Durante años, los brazos cruzados fueron una de las imágenes favoritas de los manuales populares de lenguaje corporal. La interpretación parecía sencilla: una persona que adopta esa postura está cerrada, molesta, a la defensiva o no quiere escuchar.

La psicología experimental muestra que el gesto es bastante menos transparente. Investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad de Rochester realizaron dos experimentos para estudiar qué ocurría cuando las personas mantenían los brazos cruzados mientras resolvían problemas.

En el primero, los participantes debían intentar solucionar un anagrama que en realidad no tenía respuesta. Quienes habían recibido instrucciones de cruzar los brazos persistieron durante más tiempo antes de abandonar que quienes mantenían otra postura.

En el segundo experimento utilizaron anagramas que sí podían resolverse. Los participantes con los brazos cruzados obtuvieron un mejor rendimiento, y los análisis indicaron que la diferencia se explicaba por la mayor persistencia. Los investigadores no encontraron diferencias en el estado de ánimo ni en la comodidad de las personas que explicaran el efecto.

Cruzar los brazos puede ayudar a mantenerse en una tarea

Ron Friedman y Andrew Elliot, autores del estudio, plantearon que determinadas posiciones corporales pueden actuar como señales propioceptivas, es decir, información procedente de nuestro propio cuerpo que influye sobre cómo abordamos una situación.

Cruzar los brazos no significa necesariamente rechazo o enojo. Foto: Pexels

Cruzar los brazos está culturalmente asociado con ideas como resistencia, firmeza o perseverancia. Adoptar la postura podría, en determinadas circunstancias, reforzar precisamente la disposición a mantenerse frente a una tarea difícil.

Esto ofrece una explicación interesante para alguien que cruza los brazos durante una conversación compleja. Tal vez no esté enfadado con quien habla. Puede estar escuchando, organizando información o tratando de sostener la atención mientras piensa qué responder.

La idea de protección también resulta intuitiva. Cruzar los brazos coloca una barrera física delante del torso y puede proporcionar una sensación de contención o comodidad. Sin embargo, aquí conviene ser precisos: el estudio de Rochester no demostró que las personas crucen los brazos porque busquen protección psicológica.

Tampoco existe un significado universal del gesto. Alguien puede cruzarlos porque tiene frío, porque la silla no tiene apoyabrazos, porque esa posición le resulta cómoda o porque efectivamente está molesto. El contexto sigue siendo imprescindible.

Ese es precisamente uno de los problemas de interpretar el lenguaje corporal mediante reglas rígidas. Una postura aislada rara vez permite conocer con certeza la emoción de una persona.

La postura también puede aparecer cuando alguien intenta concentrarse o sentirse más contenido. Foto: Pexels

Para saber si alguien está enfadado hay que observar mucho más: qué dice, cómo lo dice, qué expresión tiene, qué estaba ocurriendo antes y cómo se comporta después.

Los brazos cruzados pueden acompañar el enojo. Pero también pueden aparecer mientras alguien escucha atentamente y se concentra. Por eso, ver esa postura no debería llevar automáticamente a pensar “se cerró”. En determinadas circunstancias podría estar ocurriendo algo casi opuesto: la persona está intentando mantenerse mentalmente dentro de la conversación.