Una casa de campo, el calor sofocante del verano y una parrilla que promete un asado mientras el cielo amenaza tormenta. La escena podría pertenecer a una postal de la vida cotidiana, pero en Un milagro de mierda la aparente normalidad se resquebraja desde el comienzo. Los mercados financieros globales se desploman, las avionetas fumigan los campos de soja vecinos y Martina, la pequeña hija de David y Carmela, sufre un sarpullido misterioso que ningún médico consigue diagnosticar. Afuera y adentro, algo parece estar fuera de control.
En ese clima enrarecido, la llegada de Roja, la hermana de Carmela a quien no ve desde hace años, termina de alterar el precario equilibrio familiar. El pasado regresa con sus cuentas pendientes: un violento accidente automovilístico durante un carnaval modificó el destino de las dos hermanas. Carmela ocupó el lugar de bastonera de Roja, que había resultado herida, y fue entonces cuando conoció a David. Desde aquel episodio, culpas, resentimientos y una atracción difícil de nombrar permanecen suspendidos entre los personajes, como si el tiempo no hubiera terminado de pasar.
La amenaza adquiere otra dimensión cuando David confiesa que consultó a una curandera. Su diagnóstico no ofrece certezas, sino una inquietud mayor: hay algo malo en la casa y deben huir. Entre el escepticismo y la desesperación, la posibilidad de una explicación sobrenatural abre una grieta en la que se filtran los temores de una familia que ya no sabe cómo interpretar lo que le sucede.
Con dramaturgia y dirección de Flavio Abraldes, Un milagro de mierda se construye como una pieza atravesada por el humor negro, los diálogos filosos y una tensión que crece bajo la superficie de lo cotidiano. La obra pone en escena la fragilidad de los vínculos familiares, las contradicciones de la clase media y esa necesidad humana de aferrarse a alguna explicación cuando la realidad se vuelve insoportable. En ese universo, las criptomonedas, el karma y los milagros pueden convivir como distintas formas de una misma apuesta: creer que existe un orden detrás del caos.
Pero ¿qué pasa cuando las desgracias no traen consigo ninguna enseñanza? ¿Y si el dolor no es una señal, una advertencia ni una prueba que haya que superar, sino apenas dolor? Las preguntas que atraviesan la obra también aparecen en las palabras de Abraldes, quien sitúa el origen de la pieza en pequeñas supersticiones cotidianas, esas reglas absurdas que inventamos para convencernos de que la mala suerte tiene límites. No pisar los bordes de las baldosas, cambiar de apuesta después de una racha o confiar en que dos accidentes improbables no pueden suceder seguidos: gestos y razonamientos que buscan domesticar lo imprevisible.
"Las mentiras que creemos para seguir viviendo", sintetiza el dramaturgo al referirse al núcleo de la obra. La frase condensa una paradoja: necesitamos creer, aunque sospechemos que no hay nada detrás de aquello que nos sucede. Tal vez la promesa de un milagro no resuelva el conflicto, pero permita atravesar, al menos por un rato, la incertidumbre.
En ese delicado equilibrio entre lo absurdo y lo trágico, Un milagro de mierda propone una mirada sobre las ficciones que construimos para seguir adelante. Porque, cuando el mundo amenaza con venirse abajo, incluso la explicación más disparatada puede convertirse en un refugio. Y acaso lo verdaderamente inquietante no sea la posibilidad de que algo malo habite la casa, sino la necesidad de encontrarle un nombre a aquello que no podemos controlar.
Entre la actuación y la dramaturgia
Nacido en Buenos Aires en 1973, Flavio Abraldes se formó en actuación con Norman Briski, Joy Morris, Santos Riera, Noelia Rufat y Alejandro Catalán, entre otros. También estudió dramaturgia con Mauricio Kartun y Mariano Tenconi Blanco, y dirección con Florencia Suárez Bignoli.
Su recorrido como autor y director incluye Carcelé (2016), Babel Mall (2018), Jesusa de Camariñas y 90cts (2021), y 24hs por el krill (2023), estas dos últimas estrenadas en el Teatro El Grito. En paralelo, desarrolló una trayectoria como actor en teatro, cine y televisión.
En esta nueva obra, Abraldes vuelve a ocupar los roles de dramaturgo y director, acompañado por las actuaciones de Hervé Segata, Constanza Raffaeta e Ingrid Liberman. El equipo artístico se completa con Maite Corona en vestuario y escenografía, Walter Lamas en la realización escenográfica, César Capasso en fotografía y diseño del flyer, Ricardo Sika en iluminación y Greta Emma en asistencia de dirección.
*Un milagro de mierda se presenta los jueves, a las 21, en el Teatro El Grito, Costa Rica 5459.
PC
Todavia no hay comentarios aprobados.