Los viajes de Julius Brenchley (Seix Barral, 2026), última novela de César Aira, se inserta en una zona particular dentro de la vasta geografía literaria del eterno candidato argentino al Nobel. Es posible pensarla como parte de una pequeña constelación de novelas de aventuras que se inmiscuye a lo largo de su obra y revitaliza personajes históricos: desde Ema, la cautiva (1981) pasando por La liebre (1991) y, especialmente, Un episodio en la vida del pintor viajero (2000).
El escritor y traductor argentino César Aira pronuncia unas palabras tras recibir el premio Prix Formentor 2021. EFE/José Manuel Vidal
Si en esta última Aira convertía en protagonista a Johann Moritz Rugendas, el pintor alemán que recorrió América, y en La liebre hacía de un naturalista inglés una figura central de su relato, ahora vuelve a apropiarse de la biografía de un viajero real: Julius Brenchley.
Aira toma personajes, escenarios y materiales históricos para improvisar con ellos un nuevo artefacto narrativo. La historia es apenas el punto de partida. Luego, en un gesto bien aireano, vendrán los desvíos.
En Los viajes de Julius Brenchley, una gran tormenta desvía la goleta Gloriana de su rumbo hacia Sudamérica y un fenómeno marino extraordinario termina llevando la embarcación hasta un lago congelado en medio de los Andes. Lo que había comenzado como una expedición decimonónica se convierte en una situación improbable que abre la puerta a una serie de eventos aún más improbables.
Deriva patagónica
En esta deriva patagónica, Aira despliega su clásico procedimiento de la huida hacia adelante: una sintaxis narrativa donde la acción fluye a partir de una concatenación casi infinita de contingencias. La geografía no se describe como un escenario estático, sino que se transita como un espacio de la disponibilidad absoluta para el desvío.
Este automatismo de la peripecia, sin embargo, convive con zonas de una extraña gravitación lírica. Al promediar la navegación, el texto se quiebra: “La prosa del viaje se volvía salmo”, escribe. La frase captura el momento en que la taxonomía racionalista del explorador se resigna a su afán de inventariar y clasificar para entregarse a una cadencia contemplativa, casi musical.
CUL / César Aira
Pero la tentación de la mística o el estatismo sublime dura poco. El texto pronto es interceptado por un humor lúdico, propio del autor, que desestabiliza cualquier pretensión de verosimilitud histórica o rigor físico. El congelamiento del lago, lejos de clausurar la marcha, habilita la escena lúdica: los marineros fabricando patines improvisados con flejes de embalaje para deslizarse bajo la luna patagónica.
La rigidez de la catástrofe se disuelve en una coreografía inverosímil, donde las leyes de la física y las convenciones del género histórico se suspenden en favor de la pura libertad del juego. Para Aira, la novela de aventuras es la infraestructura misma de su poética.
En la segunda mitad, el foco se desplaza hacia los gigantes de la Patagonia y Cruikshank, el fiel valet de Brenchley, cuya baja estatura se convierte en el reverso cómico de los cuerpos desmesurados que encuentra en su expedición.
Relato de viajes
La novela vuelve así sobre uno de los motivos clásicos del relato de viajes: el encuentro con un otro cuya diferencia permite medir, por contraste, al propio viajero. Hay un momento particularmente hermoso y extraño, una descripción típicamente aireana: “El rosa de sus cuerpos sobre el blanco de la nieve, como un postre gourmet en movimiento, había terminado por hacerlo sentir más pequeño de lo que era”.
César Aira. Archivo Clarín.
La novela puede leerse en relación con la tradición de los viajeros y naturalistas europeos del siglo XIX de la que Brenchley forma parte. El explorador llega con sus categorías, sus instrumentos y su voluntad de describir. Observa el territorio y a sus habitantes; convierte aquello que encuentra en relato, conocimiento, colección.
Pero en Aira esa relación empieza a invertirse. El objeto de la mirada adquiere una dimensión que desborda al observador. Aira se convierte en un escritor paródico casi como Jonathan Swift con sus célebres Viajes de Gulliver.
Brenchley, el europeo que viaja para conocer el mundo, termina enfrentado a un mundo que no parece dispuesto a dejarse conocer del todo. Y la figura de Cruikshank radicaliza todavía más esa inversión. El sirviente, el hombre pequeño, el personaje secundario, termina ocupando el centro de la aventura.
Por eso Los viajes de Julius Brenchley puede leerse al mismo tiempo como una novela de aventuras y como una novela sobre las posibilidades –y los límites– de la representación. Aira no desarrolla esa reflexión mediante una tesis sino, más bien, la pone en movimiento. La narra haciendo que los cuerpos se desplacen, que los barcos se desvíen, que aparezcan gigantes y que una situación absurda desemboque en otra.
¿Pero quién es, realmente, el hombre real detrás de la ficción? Julius Lucius Brenchley nació en Maidstone, Kent, el 30 de noviembre de 1816, en el seno de una familia acomodada vinculada a la industria cervecera local. Estudió en Maidstone Grammar School y en St John's College, Cambridge, y fue ordenado en 1843 como miembro de la Iglesia de Inglaterra.
Dos años después acompañó a su padre en un viaje por Europa. Su padre murió en París en 1847, pero para entonces Brenchley ya había descubierto una vocación que terminaría imponiéndose a la religiosa: viajar.
Durante las décadas siguientes recorrió prácticamente todo el mundo –todos los continentes salvo la Antártida– y reunió colecciones de historia natural, arte y objetos etnográficos. El Maidstone Museum lo recuerda como su “gentleman explorer”, una figura singular que combinaba la curiosidad científica con una extraordinaria vocación viajera.
Una novela de aventuras
Sus viajes tuvieron episodios que parecen escritos para una novela de aventuras. Algo que César Aira no podía desaprovechar. En Estados Unidos recibió una herida de flecha en el cuello; en Ecuador cayó en el cráter humeante del volcán Pichincha; atravesó Siberia en trineo durante el invierno de 1866-67 y llegó a viajar por China, Mongolia y Japón.
César Aira. Archivo Clarín.
En 1865 se embarcó en el HMS Curaçoa para realizar un extenso recorrido por el Pacífico, visitando, entre otros lugares, Samoa, Tonga, Fiji, Vanuatu, las islas Santa Cruz y las Salomón. De aquella travesía surgió Jottings during the Cruise of H.M.S. Curaçoa among the South Sea Islands in 1865, publicado en 1873, un volumen que combinaba relato de viajes, observaciones científicas y descripciones de los lugares y culturas visitados. El British Museum conserva más de mil objetos procedentes de aquel viaje.
Brenchley murió en Folkestone el 24 de febrero de 1873, a los 56 años. Había pasado buena parte de su vida recolectando fragmentos del mundo para llevarlos de regreso a Inglaterra. Sus colecciones terminaron, en gran medida, en museos como el Maidstone y el British. El parque situado junto al museo de su ciudad natal lleva hoy su nombre.
Hay algo casi circular en ese destino. Brenchley pasó su vida convirtiendo el mundo en colección, y Aira convierte a Brenchley en literatura. El explorador que observaba, clasificaba y reunía objetos regresa, un siglo y medio después, transformado en personaje de una novela que hace exactamente lo contrario: desclasifica, mezcla, exagera y pierde deliberadamente el rumbo. El verdadero viaje no es descubrir un nuevo mundo sino descubrir hasta dónde puede llegar una novela cuando decide perderse.
Los viajes de Julius Brenchley, de César Aira (Seix Barral).
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