Quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970 suelen describir una infancia difícil de imaginar para muchos niños actuales: salir después de desayunar, ir en bicicleta varias calles más allá de casa, inventar juegos sin adultos y recibir como única instrucción regresar antes de que oscureciera.

La nostalgia puede exagerar el relato, pero existe una diferencia generacional real: la movilidad independiente de los niños ha disminuido en muchos países.

Un estudio realizado por investigadores de Nueva Zelanda comparó a 544 niños de unos 12 años con 500 de sus propios padres, que recordaron la libertad que tenían a esa misma edad.

Las diferencias fueron importantes. Los padres habían tenido una probabilidad significativamente mayor de poder ir solos a la escuela, cruzar carreteras principales, desplazarse en bicicleta por calles importantes y permanecer fuera después de oscurecer. Además, el número medio de actividades organizadas había pasado de 1,8 en la generación de los padres a 4,1 entre los niños estudiados.

Menos supervisión no era automáticamente abandono

La distinción importante es entre independencia apropiada para la edad y negligencia.

Durante décadas fue más habitual que los niños se desplazaran y jugaran sin supervisión constante. Foto: Shutterstock

Mariana Brussoni, investigadora de la Universidad de Columbia Británica especializada en salud infantil, junto con un equipo internacional, realizó una revisión sistemática de 21 estudios sobre juego exterior con elementos de riesgo.

La revisión encontró asociaciones en general positivas entre el juego exterior con elementos de riesgo y distintos indicadores de salud y comportamiento, especialmente mayor actividad física, además de asociaciones favorables con aspectos del desarrollo social. Los autores concluyeron que la reducción de oportunidades de juego arriesgado podía tener costos y defendieron ambientes que permitieran asumir desafíos razonables.

Esto no significa que todo lo habitual en los años 60 o 70 fuera mejor. Los niños también estaban expuestos a peligros que hoy conocemos y prevenimos mucho mejor. Cinturones de seguridad, cascos, normas para piscinas, legislación vial y otros avances han evitado lesiones y muertes. Defender autonomía infantil no exige romantizar riesgos perfectamente prevenibles.

Cuando se habla de que quienes crecieron entonces fueron "la última generación en la que se confiaba en los niños”, sin duda se trata de una interpretación cultural, no científica. Pero lo que si muestran los datos es que las fronteras de lo que los adultos consideran una independencia aceptable se han estrechado.

Entre las razones aparecen cambios urbanos, tráfico, temor al delito, transformaciones en las normas parentales y la creciente expectativa de supervisión adulta. Paradójicamente, el miedo de que permitir independencia pueda interpretarse como descuido también contribuye a reducirla.

La autonomía podía aportar beneficios, aunque no convierte todos los riesgos del pasado en algo deseable. Foto: Shutterstock.

La consecuencia es que algunas experiencias que antes surgían de forma espontánea -perderse un poco, negociar con otros niños, calcular un riesgo o resolver cómo volver a casa- ahora aparecen mucho menos.

Si bien esto no convierte a una generación en más resistente que otra, recuerda que ciertas habilidades necesitan oportunidades para practicarse. La lección útil de aquellas infancias no está en dejar a un niño desaparecer durante diez horas ni en reproducir cada riesgo de 1970 Está en una pregunta más actual: ¿cuánta libertad necesita un niño para aprender que puede desenvolverse sin que un adulto resuelva cada situación antes de que ocurra?