Son un abogado, un matemático, una contadora y una psicóloga. Aunque también son los escritores Miguel Gaya, Guillermo Martínez, Claudia Piñeiro y Natalia Zito. Ninguno de ellos estudió Letras y, sin embargo, los cuatro valoran su formación en las aulas de las universidades públicas como un valor que les permitió acceder a una vida mejor y realizarse profesionalmente. Por su parte, Paula Klein, doctora en Letras por la UBA, vive e investiga en París gracias a las herramientas que las aulas argentinas le ofrecieron. Clarín les pidió que recordaran sus tiempos de estudiantes y que explicaran por qué la educación superior es tan importante para la Argentina.

Natalia Zito. Télam

Natalia Zito, psicóloga

Natalia Zito (Buenos Aires, 1977) es escritora y licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Además de su tarea como profesional de la salud mental, es autora de Agua del mismo caño, Rara, Veintisiete noches y Traidores, escribir ficción con material autobiográfico. Escribe una columna en Clarín. Es docente en la escuela EntrePalabras y coordina el taller de lectura y escritura “Escribir con otros”.

Ayer participé de unas jornadas sobre literatura argentina en la Universidad de Colonia, en Alemania, organizadas por Victoria Torres. Mientras caminaba por los pasillos de esa universidad, que son inmensos, están impecables y relucen por todas partes, me acordé mucho de mis años en la Facultad de Psicología de la UBA. Cursé entre las sedes de Hipólito Yrigoyen y la avenida Independencia, dos edificios que, al lado de esta universidad alemana, parecen destruidos. Los pasillos estaban llenos de carteles y de cosas, en las aulas nunca había suficientes asientos para todos, hacía calor y, cuando yo cursaba, todavía se fumaba dentro de las aulas. Hacer un trámite era un infierno: había que ir muchas veces, insistir y pedir, por favor, que no se olvidaran de uno.

Todo esto puede parecer un espanto, pero ayer, mientras caminaba por esos pasillos impolutos, me acordaba de mi facultad y, contrariamente a lo que podría pensarse, me sentí afortunada. La UBA, con todas sus dificultades, sus precariedades y las mil cosas que podrían funcionar mejor, me hizo aprender a lidiar con lo que no funciona.

En mi caso, tener que enfrentarme constantemente con lo difícil, con lo que no funciona, con lo que no está dado, con lo que hay que crear y hacer funcionar entre todos, me desarrolló un músculo.

Los argentinos tenemos esa costumbre de ir contra todo, contra la corriente, contra lo que no funciona. En aquel momento yo tenía tantas ganas de estudiar que esa experiencia me hizo más fuerte. Me dejó algo valioso: un tránsito por la facultad que me fortaleció.

En la universidad alemana, en cambio, todo parecía estar dado. En Psicología no estaba todo dado; diría que casi nada lo estaba. Sin embargo, allí se respiraba mucho amor, sobre todo por el psicoanálisis y fue donde yo encontré mi amor por esa disciplina y por los libros. También por compartir fotocopias, pedirle a alguien un texto porque quería leerlo, pasarnos materiales. Allí di mis primeros pasos para convertirme en la profesional que soy hoy.

Por eso me parece sumamente valiosa esa experiencia, aunque, por supuesto, creo que deberíamos mejorar la universidad y cuidarla todavía más. Es muy valiosa y tenemos que defenderla. Defiendo, por supuesto, que todo el mundo tenga la posibilidad de acceder a la educación y que no sea un privilegio de una élite. Y lo digo en todos los sentidos, no solo en relación con la educación universitaria, sino con la educación en general.

Claudia Piñeiro. Foto Maxi Failla.

Claudia Piñeiro, contadora pública

Claudia Piñeiro (Burzaco, 1960) se graduó como Contadora Pública Nacional en la Universidad de Buenos Aires en 1983 (inicialmente quería estudiar Sociología, pero durante la dictadura militar el acceso a ciertas carreras estaba limitado). Trabajó como contadora y gerente administrativa durante diez años (hasta 1992) antes de dedicarse de lleno a la literatura, el guion y la dramaturgia. Ella misma define su cambio de profesión bromeando con que pasó de ser "contadora de números" a "contadora de historias". Con Las viudas de los jueves ganó el Premio Clarín Novela en 2005 y es autora, además, entre otros libros, de Tuya, Elena sabe, Las grietas de Jara, Betibú, Un comunista en calzoncillos, Una suerte pequeña, Las maldiciones, Catedrales, El tiempo de las moscas, La muerte ajena y acaba de publicar El canto invisible.

Para mí, pasar por la universidad pública fue absolutamente formativo y amplió mi universo. Yo venía de Burzaco, que en ese momento era una ciudad pequeña, y tenía un grupo de amigos con el que compartía el colegio, el club de barrio y otras actividades. Llegar a la universidad y encontrarme con tanta gente de distintos lugares, con diferentes maneras de pensar y distintas experiencias, fue lo primero que me abrió a un mundo mucho más amplio.

En cuanto a la formación, estudié una carrera que no era la que me hubiera gustado hacer: yo quería estudiar Sociología, pero era la época de la dictadura militar y varias de las carreras humanísticas de la UBA estaban cerradas. Todas esas advertencias hicieron que terminara estudiando Ciencias Económicas. A pesar de eso, disfruté muchísimo el estudio. La universidad en la Argentina no es una institución técnica enfocada exclusivamente en la materia específica que uno elige estudiar. También tenía materias muy generales e ilustrativas, como Geografía, Historia, Lógica y Filosofía, que me encantaba estudiar. Me formaron también en un montón de disciplinas que hasta ese momento no manejaba tanto.

La universidad pública me enseñó a estudiar y a trabajar, y me dio la posibilidad de acceder a un buen empleo al terminar la carrera. En aquel momento entré a un estudio de auditoría, uno de los mejores de la Argentina y del mundo, que solo tomaba egresados de la universidad pública porque consideraba que era la mejor formación que se podía encontrar en Buenos Aires y en el país. A partir de ese empleo pude ahorrar y darme tiempo para definir qué quería hacer con mi vida. Eso me permitió, más adelante, ir pasando de aquella carrera a la literatura y la escritura.

Cuando decidí hacer ese cambio, ya no tenía tiempo ni voluntad para empezar otra carrera universitaria. Sin embargo, tuve una segunda oportunidad de formarme en una institución pública de la ciudad de Buenos Aires: la Escuela Municipal de Arte Dramático, la EMAD, donde pude estudiar algo más relacionado con la literatura. También le debo mucho a esa escuela, porque allí tuve maestros como Alejandro Tantanián, Mauricio Kartún, Susana Anaine y otros. Por eso le debo tanto a la educación pública: no solo por todo lo que significó mi formación universitaria, sino también por esa segunda oportunidad que me dio la escuela municipal cuando decidí acercarme a la literatura desde otro lugar.

Hay algo más que la universidad pública me aportó y que fue fundamental para mi trabajo literario. Cuando empecé a trabajar como guionista para Telefe, hace muchísimos años, me di cuenta de que tenía un método de trabajo. Mis amigos que venían de Letras o de otras disciplinas contaban con conocimientos que podían ayudarlos en determinadas cuestiones relacionadas con la escritura, pero yo tenía una ventaja: sabía cómo entregar un trabajo en tiempo y forma, cómo presentarlo correctamente revisado y cómo cumplir con las fechas, incluso en situaciones adversas. Esa capacidad para organizar el trabajo, cumplir con los plazos y sostener un método también te la da la universidad pública.

Guillermo Martínez. Foto: Emmanuel Fernández.

Guillermo Martínez, matemático

Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es licenciado en Matemática por la Universidad Nacional del Sur, doctor en Lógica matemática de la Universidad de Buenos Aires y residió durante dos años en Oxford, donde completó estudios de posdoctorado con una beca del Conicet. Es autor de los libros de cuentos Infierno grande y Una felicidad repulsiva, de las novelas Acerca de Roderer; La mujer del maestro; Crímenes imperceptibles; La muerte lenta de Luciana B., Los crímenes de Alicia (Premio Nadal 2019) y La última vez, entre otras. También escribió libros de ensayos entre los que se encuentra Borges y la matemática.

Nací en una casa donde tanto mi papá, que era ingeniero agrónomo, como mi mamá, que era profesora de Letras, tenían muchos intereses culturales y una gran curiosidad por el conocimiento en general. Mi papá había cursado materias de Literatura, Matemática y Estadística, aprovechando esa cualidad de la universidad argentina: ser abierta, gratuita y democrática.

En mi caso, inicialmente elegí Ingeniería, con la idea de que, una vez establecido en un trabajo, pudiera hacer una segunda carrera humanística, que era lo que habría elegido en primer lugar. Sin embargo, dentro de la universidad descubrí otras cosas que no imaginaba que existieran.

Descubrí una parte de la Matemática que había interesado a Borges para sus cuentos: los diversos infinitos, los lenguajes artificiales, las paradojas lógicas. Entreví la posibilidad de acceder, a través de la Matemática, a una ventana indirecta hacia la lógica y la filosofía. Me encontré con una cantidad de saberes que tienen diferentes formatos, ideas y alcances, y que abarcan mundos enteros. No me arrepiento para nada de mi paso por la Ingeniería, de mi exposición a la Matemática ni de lo poco que logré estudiar de Física, aunque me habría gustado saber y entender más.

La otra dimensión que ofrece la universidad pública tiene que ver con la organización estudiantil y la política universitaria. Yo hacía una revista con compañeros de otras carreras y participaba de ese intercambio de saberes y puntos de vista. La política universitaria te enfrenta con preguntas acerca de qué manera lo que se estudia y se diseña en la investigación puede tener un impacto en la sociedad, qué líneas de investigación habría que desarrollar y cuáles son las obligaciones que tiene un graduado universitario con la comunidad.

La universidad es un lugar desde el que podés observar el funcionamiento de los distintos resortes del poder en la sociedad. Además, tiene la característica de la autonomía universitaria, que te permite intentar cosas que quizá en otras instancias quedan vedadas.

No creo que sea casual que las universidades nacionales públicas sean objeto de esta resistencia al cumplimiento de una ley. Me parece que esto forma parte de la batalla cultural. El mileísmo advierte que los lugares donde la gente piensa de manera más sofisticada, argumenta, debate y vota son espacios que históricamente no han sido proclives al discurso básico de la ultraderecha argentina ni a las recetas neoliberales que ya fracasaron cuatro veces.

En la universidad, en cambio, no pueden entrar con ese pequeño armamento argumental. Por eso, directamente han optado por atacarla, por hacerla desaparecer. Los intelectuales, los artistas, los investigadores y el Conicet son personas y lugares donde se piensa lo suficiente como para que no te puedan convencer con un TikTok.

En cuanto a la relación entre mi formación científica y mi carrera de escritor, siempre escribí cuentos, desde la niñez y la adolescencia, y siempre concebí las historias más o menos del mismo modo. Para mí, la lectura ha sido, sobre todo, la fuente de imaginación y de nuevas ideas. La exposición a la Matemática me dio temas y personajes. También me aportó cierta distancia crítica para corregir.

Por último, quiero recalcar que, con estas actitudes, el Poder Ejecutivo se ha colocado por encima de las instituciones, algo absolutamente inadmisible y que constituye un precedente nefasto. La ciudadanía tiene todo el derecho de oponerse a estas decisiones del Ejecutivo, que actúa como si fuera un usurpador del poder. En el fondo, está usurpando una parte del poder popular, representada por las Cámaras Legislativas.

Miguel Gaya. Foto: Rolando Andrade Stracuzzi.

Miguel Gaya, abogado

Miguel Gaya (Ayacucho, 1953) es poeta, narrador y abogado. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y se involucró en la defensa de los derechos humanos desde la Secretaría de DDHH de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. Es asesor legal de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) desde 1996, colaboró en la campaña destinada a impedir la impunidad del crimen cometido contra su asociado José Luis Cabezas en enero de 1997, y la representó en el juicio que logró la condena judicial de sus homicidas. Con su libro El desierto invisible ganó el Premio Clarín Novela en 2023. Es además autor de varios libros de poesía como La vida secreta de los escarabajos de la playa, Levanta contra el viento la cabeza oscura, Colección Robin Hood, Lo efímero y otros poemas inestables y Mediterráneo. También es autor de las novelas Contemplar ese animal sangriento, Una pequeña conspiración y Las hormigas argentinas conquistan el mundo.

Como tantos compatriotas, soy producto de la escuela y la universidad públicas. En mi familia, la garantía de progreso material y espiritual se depositaba en la educación. Quien no hereda un patrimonio material, debe heredar el patrimonio cultural de su sociedad. Eso es la educación, ser herederos y transmisores de la inteligencia acumulada.

Recibir las enseñanzas de quienes no están ni nos han conocido, mejorarlas y transmitirlas a quienes aún no han nacido, eso es una comunidad.

Algo de esto parece haberse perdido estos días, cuando desde tantos lugares se afirma que estudiar es solo una cuestión personal. Qué se estudia, quiénes estudian, para quiénes, no son preguntas retóricas, sino que responden con exactitud a un proyecto de país. Sin escuela pública, no hay ciudadanos ni trabajo calificado. Sin universidad pública, no hay desarrollo económico y social integrales. Sin esos pilares, un país no tiene futuro.

No quiero caer en la tentación de la anécdota personal, porque estos días se juega en parte el destino colectivo. Me interesa señalar dos extremos de mi educación. En un punto, que si no transitaba sobre el camino allanado de la educación gratuita, jamás hubiese podido ser un profesional universitario.

La universidad me hubiese sido vedada solo por motivos económicos. Mi mérito, si lo tuve, fue el esfuerzo individual de estudiar en una universidad de excelencia, y gratuita. El otro extremo, y no menor, la absoluta libertad con la que elegí, asumí y desarrollé mi carrera profesional.

Entre uno y otro punto, la aventura existencial de hacer convivir la poesía y la ficción con el derecho y la justicia. Descubrir, en el lenguaje, la riqueza de la ambigüedad del arte y la aspiración de precisión de la norma. Riquezas de una cultura hoy amenazada de exterminio financiero.

Paula Klein, bonaerense que vive en París. Foto: gentileza editorial Lumen.

Paula Klein, filóloga

Paula Klein (Buenos Aires, 1986) es doctora en Literatura Comparada, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y máster por la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Reside en París y ha enseñado Literatura Latinoamericana y Comparada en distintas universidades de Francia. Desde el año 2022, es profesora titular de la Université Clermont Auvergne. Su primera novela, La luz de una estrella muerta, fue publicada en 2021. El mismo año, Classiques Garnier editó su ensayo Petites mémoires et écriture du quotidien. Cortázar, Perec et leurs échos contemporains. Su segunda novela fue Las brujas de Monte Verità (Lumen, 2023); a esta le siguió El amor inventado, ganadora del Premio Lumen de novela (2026).

Mis padres fueron los primeros de sus casas en ir a la universidad pública, que para ellos significaba la promesa de un ascenso social. Cuando entré en la UBA, a los dieciocho años, ni siquiera había considerado otras opciones: las universidades privadas no formaban parte del horizonte de expectativas en el que crecí. Hoy puedo sonreír, socarrona, ante lo desprestigiada que está la idea de meritocracia, pero en aquella época de cándida ingenuidad, la igualdad de todos frente a una máquina tan inmensa me producía miedo y entusiasmo.

Estudiar en la UBA me parecía la manera de lograr algo por mí misma y de demostrarles a los demás lo que valía. Además, tenía algo chic: podías cruzarte en clase o en los pasillos con figuras intelectuales cuyos nombres hasta entonces solo habías leído en los libros. Dedicarle años a una carrera sin utilidad inmediata, como Letras, era el lujo de los lujos. Lo mismo que me gustaría hacer hoy: entregarme de nuevo a la lectura desinteresada.

La UBA también me enseñó la humildad. Todavía recuerdo el final de Literatura Latinoamericana II, el primero que rendí, con Roberto Ferro. Me destrozó en el oral hasta dejarme, por primera vez en mi vida, sin palabras. Luego miró mi libreta, vio que apenas empezaba la carrera y que tenía otras buenas notas, y se tomó el tiempo de aconsejarme cómo prepararlo mejor y evitar esos lapsus mortales.

En esos intelectuales y profesores, cuyos salarios se degradan año tras año, hay una vocación casi sacerdotal: el deseo de transmitir desinteresadamente lo que ellos mismos recibieron gratis.

Una vez recibida, me postulé para una beca en Francia. Aun en París, ciudad snob y poco hospitalaria como pocas con migrantes y exiliados, mis años en la UBA me daban una especie de colchón intelectual. Podías sentirte menos que los demás en todos lados, excepto en las aulas. Ahí sabía que, a pesar del miedo, tenía las herramientas para estar a la altura. Mis maestros me habían enseñado a leer, y podía conversar de igual a igual con cualquiera. No había tercermundismo ni sur global que valiera, porque, pese a las jerarquías que tan justamente describió Pascale Casanova, la educación pública nos catapultaba al interior de la república mundial de las letras.

Ahora que soy profesora en la universidad pública francesa, me la paso elogiando –sinceramente– las bondades de nuestras universidades y mandando alumnos extranjeros a la Argentina. Pero, cuando me toca ir a visitar a mis alumnos que lograron viajar –tenemos convenio con la universidad de Morón y con UNAHUR, entre otros– no puedo evitar entristecerme al constatar que los estudiantes argentinos no podrán vivir esa experiencia. La educación pública tiene un costo y me cuesta imaginar que alguien que se haya formado en una universidad pública no esté dispuesto a defenderla con uñas y dientes.

Desde hace algunas semanas los estudiantes de los liceos y universidades francesas también están en las calles reclamando más recursos y mejores condiciones de acceso a la enseñanza pública. Estamos, una vez más, hermanados a la distancia.