Fue un viaje de reencuentros. Después de once años, finalmente volví a Roma. Antes de aterrizar en Sicilia, donde un nuevo Viaje literario me pondría otra vez en contacto con muy queridos compañeros de ruta, desembarqué en uno de los destinos que más amo en el mundo. Una razón muy poderosa, muy personal, había frenado mi regreso. La muerte de mi tía, mi madrina, mi segunda mamá, me había impedido volver a esa bellísima ciudad. Los recuerdos eran demasiado fuertes, y al cabo de tantos años y tantísimos viajes, ella estaba en cada rincón, en cada angolo, en cada callecita de esa Roma entrañable. La imagen de la despedida final está grabada a fuego en mi memoria. Tanto, como los besos alborotados cada vez que me recibía en Fiumicino y las lágrimas y los abrazos que sellaban mi vuelta a la vida de todos los días y la obligada separación. Un mismo aeropuerto, dos sensaciones contrapuestas; llegué a amarlo y a odiarlo con la misma intensidad.

Pasaron muchos años desde la última vez, la definitiva. Y aunque la nostalgia era mucha, sentí de alguna manera que era también tiempo de reencuentro con los afectos que habían quedado allí, sus hijos, mis dos únicos primos, y sus familias. Sin saber cómo resultaría, cómo me resultaría el regreso, decidí que era hora de intentarlo. El reencuentro fue mágico. El afecto estaba allí, intacto, o tal vez todavía más fuerte. Roma también me recibió con los brazos abiertos. Ese auténtico museo a cielo abierto brilló para mí como nunca. Vagué por sus calles, esas mismas que recorrí tantas veces, desde Piazza di Spagna hasta el Quartiere africano; desde Piazza Navona hasta el Trastevere; desde el bellísimo barrio Coppedé hasta Via Margutta; desde el refinamiento de Prati y Parioli hasta la tranquilidad de Vigna Clara; desde los rincones más emblemáticos hasta los más secretos, guardados celosamente por los locales. Lo hice con otros ojos, desde otro lugar. Con los recuerdos intactos, conmovida, pero no abrumada por el peso de lo que ya no está, sino entusiasmada y abierta a dejarme sorprender por todo lo que todavía queda en pie.