Este año me propuse una misión imposible: ordenar mi casa. Pero no hablo de levantar la ropa del piso, poner los libros en los estantes y pasar un escobillón. Digo un orden real, que incluya una función definitiva para cada ambiente, un lugar preciso para cada mueble y un espacio de guardado específico para cada objeto.

Quizás a ustedes esto les parezca normal, pero yo llevo dos décadas viviendo en el limbo de la acumulación y el sinsentido. No sólo no sé dónde están las cosas: tampoco tengo idea de dónde van ni dónde deberían ir. Nunca establecí ningún criterio. Simplemente, todo fue quedando donde cayó.

Me mudé sola cuando cumplí los veinticinco. Las primeras noches en mi primera casa apenas tenía heladera y colchón, y estaba segura de no necesitar nada más. Era una periodista joven y entusiasta que trabajaba en varios diarios y agencias, entrenaba, salía, y apenas tenía tiempo de volver a casa para dormir. Pensaba que el confort y los lujos debilitaban el carácter, así que viví bastante tiempo con la casa casi vacía. No necesitaba demasiadas cosas porque, en realidad, casi nunca estaba ahí.

Con los años, amigos me fueron regalando sillones, compré alguna cajonera, otros muebles heredé de mi abuela. Y así, sin demasiada planificación, la casa se fue llenando; lo que nunca hice fue sentarme a pensar cómo quería vivir en ella. Y hoy habito un caos donde conviven papeles de carta de la niñez, entradas de boliches de la adolescencia, apuntes de una carrera que nunca terminé, muñecos, fotos, CD´s, biromes, hebillas, cinta scotch, gotas para los ojos, manteca de cacao...

Todo puede estar en todas partes y en ninguna. Mi casa se convirtió en una especie de archivo personal sin catalogar. Un museo de las distintas personas que fui, sin nadie que se ocupe de las visitas guiadas.

Desorden. Archivo

La cuestión es que llegó la hora de cambiar. Dejar de postergar decisiones, abrazar el legado de Marie Kondo y establecer algún tipo de feng shui doméstico que me permita tomar el control.

Pero desprenderse de cosas no es tan sencillo. Cada objeto parece tener un argumento para quedarse. Lo que no tiene valor afectivo, tiene una posible utilidad. Una caja de zapatos, por ejemplo, podría servir para guardar viejos cassettes, si no fuerza que los cassettes tampoco sirven para nada.

Es que entreveo algo tramposo en la fantasía del orden. Uno imagina que, una vez que cada cosa esté en su lugar, algo más profundo también se acomodará. Empezará una nueva etapa en la que pensaremos con más claridad, seremos más disciplinados, más adultos, quizás hasta más felices.

Pero una casa ordenada no garantiza una vida ordenada, como una cama tendida no resuelve una crisis matrimonial.

Quizás el yeite sea empezar este orden sin esperar que la armonía del hogar se contagie al resto de la existencia. Sólo disfrutar el proceso de decidir dónde va cada cosa, y aceptar que las que no tienen adónde ir, es porque pertenecieron a alguien que ya no existe.