No es novedad que el mundo en que vivimos está sufriendo un cambio de paradigma. La inteligencia artificial, por su parte, promete arrasar con una cantidad apabullante de puestos de trabajo, dejando a toda una generación condenada a la más absoluta precariedad. Otra alarma lleva años instalada entre nosotros: se trata de la idea de que, gracias a las nuevas tecnologías, nos hemos vuelto decididamente más idiotas.

Por suerte, en el mundo existen personas que, por su formación, tienen la capacidad de ver en perspectiva: se trata de los historiadores, que por lo general vienen a poner paños fríos sobre los temas más escabrosos, alertando sobre la cualidad cíclica del tiempo que nos toca vivir. Dennis Duncan, el autor de Index, es historiador. Quizá debemos empezar por darle las gracias por este libro divertido, ameno, erudito y lleno de información relevante para nuestra vida.

¿Sabía usted, por ejemplo, que hacia el 1500, cuando los índices se popularizaron gracias a la imprenta, se alzaron decenas de voces lamentándose de que pronto los índices reemplazarían a los libros? Erasmo de Róterdam, sin ir más lejos, escribió todo un libro bajo la forma de un índice, y en el prefacio ironizó sobre el asunto, indicando que debió recurrir a tal formato porque “mucha gente sólo lee los índices”? Y para comienzos del siglo XVIII, la inquietud, nos cuenta Duncan, era ya una obsesión. Justamente, se trata de algo muy parecido a la discusión que tuvo lugar un par de siglos después cuando apareció Google, ese índice de índices. A causa de Google, ya nadie leería libros. Con los años, los libros impresos desaparecerían. De más está decir que aún estamos esperando ese apocalíptico resultado.

Todo se trata de relativizar, de comparar, de poner en perspectiva. Como buen historiador, Duncan no parece tener mucho tiempo para deprimirse. Para escribir este libro ha indagado en bibliotecas, ha accedido a incunables, se ha emocionado frente a códices y notaciones marginales. Su entusiasmo es contagioso. La historia de los índices –a la que probablemente muy pocos hemos prestado atención– y de su aparición en este mundo resulta apasionante.

Duncan se remonta muy lejos en la historia de Occidente, para hablarnos, primero, de la importancia del ordenamiento alfabético en Grecia y Roma. Pero cuando realmente podremos empezar, siguiendo la cronología, a hablar propiamente de índices, es hacia el año 1200, en la Baja Edad Media, cuando el surgimiento de las universidades y las órdenes mendicantes empezó a requerir formas de lectura que permitieran confeccionar conferencias y sermones.

De la mano de Duncan, asistimos al nacimiento de la Tabula de Robert Grosseteste con total fascinación: vemos la erudición aplicada a un elemento concreto y, en adelante, de una utilidad capital. Grosseteste, polímata inglés, conferencista, predicador, poeta, rector de Oxford y obispo de Lincoln, inventa en el siglo XIII un método para, como escribe Duncan, “convertir el caos en cosmos”. Se trata de categorizar conceptos, “ya sean patrísticos o paganos, y mantiene juntas las ideas similares al tiempo que guarda registro de su ubicación para futuras referencias”.

Algo flotaba en el aire, sin embargo, ya que en el mismo siglo XIII, casi a la vez, en Francia, en el convento dominico de Saint-Jacques, su nuevo prior realizaría la primera concordancia de la Biblia: más de diez mil términos en una lista ordenada alfabéticamente. Estos hitos son sólo el comienzo. Pasarán más de dos siglos para que se implementen mejoras radicales. Por ejemplo, para que empiecen a numerarse las páginas, y un poco más para que la imprenta convierta el índice en un artículo de primera necesidad. Index es un viaje extenso, una reflexión sobre nuestros modos de leer y sobre la literatura como modo de organizar nuestro mundo.

El humor típicamente inglés de Duncan y las hilarantes anécdotas que ilustran estas páginas no pueden ser comentadas en una reseña breve. La recomendación es: léanlo.

Index, Dennis Duncan. Trad. Juan Nadalini. Ampersand, 402 págs.