Ya a fines del mes de septiembre noté que las papelerías ponían a la venta las primeras Agendas 2027. Asumo que eso de tener la agenda, un cuadernito de papel para organizar, analógico, puede sonar como una antigüedad.

Hoy día mucha gente se rige con el Google Calendar, que además brinda la oportunidad de avisarle a uno con alarmas de las citas y obligaciones que tiene a diario. Avisa el día anterior, media hora antes, a la hora exacta, media hora después, y el día siguiente de cada cita. Yo no sé si será que lo tengo mal configurado o es una tortura china para todo el mundo.

En fin, yo soy de esas personas que necesitan una agenda en papel, de la misma manera que uso cuadernos para anotar ideas, y cosas que se me ocurren para escribir.

Supongo que los que usamos agenda tenemos predilección por algún tipo en especial.

Los seres humanos no podemos hacer casi nada sin fijar una elección y uno de los territorios donde más se expresan las elecciones es en los artículos de escritura. Hay quien usa las biromes y hay quien lapiceras con cartucho. Lo mismo con la agenda, y uno pasa por fases.

Nunca elegí agendas de lujo -de cuero o piel- porque mi suerte es tal que estoy segura de que las compro y las pierdo el 2 de enero. Tampoco, otras temáticas como las de Mafalda o Maitena o de astrología: me entra paranoia de que me las roben y me quede sin cumplir con las obligaciones del mes siguiente por mera ignorancia (me pasó alguna que otra vez).

Hasta hace una década mis agendas eran las más pequeñas del mercado, tipo chinas, y me daban todas igual, siempre y cuando tuvieran el día y la fecha marcados. (Porque hay otras, universales, que sólo traen la fecha y uno debe escribirles el día de la semana encima: un incordio).

Podían ser negras, azules, y con el tiempo más coloridas, para encontrarlas rápido en el bolso. Después, crecieron al tamaño de un libro de bolsillo, y en estos últimos dos años son como un cuaderno grande donde anoto con letra gigante las actividades: sin los anteojos de lectura, no hay modo de conservar una letra armoniosa.

Cuando falleció mi madre, me quedé con su agenda. Me impresionó que tuviera agendadas actividades y cumpleaños para después de la fecha de su muerte. Ya sé, es una perogrullada: nadie sabe cuándo morirá. Para ella, la agenda de cada año era un artículo de primera necesidad: no había año que no la comprara y hacía anotaciones muy personales. Recuerdo haber tenido cinco o seis años y para probar que yo le estaba contando una mentira, recalcó: “Es la segunda vez que me mentís; la anterior hasta la anoté en mi agenda”.

Dicen que cada ser querido que muere nos deja un mensaje con su partida y creo que, entre los muchos que ella me dejó estaba este: comprarse una agenda para el año siguiente y anotar en ella las cosas importantes, aniversarios y cumpleaños que nos aguardan, es un acto de fe y esperanza. Manifestar el deseo de estar vivito y coleando un año más.