Hace poco fue el Día de la Madre y como suele ocurrir mi marido NO la pegó con el regalo. Veníamos bien en los últimos años básicamente porque yo le mandaba foto del artículo, el color y el talle del producto que me podía venir bien que me regale, pero esta vez quise dejar las cosas libradas al azar y no funcionó.
Estaba ilusionada porque algunos días antes yo estaba en el probador de un local divino de ropa y escucho que entra un señor y le dice a la vendedora “A mi mujer le encanta la ropa de acá, ¿vos me podés ayudar a elegirle algo para el Día de la Madre?’”.
Escuché eso e inmediatamente me micro enamoré del señor a quien solo le conocí la voz y envidié a su mujer por el flor de marido que tiene...
Pensé “Ojalá el mío hiciera algo así”: entrar a esos locales que sabe que me gustan, intentar adivinar qué comprarme, sorprenderme. Pero como sospecharán, el milagro no ocurrió.
Mi caso fue bastante distinto. “¿Qué te regalo para el día de la madre?”, me tiró por mensaje de WhatsApp. ¿Una valija?, le contesté.
Y al rato me manda la foto de una valija horrenda y le dije que mejor no se preocupara y que me comprara cualquier cosa. Lo tomó bastante literal y efectivamente me compró cualquier cosa.
Pero tampoco me quise poner jodida, como en años anteriores. Entonces cuando recibí la bolsa de manos de mis hijos me repetía para mis adentros: “Sea lo que sea, agradecés y punto. Nada de caras de orto Dalia”.
Dalia Gutmann. Foto: Ariel Grinberg
Y así fue. Abrí la bolsa y me habían comprado una botellita y un monedero. ¿Un monedero? Sí UN MONEDERO. ¿Quién usa monedas chicos? Igual no dije ni mu, solo “gracias”, como me había prometido.
Incluso el monedero me lo quedé porque soy fan de los aros y lo voy a usar para trasladarlos en la cartera, pero botellita ya tengo varias, así que la fui a cambiar y listo.
Es que hay regalos que están hechos desde el corazón y están los otros, los que se hacen para sacarse el asunto de encima.
Están los clásicos: perfume, flores, bombones... con el tema chocolates también soy jodida... no me regales bombones, no me estás ayudando en mi proyecto de ser un bombón.
También están esos que se compran a último momento en una farmacia de turno, como sales de baño o el kit de cremas, que la verdad vienen bien porque siempre alguna parte del cuerpo hay que hidratar, sobre todo a mi edad.
La gift card también está muy bien, pero hay que admitir que es una manera cordial de decir “Mirá, no tuve ganas de pensar qué regalarte”.
También hay que destacar que finalmente hemos logrado dejar que “el regalo para mamá” sean planchas, licuadoras, aspiradoras, lavarropas...
Dicen que este año lo que más se regaló en el día de la madre fueron “experiencias”, vouchers. Y confieso que tampoco me caben demasiado. A mí los vouchers se me pierden, se me vencen, yo quiero algo más concreto.
Bueno está bien, puede ser que no sea un persona fácil para recibir regalos.
También reconozco que no soy buena regalando. No es que sea mala, yo sé regalar espontáneo, si veo algo que me gusta y sé que a alguien que quiero le va a gustar y dá el presupuesto, trato de regalarlo, pero tener que regalar para una fecha concreta me mete presión y muchas veces termino regalando cualquier cosa.
Así que tampoco me puedo enojar con mi marido. Además, mis hijos ya están grandes y podrían ocuparse ellos mismos de este asunto.
Aunque en realidad se ocuparon porque me hicieron una carta donde me escribieron la lista de cosas que los hace pensar en mí. Hermoso sí ya sé. Porque sabrán que no hay regalo más valioso para nosotras que ese, el que está hecho desde el corazón y que cualquier madre ama recibir. Y no es chiste.
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