preexistente, hasta que, hacia 1800, un neoyorkino llamado Isaac Merrit Singer revolucionaría el universo de la costura.

Cuando era joven entró a trabajar a una fábrica de máquinas de coser y, con una inversión de cuarenta dólares, desarrolló una máquina capaz de coser novecientas puntadas por minuto -cuando hasta ese momento el máximo de puntadas por minuto eran cuarenta-. Además, las máquinas de coser fabricadas hasta ese momento se ponían en funcionamiento a mano, mediante una manivela: su máquina se accionaba a pedal.

Hacia 1889, se inventó una máquina de coser antigua que contaba con un motor eléctrico. Un año después, Singer adaptó la tecnología y comenzó a vender sus máquinas al noventa por ciento del mercado mundial de máquinas de coser. Pero la expansión mundial del "modelo Singer" se chocó con un impedimento: la compañía no tenía suficiente capital para abastecer toda la demanda. Para sortear ese problema, no solo hice accesible la compra del producto -ofreciéndolo en cómodas cuotas semanales- sino que ofreció una concesión a los revendedores de la marca por una suma de dinero. Fue el puntapié del primer sistema de franquicias del mundo.

Taller. Foto Reuter/archivo

La Singer penetró en el interior de los hogares y se convirtió en un objeto de uso doméstico. La explosión fabril de la máquina de coser en Argentina llegó en la mitad de siglo veinte. En paralelo, salieron manuales, libros y cursos de corte y confección a máquina auspiciados por la marca. La máquina de coser se convirtió en un instrumento para imponer modas y moldear cuerpos femeninos.

A partir de 1980, el auge de la máquina de coser mermó y la moda prefabricada se abrió paso. Las máquinas de coser quedaron arrumbadas en bauleras y pasillos. Hasta que, a comienzos del nuevo siglo, la Singer volvió reconvertida en objeto de lujo y decoración vintage.

Hoy se encuentra en las casas como escritorio, mesa de apoyo de hierro, mueble de baño. Los modelos más antiguos de estas máquinas de coser se encuentran en los negocios de antigüedades por un precio que oscila entre ciento cincuenta mil pesos y llegan hasta el millón de pesos. Si es original y su material de hierro está bien conservado, cotiza aún más. Como dijo Favalli a Juan Salvo: lo viejo funciona.