El Conurbano humilde prosigue la frenética reconfiguración del poder territorial y de su economía informal. Para su evaluación contemporánea conviene un breve recorrido histórico de sus coordenadas desde la inflexión de 2001.
La implementación del Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados (2002) fue indispensable para contener a la miseria y reordenar la economía de las familias mediante un ingreso mínimo predecible. Luego, vinieron la reactivación y la suba de una minoría de empleos formales y del resto en negro.
Pero con el retorno de la inflación desde 2006 volvió la incertidumbre; y con en ella, la emergencia de una nueva generación de agentes financieros entre los que sobresalieron los créditos “gota a gota” ofrecidos por los vendedores de “muebles y objetos” colombianos. Eslabón final de una larga cadena que desde el Caribe enhebraba a los micro cárteles herederos de las grandes organizaciones narco de Cali y Medellín con usureros expertos en cobranzas y ejecuciones reconocidos como “los rompe piernas”.
Su desembarco puso en vilo a changarines, feriantes y pequeños comerciantes de los barrios humildes. Atrás habían quedado los prestamistas cara a cara de créditos prendarios para la compra de vehículos usados con sus pagares, eventuales punitorios, refinanciaciones y remotas ejecuciones mediadas por un oficial de justicia.
La nueva usura se fue perfeccionando a lo largo de la década del 10 hasta la cuarentena, merced a los avances tecnológicos de aplicaciones móviles, geoloalizacion de deudores y escala en varios municipios.
Ciertamente, los colombianos no eran los únicos: confluían con “cuevas” financieras locales, narcomenudistas y bandas con utilidades delictivas ávidas de blanquear sus lucros. Luego, el círculo vicioso inflacionario que multiplicaba la deuda y acortaba los plazos de pagos con sus concomitantes apremios de cobradores motoqueros con sus respectivos sicarios reclutados en la marginalidad.
La pandemia ralentizó el ritmo de las operaciones potenciadas rápidamente a su salida. Sin embargo, a cuatro años de distancia, la corrosión de las viejas formas de representación política corrió a la par de las nuevas dinámicas microeconómicas de subsistencia.
Con la caída inflacionaria la demanda de créditos creció un poco por inercia aunque también apostando a una baja de las tasas de interés que no solo no se registró sino todo lo contrario.
El desempleo expulsó a muchos trabajadores formales, no quedándoles otra opción que el informal de tasas hasta del 200%. Otros, sin embargo, con cierta capacidad de ahorro, hallaron en ese contexto la posibilidad de un ingreso complementario como prestamista de vecinos agobiados. La inyección de recursos indujo, así, al descenso de las tasas a la mitad desahogando su situación. El “gota a gota” también experimentó cambios notables.
Algunos montaron firmas mayoristas para blanquear sus ganancias; otros se tendieron a especializar en proveer de equipos a emprendedores de mayor porte: desde almaceneros hasta elaboradores de comida, repuestos para vehículos de plataformas de transporte, pet shops, talleres mecánicos, etc.
La simultánea puesta en guardia vecinal frente a la inseguridad también alcanzó a los cobradores del “gota a gota” que debieron morigerar sus prácticas coercitivas defiriendo pagos y refinanciando deudas.
La mayor tolerancia y las ejecuciones solo en última instancia por el incumplimiento flagrante de los compromisos no dejan de adosarse a la citada reconfiguración de los poderes políticos territoriales más reducidos que los extintos aparatos de referentes sociales, punteros y operadores de base comunales.
No es que hayan desaparecido los temibles “apretadores” sino que frente a la segmentación del mercado su disciplinamiento debieron ajustarse a las exigencias de vecindades hartas de la violencia marginal y financiera para reinventar su reputación como gente respetuosa de los “códigos” locales.
En todo caso, la imposibilidad del acceso al crédito bancario determina una suerte de afianzamiento de una solidaridad vecinal frente al Estado y sus imposiciones de habilitación además de las coimas de sus reconocidos agentes también en la mira de quienes los contemplan como “chorros” indiscernibles de los malandras “rastreos”.
Toda una estrategia de invisibilidad táctica que garantiza la supervivencia vecinal y facilita de la posibilidad de liquidez inmediata transitando de la usura depredadora a una capilarizacion del crédito. Este, a su vez, se integra a la cadena de valor de los nuevos y mutantes negocios para una subsistencia que sigue aspirando a “salir del pozo”.
Llegados a este punto, cabe preguntarse sobre los vínculos entre la rueda mayor de este mercado financiero con el narcotráfico internacional, su estribación local narcomenudista y el juego clandestino on line. En el caso de este último, nulas; salvo compartir expertos “culatas” apretadores. Respecto del primero existe, sin duda, el hilo invisible del vínculo entre los nuevos carteles con los usureros del “gota a gota” expertos en lavar dividendos. E incluso que los cada vez más normalizados consignatarios locales no son sino el último eslabón de una cadena que trasciende las fronteras. Una fisiología difícil de analizar por obvias razones.
Por ahora, solo conjeturas aunque fundadas en la certeza de una reorganización de los entramados populares a un ritmo inversamente proporcional a su velocidad de crecimiento respecto de las actividades favorecidas por el nuevo paradigma económico.
Todavia no hay comentarios aprobados.