“Las palabras son armas y hoy se necesitan más que nunca”, dice Laura Devetach, en el departamento que compartió más de cuarenta años con Gustavo Roldán en el barrio de Once. Sobre una mesa descansa una de las carpetas donde guarda sus "papelitos": frases anotadas a las apuradas, conversaciones escuchadas en la calle, imágenes que todavía esperan encontrar un cuento.

La leyenda de la literatura infantil, Laura Devetach, en su casa de Once. Foto: Victoria Gesualdi.

En octubre, el lunes 5, Laura cumplirá 90 años. Sonríe cuando se lo recuerdo y enseguida ofrece un cafecito. Sobre el mantel, unos platitos ilustrados con personajes de sus cuentos acompañan la charla. Los toma entre las manos y dice: "Los hizo Víctor Viano. Era de Córdoba. Un excelente pintor y dibujante. Pero, como era del interior, no siempre se llega a tener el reconocimiento que se merece. Murió muy joven".

Hace una pausa. "La mayoría de mis amigos, los que están en esta pared –dice mientras señala las fotos de papel, llenas de abrazos, sonrisas y viajes– ya no están. Me gusta recordarlos así".

Saco de la mochila un ejemplar de Run Run (Siglo XXI), con su característica tapa de cartón. Laura sonríe apenas lo ve y la conversación toma otro rumbo.

Run Run transcurre en estas calles de Once. Dos hermanos las recorren empujando un carro. ¿En qué momento esa imagen empezó a convertirse en una historia?

–Nunca sé qué voy a escribir. Nunca me siento a decir: "Ahora voy a hacer una novela". Las historias aparecen como aparecen los sueños. Se van juntando cosas. Yo estoy llena de "runrunes", de esas ideas que andan dando vueltas durante años. Hace mucho que quería escribir sobre lo que veía en el barrio. Observo mucho a los cartoneros: cómo trabajan, cómo hablan, cómo se organizan. Hoy salen familias enteras; están los chicos, los abuelos, las mujeres. Es una realidad muy dura y, justamente por verla todos los días, uno corre el riesgo de dejar de verla. Y fui guardando escenas, palabras... esas cosas.. en mis papelitos. Quedaron ahí mucho tiempo. Un día abrí una de las carpetas y empecé a unir esas piezas como si armara un rompecabezas. Recién cuando llevaba unas treinta páginas entendí que aquello era una novela.

–En el libro mostrás una ciudad que convive con esas personas, pero muchas veces sin mirarlas.

–Porque se vuelven invisibles. Y eso es lo más doloroso. Nací en un pueblo donde en los años cuarenta había convivencia entre los pobres y los llamados ricos, una cercanía. Hoy, se rompió del todo.

–Hay un personaje muy singular en Run Run: don Efraín, que vive en una especie de palacio ambulante. ¿De dónde salió?

– Nació de una noticia que leí cuando era adolescente y que nunca se me borró. Mi papá, que era inmigrante italiano y había visto mucho, me decía: "Eso no es nada, vos no sabés las cosas que pueden pasar". Me parecía que eso tenía que estar en los libros para chicos, porque a mí me sirvió enterarme; me dio otra imagen del mundo y me preparó para saber contra qué pelear.

– Veo en este cuarto las carpetas donde guardás tus famosos "papelitos". ¿Cómo trabajan hoy con vos?

–Trabajan igual que siempre. Anoto una frase, una imagen, una palabra, algo que escuché en la calle. Si no lo escribo enseguida, siento que lo pierdo. Durante años tuve miedo de extraviar esos papelitos. Si se me perdía uno, me podía morir de angustia. Cuando tengo que armar una historia, abro la carpeta y busco el hilo entre esas cosas anotadas, mezcladas con la lista de compras o alguna receta de medicamentos. Con la edad me alejé de la computadora; ahora tengo quien me ayuda a tipear porque me canso y me matan las innovaciones constantes de la tecnología. Soy de la cultura del papel. Para cualquiera eran papeles sin importancia; para mí eran el comienzo de algo. Después viene otro trabajo, que es sacar. Podar. Limpiar. Escribir también consiste en renunciar.

–Da la impresión de que escribís incluso cuando no estás escribiendo.

–Sí. Eso pasa mucho. La escritura sigue trabajando mientras una hace otras cosas. Las mujeres aprendimos a escribir entre un "mientras" y otro. Mientras cocinábamos, mientras criábamos hijos, mientras trabajábamos. La cabeza seguía escribiendo.

–¿Nunca tuviste un método estricto?

–Cuando los chicos me preguntan de dónde salen los cuentos, les digo que tengo uno escondido en la uña del dedo meñique. Y es cierto. Las historias aparecen cuando una está disponible para recibirlas.

–¿Qué recordás hoy de la prohibición de La torre de cubos?

–Fue una época muy dura. Cuando apareció aquel decreto que hablaba de "ilimitada fantasía" y de "falta de objetivos trascendentes", una se daba cuenta de que no estaban prohibiendo solamente un libro. Estaban prohibiendo una manera de pensar. Uno quedaba marcado. No era una sensación abstracta. Era miedo. El miedo de esos años. Vi cómo sacaban libros de las bibliotecas delante mío. Eso no me lo contó nadie. Lo vi pasar. Eran escenas muy fuertes. Con Gustavo nos vinimos de Córdoba buscando trabajo, pero también un poco de anonimato. Sentíamos que cualquier cosa podía pasar.

–Y, sin embargo, los libros siguieron encontrando lectores.

–Sí. Gracias a los maestros. Ellos hicieron algo extraordinario. Muchos escondían los libros para que siguieran circulando. Otros directamente los copiaban a mano. Nunca me voy a olvidar de una biblioteca de Bell Ville. Vi a una maestra escribiendo sin parar. Le pregunté qué estaba haciendo. Me dijo: "Estoy copiando La torre de cubos de Laura Devetach". Ella no sabía quién era yo. Me quedé muda. Todavía hoy me emociona. En ese momento entendí que los libros ya no pertenecen del todo a quien los escribe. Empiezan a pertenecerles a los lectores. Por eso, cuando volvió la democracia y el libro pudo publicarse otra vez, sentí que tenía que agradecerles especialmente a los docentes. Ellos hicieron circular los cuentos cuando parecía imposible hacerlo.

La leyenda de la literatura infantil, Laura Devetach, en su casa de Once. Foto: Victoria Gesualdi.

–¿Qué te pasa cuando mirás el presente?

–Me preocupa que nos acostumbremos. Uno ve familias enteras tirando de un carro y sigue caminando. Eso me duele. Hay una especie de coraza. Como si mirar al otro empezara a molestarnos. También me preocupa cuando se pretende corregir los libros del pasado para adaptarlos a las sensibilidades de hoy. Los libros también cuentan la época en que fueron escritos. Si empezamos a borrar esas marcas, dejamos de entender la historia. Leer también consiste en aceptar que hubo otros modos de pensar y preguntarse por qué fueron así.

–¿Cómo se contagia hoy el gusto por la lectura, cuando las pantallas parecen ocuparlo todo?

–La lectura siempre tuvo que competir con algo. Antes fue el cine, después la televisión; ahora son las pantallas. No creo que ese sea el problema. El problema aparece cuando convertimos la lectura en una obligación. Los chicos no leen porque uno les diga que tienen que leer. Leen cuando hay alguien que les contagia ese entusiasmo. Por eso el adulto tiene que ser un mediador. Para contagiar hace falta haber pasado uno mismo por esa experiencia, volver a los libros que lo marcaron y compartirlos. Si el adulto no lee, es muy difícil despertar ese deseo en otro.

–Alguna vez dijiste que los chicos también educan a los adultos. ¿Qué siguen enseñándote?

–Que piensan mucho más de lo que creemos. A veces hacen preguntas ingenuas y otras veces preguntas que nos dejan sin respuesta. Lo peor que podemos hacer es subestimarlos. Muchas veces los adultos queremos cerrar los libros con llave: explicar todo, poner una moraleja, asegurarnos de que el final sea tranquilizador. Ellos no necesitan eso. Son mucho más capaces de convivir con las preguntas de lo que imaginamos.

–Esa desconfianza hacia los mandatos también aparece en muchos de tus libros. Pienso en Historia de Ratita o Carta al lobo, donde las mujeres se apartan de los papeles que parecían escritos para ellas.

–Sí. Nunca fui una feminista militante, pero esa fue una preocupación constante en mi escritura. De chica vi muy de cerca lo que pasaba con muchas mujeres del pueblo. Mujeres muy avasalladas, que terminaban cargando con un resentimiento enorme porque nunca habían podido elegir. Yo quería escribir otra cosa. Quería que las mujeres y las niñas pudieran ser personas completas, no aquello que otros esperaban de ellas. Hace un tiempo, para un 8 de marzo, alguien me dijo que la Tía Sidonia tenía una fuerza feminista tremenda. Con mi hija nos miramos y dijimos: "¿Será feminista Sidonia?". Y sí. Lo es. Porque es libre. Y porque nunca se guarda lo que piensa.

La leyenda de la literatura infantil, Laura Devetach, en su casa de Once. Foto: Victoria Gesualdi.

–Leí que siempre tiene una pila de libros en la mesita de luz.

(Se levanta y me invita a espiar su habitación. Allí hay libros por doquier. Un estante por encima de la cama. Una biblioteca enfrente y las dos mesitas de luz colmadas.

“Mi habitación está tomada por los libros -confiesa-; no me siento sola porque están por todos lados.

–¿Seguís leyendo con el mismo entusiasmo de siempre?

–Sí. Nunca dejé de hacerlo. Cuando termino uno, lo saco y sigo con el otro. A veces ni siquiera sé cuál voy a leer; simplemente meto la mano en la pila y dejo que el libro me encuentre. Me gusta leer en la cama. Es un hábito que viene de la infancia. Cuando era chica también me iba a dormir rodeada de libros.

Libro para adultos

En la pila que está cerca de la puerta se encuentra Los desnudos, aquel libro para adultos publicado en 1965. Muy difícil de conseguir.

– ¿Cómo fue volver a leer ese libro después de tantos años?

– Lo estuve releyendo. Fue muy raro. Uno vuelve a encontrarse con la persona que era cuando escribió esas páginas. Pensé en corregirlo. Después me di cuenta de que no. Ese lenguaje pertenece a aquella mujer. Hoy escribiría de otra manera. Pero tampoco quiero borrar a la Laura de entonces. Quizá habría que reeditar con una nota que dijera: "Ténganle paciencia; estaba empezando". (Risas)

–Seguís diciendo que algún día vas a escribir sobre Reconquista.

–Me hacen campaña para que lo haga. Cuando tenía dieciocho años escribí una historia sobre el pueblo. Por suerte no la publiqué. (sonríe con cierta picardía) Creo que me habrían quemado en la plaza. Pero sí me gustaría escribir un anecdotario. No la gran historia. Las pequeñas historias. El hombre que traía el hielo. Las compoteras donde llevábamos el helado. Las cosas que parecen mínimas y, sin embargo, dicen mucho de una época.

–¿Cómo sabés que una historia ya está lista para empezar a escribirse?

–Todavía hay muchos títulos amasándose. Sigo siendo una señora cualquiera que, cuando le da el ataque de poesía. Los cuentos están en todas partes; si te ponés a observar un bichito que sube por la pared, ahí hay una historia. Es cuestión de querer ver. Lo importante es no dejar de mirar.


Laura Devetach básico

  • Nació en Reconquista, Santa Fe. Fue en Córdoba donde estudió Letras y concretó su carrera como docente en todos los niveles de la enseñanza. Allí publicó para chicos y grandes, y fue autora de teatro y televisión.

La leyenda de la literatura infantil, Laura Devetach, en su casa de Once. Foto: Victoria Gesualdi.

  • Desde 1976 vive en Buenos Aires, donde hizo periodismo y dirigió colecciones de libros.

  • Recibió el premio Casa de las Américas e integro la Lista de Honor de IBBY, en ambos casos por Monigote en la arena.

  • Obtuvo premios del Fondo Nacional de las Artes y el Octogonal, del Centro Internacional de Estudios de Literatura Infantil en Francia.

  • Algunos de sus muchos (pero muchos) libros son: La torre de cubos, Monigote en la arena, El hombrecito verde y su pájaro. En esta editorial, El ratón que quería comerse la luna, Una caja llena de, Canción y pico.


Run Run, de Laura Devetach (Siglo XXI).