Las ideas de los adolescentes generalmente surgen de los lugares más impensados. Basta mencionar el caso de Prem Kamasani, quien encontró le encontró un mejor fin a las pelotas de tenis que desechaba su entrenador. Primero lo primero: rescatarlas de la basura. Y así creó BallBack, una organización sin fines de lucro para recoger y reciclar las desechadas.

Kamasani cursa el último año en la escuela secundaria Flower Mound en Texas, Estados Unidos. Allí notó que las pelotitas se tiraban después de usarlas, pese a que podían volver a utilizarse con un programa especializado.

Hay datos sobre contaminación que valen la pena saber: afirman que las pelotas demoran hasta 400 años en descomponerse y no pueden ser descartadas en contenedores de reciclaje habituales. Por ello Kamasani le preguntó a su profesor si podía empezar a conservarlas, una tarea que pronto se expandió más allá de su estado y llegó a convertirse en una organización allá por 2016.

Una segunda vida para las pelotas de tenis

Con frecuencia se suele reemplazar las pelotas de tenis, porque pronto pierden capacidad de pique y ya no son aptas para la competición. Aquí entra en juego la organización: proporciona contenedores específicos a escuelas, canchas y clubes. Una vez que estos se llenan, hay estudiantes voluntarios que las recogen y las envían a empresas de reciclaje.

Su organización, a su vez, colabora con otras entidades para hallar formas de reutilizar las pelotas que aún son aptas para su uso: su vida útil no termina en la trituradora para convertirse en caucho. Este material se puede utilizar para nuevas superficies de canchas, pisos de parques infantiles y suelos de pistas ecuestres.

El caucho se puede utilizar para canchas de tenis, pisos de parques infantiles y suelos de pistas ecuestres. Foto: Instagram @ballbackproject

Por su otra parte, las pelotas que todavía pueden seguir en uso se donan a programas deportivos para jóvenes y a escuelas que necesiten equipamiento. Otra opción: a refugios de animales como material de entretenimiento para los cachorros. La idea de que terminen en la basura ahora es absurda.

Más allá de la labor del voluntariado, los jugadores por su cuenta también pueden depositar sus pelotas de tenis en los contenedores en lugar de tirarlas a la basura.

El enorme potencial de la organización

El gran crecimiento de su organización permitió derribar fronteras y expandir lo que comenzó como una idea para una escuela. Según el sitio web de BallBack, ya se recaudaron más de 160.000 pelotas de tenis, con 31 líderes estudiantiles que trabajan en 16 estados.

A su vez recaudó 12050 dólares en fondos para apoyar su labor. Los líderes estudiantiles juntan las pelotas para luego llevarlas hacia a los socios de reciclaje para los procesos de reutilización. De esta manera su proyecto se expande a nuevas áreas sin depender de un único punto de recogida centralizado.

Ahora, la atención de Kamasani está puesta en llevar la organización un escalón más arriba. BallBack fue planeado como un proyecto "récord mundial" para reciclar la mayor cantidad de pelotas de tenis en una semana. Los líderes ayudan a organizar las colectas, se ponen en contacto con las asociaciones deportivas y contribuyen a difundir el programa a más zonas.

Estudiantes juntan las pelotas para luego reciclarlas y darle un nuevo uso. Foto: Instagram @ballbackproject

Este intento se basaría en la red de recolección que ya existe de la organización y el esfuerzo para evitar que las pelotas terminen desechadas. Al comienzo era solo un estudiante que sintió curiosidad por el triste final de las pelotas; sin embargo luego terminó convirtiéndose en un movimiento que llama la atención de los estudiantes en Estados Unidos. De este modo, además de la conciencia por el creciente efecto dañino, las pelotas tendrían un nuevo destino.

Además de jugar en el equipo de tenis escolar, el joven encordó a mano más de 100 raquetas que llegaron a las manos de tenistas profesionales y entrenó a jóvenes aficionados de este deporte.

La medicina es otra de sus grandes pasiones: en el verano de 2024 viajó a Costa Rica para un voluntariado y trabajó a la par de los médicos estadounidenses como traductor de los síntomas de los pacientes, controlando signos vitales y ayudando en tratamientos genéricos.