Días atrás, en este mismo medio, se publicaba un artículo titulado “Cómo la harina de pescado impulsa la acuicultura global y traslada la contaminación y la sobreexplotación a comunidades costeras”. Un poco más atrás, en agosto, hubo otra nota de revista Puerto que se titulaba, “La acuicultura no reduce la presión sobre los peces silvestres”. Coincidentes en el mismo análisis: el supuesto abuso de la acuicultura sobre los recursos silvestres oceánicos, poniendo en tela de juicio a la acuicultura.

Sería bueno investigar con mayor detalle porque existen tantas voces repentinas atacando esta actividad en particular, tergiversando datos, siendo de hecho la acuicultura una de las actividades más eficientes y sustentables en la producción de proteínas, algo ya demostrado por infinidad de organismos internacionales, el mundo académico e instituciones medio ambientales.

Solo por mencionar una publicación reciente, Harnessing the Waters 2025, un estudio en conjunto por el Banco Mundial y la WWF (la mayor organización conservacionista independiente del mundo) dice algo tan rotundo como “la acuicultura representa, potencialmente, la mayor oportunidad de inversión en alimentación sostenible para los próximos 25 años; se estima que, entre 2025 y 2050, requerirá una financiación de entre 0,5 y 1,5 billones de dólares estadounidenses”. Lo que sigue respaldando las afirmaciones de infinidad de estudios serios a lo largo del mundo.

Otra muy contundente es “la acuicultura marina debe cumplir con estos retos para que los océanos se conviertan en una fuente importante de alimentos para los seres humanos, para convertirse en la próxima revolución en la provisión de alimentos para humanos” (Will the Oceans Help Feed Humanity, (C.Duarte et.al. 2009 will the oceans help feed humanity. Bioscience vol.59). Algo que la FAO lo explica detalladamente dadas las limitantes en tierras fértiles y agua dulce disponible a nivel global.

El ingeniero acuicola Lucas Maglio, en el embalse de Piedra del Aguila, con balsas jaula detrás.

Lo concreto es que ambos artículos presentan un enfoque anacrónico, tendencioso, con datos inválidos y contradicciones que debilitan la tesis que pretenden sostener. Toma solo datos negativos, desactualizados, generaliza casos particulares y omite tendencias globales que contradicen rotundamente su conclusión. Lo más llamativo es que la evidencia y la estadística más seria nunca estuvo tan abierta para todos.

Ambos artículos hubiesen sido válidos en 1994 cuando se utilizaron 30 millones de toneladas de pesquerías oceánicas a reducción de harina y aceite (FAO) y en esos años el alimento de salmones contenía más de un 80% de componentes marinos.

En particular el artículo de Ian Urbina va totalmente en contramano con la realidad. Urbina titula: “Como la harina de pescado impulsa la acuicultura global……”. Los datos hablan solos, según FAO en sus reportes SOFIA indican que en el año 1994 se produjeron 25 millones de toneladas de acuicultura a nivel global, ese año se destinaron 30 millones de toneladas de pesca oceánica a reducción de harina y aceite de pescado. 30 años más tarde en el año 2024 la acuicultura produjo 140 millones de toneladas totales y 18 millones de toneladas de pesquerías silvestres fueron destinadas a reducción, es decir la acuicultura pasó de 25 a 140 millones de toneladas y la pesca con destino reducción bajó de 30 a 18 millones de toneladas.

Es decir, la acuicultura casi se sextuplicó en volumen y, asimismo, el de peces silvestres disminuyó un 40%. Los datos indican, por un lado, que la acuicultura sigue siendo la actividad con mayores tasas de crecimiento a nivel global en los últimos 50 años en relación con las otras proteínas animales, y que además su dependencia por harina y aceite de pescado ha disminuido rotundamente.

Por lo tanto el título de ese artículo podría haber sido “La acuicultura no detiene su crecimiento impulsada por dietas con insumos terrestres y disminuyendo categóricamente el uso de insumos de origen marino”. Por otra parte, se confunde “acuicultura alimentada” con “acuicultura alimentada con peces silvestres”. Hoy la realidad indica que las dietas contienen más del 70% de insumos vegetales terrestres y la inclusión de harinas y aceites de pescado son, en muchos casos, de fuentes no aptas para consumo humano. 34% de la harina de pescado y el 54% del aceite de pescado usado en acuicultura proviene de residuos no aptos para consumo humano.

Estos datos, sumado a la baja global de uso de pesquerías silvestres, llevaron el indicador FFDR (Relación de dependencia de Peces silvestres) a valores históricos muy bajos. Los últimos datos oficiales del organismo que controla esto a nivel global (IFFO, Organización mundial de harina y aceite de pescado) indican que el promedio en la relación de peces silvestres vs peces de producción es de 0,19, es decir que en el mundo promediando todas las especies de criadero se necesitaron 0,19 kilos de peces silvestres para lograr un kilo de pescado de producción. En particular para el grupo salmónidos este indicador es 0,68 kilos, no 7 como indica el artículo de Ian Urbina. Además los peces son los más eficientes en convertir alimento, los que menos gases de efecto invernadero generan y menos agua dulce requieren en su desarrollo.

La acuicultura no elimina automáticamente la presión pesquera y existen problemas reales de trazabilidad, pesca ilegal y competencia con el consumo humano. Pero tampoco puede afirmarse que la acuicultura se relaciona con problemáticas propias de la pesca. La evidencia muestra que la acuicultura crece mientras reduce la inclusión de ingredientes marinos, mejora su eficiencia y valoriza subproductos.

La producción de peces es, por lejos, la manera más eficiente de producir proteína animal. Por su parte el informe de la WWF (Living Blue Planet 2015) indica que la vida marina se redujo en un 50% en los últimos 40 años producto de la actividad pesquera. Por lo tanto el verdadero debate es: cómo se regula la pesca, qué especies se cultivan, con qué alimentos y bajo qué estándares ambientales y sociales.