Messi pudo ser español, como yo, como este universo en el que ahora, debido a esas cosas que nos va arreglando o rompiendo la vida, soy canario de Tenerife y él es, lo fue siempre, argentino.
De chico yo sentí que era argentino también, porque al lado de mi casa vivió un hombre que se llamaba Edmundo A. Esedin del Ródano, que era más argentino que Borges, o tanto como él. De hecho, cuando yo era un muchacho nada más, creía que las personas no tenían ni nacionalidad ni dinero, sino que venían a la vida gracias al favor de padres que eran equivalentes a los padres de otros.
Así que, como me decía estos días un argentino de la estirpe de Tomás Eloy Martínez, tanto Messi como yo podríamos ser de cualquier sitio, también del lugar de donde es el más importante de los actuales ciudadanos del mundo que nacieron en Argentina. O en España.
Imagínense que Lamine, que el domingo jugará contra su ídolo argentino, también hubiera nacido allá y fuera ahora argentino, por esa razón de los azares…
Escribo pues casi como si fuera Edmundo, pero también como si fuera el hijo de mi madre, que nació junto a un barranco, y ahora espera que la vida le dé el domingo un placer, o quizá una tristeza, y lo tenga que callar, o que gritar, según quien me esté escuchando.
Vayamos pues a la presente historia…
Cuando Messi entró en la cancha para poner en orden el futuro del partido (hasta ahora) más difícil de Argentina, (el país, el fútbol, la vida misma), se le acercó un compañero de juego. Le hacía ver qué pasaba en una zona del campo donde no se les quería. Me fijé en el gesto del que hace años era el más joven de todos y que ahora es el más veterano de la pandilla heterogénea que aspira, de nuevo, a ser campeona del mundo, nada menos.
A Messi le daba igual aquel instante, porque por delante tenía más obligaciones que nunca, más instantes y más peligrosos. El universo que lo abrumaba incluía la más feroz de las compañías del fútbol, la Inglaterra que ya estaba en la cancha. Ese equipo, el anglosajón, se disponía a hacer añicos a los colegas de Messi y pronto se supo no sólo que era peligroso sino que ese fútbol respondía a la pasión que dedican los anglosajones para amedrentar.
Messi se dedicó en seguida a decir quién era, aunque se supiera de lejos adonde iba y de donde venía. Al contrario que sus compañeros, que iban como una tromba a equivocarse, a él se le veía huir de las pequeñas cosas y ensayaba, como el veterano que es, lo que fuera posible. Sus compañeros de lucha parecían guerreros sin rumbo. Él era la voz callada del fútbol y esperaba sin ruido a que vinieran los balones.
Un recuerdo de hace tiempo: él era un muchacho, hacía malabares en el autobús que lo llevaba a la terminal del aeropuerto de Madrid viniendo de Inglaterra, precisamente. Los demás chicos que lo acompañaban iban haciendo cualquier cosa para romper el silencio. Él, sin embargo, era el muchacho que se dedicaba a entrenarse. Luego me lo encontré, saliendo a la calle, y habló tan poco que parecía entrenarse para la cancha: mirar, correr, asustar, marcar.
Era, desde el principio hasta el final, ese Messi que rompió, en la segunda parte, la arrogancia inglesa y se llevó para su hotel, o para su corazón, el porvenir que le aguarda (¿será España, aquel país que también es suyo?, ¿será Argentina, el país de Fontanarrosa y de Valdano, el suyo para siempre, como lo son sus padres o sus hijos?).
Días antes, el muchacho que ya tiene 39 años (¿y qué? ¿quién dijo edad cuando hay inteligencia?) había llorado de alegría. La segunda parte de este encuentro angloargentino, o viceversa, puso a prueba otra vez sus lágrimas, en este caso para desafiar, con su modo de hacer, con su gallardía, lo que ya aprendió de niño: para crecer hay que estar, nadie da nada por ganado.
Se notó en seguida que en el vestuario no solo se cambiarían las camisetas, sino el alma misma de un equipo que había entrado para torpedear, sin tino, a los ingleses, sin saber que éstos se crecerían en los contrataques que eran, sobre todo, desafíos.
El gol inglés era, exactamente, un gol inglés; es decir, un gol organizado por uno solo, hecho para avisar y no para continuar haciendo de lo que saben, gambetear en solitario, un modo de destruir al otro. El adversario, en la segunda parte, ya no era tan solo Argentina. Era, sobre todo, el espíritu de Messi diciéndole al futuro que la segunda parte iba a ser suya.
En esa segunda parte Messi oteaba el horizonte. Se lo sabía de memoria, y se notó en seguida que, mientras se cambiaban de ropa en el vestuario, allí no se iba a mover nada sin que antes lo revisaran las luces o los avisos ordenados por los ojos atentos del que fue jugador más aventajado de los años del Barça.
Ahora le están preparando en Oviedo un agasajo especial: el premio Princesa de Asturias, por lo que ha sido, por lo que será. Cuando terminó este partido, que ahora se abre al encuentro contra España, le preguntaron a Messi por lo de siempre: ¿y quién puede más, Maradona o Messi?
Esta vez el más importante de los futbolistas presentes le rindió tributo al pasado: su antepasado es el mejor, él lo quiere, lo querrá siempre. Fue lo que dijo. Cuando le escuché decir esas palabras sentí que viajaba con él, en ese instante, el futuro que le aguarda al futbolista que le ganó a los ingleses como si reivindicara el país del que viene, Argentina.
Otro Messi, más sosegado que nunca, más liviano, el que llora y el que recuerda, será el Messi del futuro. Ni idea tengo, cómo se va a saber, de lo que pase el domingo, pero lo cierto es que, en su corazón, cuando acabe ese partido próximo, habrá sitio también para el que gane y para el que pierda. Ojalá.
Este ha sido un gran año para Messi, es decir, para Argentina, y España también está viviendo este momento. Ahora los corazones están donde están, cada uno con el suyo. Messi es ahora mayor. Es el que dice: “Ojalá mi historia les sirva a muchos niños y niñas para seguir soñando con el deporte”. Un admirador, que era acérrimo del Real Madrid, Mario Vargas Llosa, fue al fútbol para ver jugar a Messi en un partido que parecía de trámite y que se jugaba en la cancha del equipo blanco. Le acompañé yo, que soy del Barça.
En el minuto once del partido sonó un silencio estremecedor en el estadio. Me miró el Nobel: “Ha estado bien Casillas”. Le avisé de que había sido gol, hecho por Messi. Desde entonces siempre me preguntaba Mario por las hazañas de aquel muchacho. “Ese argentino, que bueno es”. Él también vio llorar a Messi cuando se marchó del Barcelona, igual que él mismo lloró cuando ganó el Nobel y dijo el nombre de su mujer, Patricia Llosa.
Ese muchacho deslumbrante también lloró por Barcelona, por el Barça, e incluso por el futuro (¿qué será de mi?). Aquel día de su llanto en Barcelona a mi no se me ha ido jamás de la memoria. Ese llanto suyo era sólo suyo, no era de la directiva, no era de nadie más que de El Dios de Rosario, el espejo de su vida de niño en Barcelona, con la abuela, con el espíritu haciéndose en los pequeños y en los grandes estadios…
Se dijo luego, cuando se marchó: “Se fue, un día volverá”. A él se le puede adherir un recuerdo que se parece a su porvenir ahora, pase lo que pase ante España. Messi no responde a plegarias… Pero a él le valen los versos de Rudyard Kipling: a él lo llevarán los suyos (también los españoles que son sus compañeros, sus amigos también) a celebrar los sesenta segundos que lo lleven al cielo.
El chico de los monosílabos es ahora el hombre que canta victoria ante los ingleses. Y eso es mucho decir en el país por el que también tanto llora Argentina.
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