“Hay un valor en revitalizar los clichés”. Lo dice Marcelo Pombo en la sala que exhibe su nueva serie, casi 30 sofisticadas piezas en tres dimensiones realizadas con esmero durante los últimos tres años, que se exhiben como reliquias en la galería Barro, en La Boca.
Marcelo Pombo posa junto a su obra en la Galería Barro espacio de arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
Esta colección de objetos intervenidos es lo más reciente del artista argentino nacido en 1959, que fue activista gay en los 80, escapado al desbunde brasileño (para descartar cualquier chance de ser llamado al frente en Malvinas), referente del arte de los 90 que albergó el Centro Cultural Rojas; un creador de “propensión decorativa” devenido pintor en los 2000 y luego revisionista de las vanguardias, además de récord en subasta para el arte del período. El impulso inicial de lo nuevo, dice Pombo, fue “abrir una puerta que pueda contener todo mi pasado”.
Desde el título, Querido Teto, sin comentarios, la exposición mira hacia atrás. La imagen oficial es una fotografía desteñida del joven Pombo de 14 años detrás de un trapo rejilla agujereado y pintado con témperas. La tomó su tía –emigrada a Australia como operaria–, durante una visita familiar y la envió más tarde por correo con el mensaje. La postal apareció durante el proceso de trabajo de esta serie, y el artista tomó el gesto de perplejidad como una buena señal.
Lo nuevo de Pombo también remite directamente a la obra Mantel (1990), una pieza de algodón en cuadros verdes y blancos con apliques de plástico cosidos, latas de arvejas y flecos de nylon, que recientemente adquirió Ama Amoedo –gran coleccionista y entusiasta del arte de los 90– para su acervo personal. Con este textil, el artista “inauguraba el espacio de sacralidad doméstica que seguiría construyendo desde entonces, su célebre metro cuadrado”, escribe la curadora de la muestra, Bárbara Golubicki. Se refiere a la frase que el artista dijo en una mesa redonda en 1994: que lo único que le interesaba era su metro cuadrado alrededor, es decir, sus amigos artistas y los materiales cotidianos y accesibles con los que creaba sus obras, una comunión estética y emocional que lo identifica.
Resistencia y precariedad
Aquí y ahora, los trapos de cocina o rejilla intervenidos construyen una primera instancia en la exposición. Con el sugerente título “Arte geométrico rescatado del fondo del Riachuelo a la altura de la Salada” (2023), la pieza rectangular inaugura esta serie que se nutre de las operaciones de Pombo en diferentes momentos de su trayectoria: referencias al arte geométrico argentino histórico –de Arte Madí a Arte Concreto Invención–, la contaminación del Riachuelo, la feria de marcas truchas, la decoración accesible que remite a su período noventoso. Una catarata de autocitas. Comparte con otra pieza, “Buen día, trapo de cocina” (2023), la idea del rescate, de ponerle un brillo bonito a algo que está sucio, como los trapos de cocina que van acumulando manchas del uso, al adornarlos con flores, cuentas, flecos.
Obra de Marcelo Pombo en la Galería Barro espacio arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
El procedimiento se retrotrae al pasado. “Cuando usaba en los 90 las cajas de jugo de fruta que tomaba, las cajas de jabón en polvo o de pasta dentífrica, y les ponía moñitos, piedritas: aquí de alguna manera hice eso con estos trapos de cocina”, señala.
“Han absorbido todo tipo de manchas y fluidos y han sido a su vez lavados y estrujados. Concentran lo que no sale, lo que queda”, detalla Pombo, que reconoce un rescate al textil, materialidad en auge hoy, pero también a la pintura. Porque todo está teñido, sobrecargado de membrana poliuretánica en pasta y resinas, en una paleta más bien oscura que se vuelve apocalíptica. Todos procesos que, además, le otorgan firmeza y durabilidad a piezas de apariencia esmeradamente frágil, precaria.
Melancolía y belleza
La construcción de escenas que hace en las piezas de gran formato remite a su período de pintor de esmaltes, pero está a la vez atravesada por el collage de los 80 y las manualidades y tapices de los 90. Utiliza cartones, hilo sisal, arpilleras cosidas, telas acolchadas, con estampados liberty y batik. Con tierra conseguida debajo de la autopista de Constitución, donde Pombo tiene su taller, pero también con saliva, vaselina, anilinas, sal, grasa y un largo etcétera de brillantinas y mostacillas, el artista crea imágenes claras de ideas confusas.
Obra de Marcelo Pombo en la Galería Barro espacio arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
En la aparición de bolsas de residuos, en ocasiones embellecidas como tensas superficies nacaradas y en otras como icono de la marginalidad del narcomenudeo, aparecen las emociones mezcladas: melancolía y belleza. Pombo analiza: “Aparece algo casi identitario, como mi ADN como artista, el uso de materiales pobres y de alguna manera reparados; la idea de buscar algún tipo de belleza, de goce y de reparación de esa pobreza, de ese desecho. Siento que si algo tiene tristeza o sordidez, yo quiero modificarlo, elevarlo, pero a veces esa intención de embellecer lo sórdido lo puede volver más sórdido todavía”. Pero no hay moraleja. “Es la diferencia, por ejemplo, con el arte povera, donde queda expuesto en su esplendor el desecho. En mi intención de decorar el desecho tiene algo de ridículo, obsceno a veces, caprichoso”.
Lo dice porque los malentendidos han sido una constante en su trayectoria. Como el de confundir operaciones conceptuales con exaltación de la pobreza. Pombo responde: “Todas esas cosas conviven en esa confusión, pero tengo claro que no me interesa pensar en los materiales pobres o modestos desde un punto de vista ideológico, sino como algo que tiene que ver con mi vida, con el medio en el que estoy y con mi mirada. Quiero hacer objetos en mi taller para olvidarme un poco del ruido del mundo”. El tiempo que el artista dedica a estos objetos les suma “un toque absurdo”.
Mi generación
Hay marcas de época. “Arrabales etéreos” se titula una obra dedicada al tango y a Luis Alberto Spinetta, según concede el propio Pombo, que estuvo tentado de llamarla “Gumier te extraño o te entiendo”. Un homenaje a Jorge Gumier Maier, el artista, curador y amigo de Pombo, quien lo impulsó en su arte y lo invitó a ser parte de los artistas del Rojas. Pombo toma como “una feliz coincidencia” que Gumier vaya a inaugurar una semana después su propia retrospectiva en Colección Amalita, en Puerto Madero, a pocos minutos de su propia muestra.
“Una de las obras de la muestra pensé mucho en llamarla ‘Te extraño Gumier’, porque conocerlo fue una de las cosas más importantes que me pasaron en la vida, fue una persona con mucho humor, de muchas facetas, que devino en muchas personas diferentes: el activista, el diseñador, el periodista, el curador, el artista”, destaca Pombo. Aunque no con todos ellos tenía un diálogo: “Con todos no, con el último, el de la motosierra, con ese no, pero yo lo conocí en mi breve paso por el activismo gay, pero fue inspirador para toda mi vida. Con el curador y el artista tuvimos una relación estrechísima, sin duda de mutua influencia”.
Marcelo Pombo posa junto a su obra en la Galería Barro espacio de arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
Una gran retrospectiva para una figura que eligió la disidencia como su lugar propio se convierte en un acontecimiento. Pombo siente que a Gumier Maier el tiempo le dio la razón. “Él apostó por la escena única que se da en la Argentina, atravesada por la ambigüedad, por el capricho; una escena apasionada pero no de fácil lectura hacia afuera, como puede ser la escena de arte contemporáneo mexicana o brasileña. Es una singularidad difícil de entender que él abrazó”, explica. Y reconoce que su trabajo forma parte de la hibridez y la potencia del arte local. “Esa cosa pobre y proletaria, que buscaba ser leve y decorativa y al mismo tiempo no podía ocultar esas marcas más traumáticas, como capas que se superponen sin invalidarse”.
Moda y metamodernismo
Hay una modalidad que adopta la cultura contemporánea en la que los creadores retoman una obra anterior o un género para resignificarlo, pero lo hacen con destreza y dedicación para crear algo con su firma, lejos de la sátira o la denuncia, oscilando entre el escepticismo y la esperanza, con una dosis de ironía para relativizar la era de los grandes maestros. Como lo que hizo Pablo Kadchadjian con El Aleph o lo que distingue a la dupla de Catriel & Paco Amoroso. Lo que el campo teórico llama metamodernismo, como etapa posterior del posmodernismo.
Marcelo Pombo posa junto a su obra en la Galería Barro espacio de arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
“Shopping bag” (2023), la famosa bolsa de compras que es símbolo de consumo fashion, está petrificada en un pedestal central en la sala, con la firma de Marcelo Pombo. De ella penden cuentas de vidrio y de plástico, piedras preciosas, dijes que son recuerdos familiares, cascabeles, delicadísimas artesanías con hilos. Los retazos del arcón que trajo su abuela gallega emigrada a los 13 años devienen auténticas reliquias que adquieren aquí el carácter de sudario, es decir, el textil que guarda la memoria del cuerpo con el que estuvo en contacto. Sin embargo, las obras no están protegidas por vitrinas, sino en contacto directo con la mirada.
A esa motivación de mirar al pasado y, en simultáneo, gestar algo nuevo, que mira hacia adelante, la curadora observa a Pombo convertido en un modisto plebeyo. “Retomamos esa inmersión en lo textil que viene desde los 90 desde una mirada más pombeana, desde el mundo de la moda: una mezcla de modisto plebeyo con director creativo de una maison de alta costura”, dice la curadora, sobre el modo de relacionarse con los textiles.
La memoria, el textil usado, el sobrerreciclaje, el tiempo dedicado a crear una colección. Una serie que parece más la nueva colección de Pombo que una serie. "Muy en contra del fast fashion, al dedicarle tanto tiempo a cada tela recupera esa sacralidad doméstica que atraviesa toda la obra de Pombo en este lenguaje textil, como retomarlo desde ese lugar”, agrega. Se plantea entonces una revisión de su recorrido con nuevos materiales, estableciendo una relación muy lúdica con el archivo propio, que la moda habilita. El proyecto de “quitarle esa solemnidad a su propio recorrido y retomar estas imágenes de los esmaltes, la brillantina, cómo hacer una colección de Pombo inspirada en Pombo”.
Obra de Marcelo Pombo en la Galería Barro espacio arte Boca. Foto: Antonio Becerra Pegoraro.
Entre las piezas fashion, de la pared pende “Scarf del MoMA” (2024), un foulard de seda que vivió un ascenso simbólico: del gift shop del célebre museo neoyorquino a la sala de una galería de arte contemporáneo; y la “Bolsa de basura cósmica” (2026) que pende como un móvil en la sala, entre un bolso de rafia y el Bao Bao insignia de Issey Miyake, se revela como el accesorio perfecto para asistir a la gala del MET.
Pombo se cita a sí mismo y asume su época. Como en otro momento fue la música, por su capacidad lúdica y su condición efímera, por la capacidad de expresar una época y a la vez canalizar identidad, la moda se perfila como expresión cultural dilecta del arte contemporáneo.
Marcelo Pombo. Querido Teto: sin comentarios, con curaduría de Bárbar Golubicki en Baggo (Caboto 531 La Boca).
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