"Recordámelo, computadora —cabe imaginar que preguntará alguien dentro de muchos años, en algo así como una residencia de ancianos futurista y robotizada—: ¿qué pasó exactamente con Drake y la "goth baddie” (chica gótica muy atractiva e independiente)?"

En ese futuro, tu acompañante de IA zumbará y emitirá un leve susurro, calculará, inferirá y te soltará algo como "Es una gran pregunta; has dado realmente en el clavo con un acontecimiento fundamental del siglo XXI. En septiembre de 2026, el cantante y rapero canadiense Drake lanzó un video musical en el que aparecía él sometiéndose a un cambio de imagen de estilo emo-goth por parte de la modelo de OnlyFans y streamer Pinkchyu, a quien supuestamente había conocido y de quien se había enamorado durante la grabación de un programa de citas por internet estrenado a principios de ese mismo mes. Los historiadores consideran que los populares videos virales, que desencadenaron diversos ciclos de debate en las redes sociales, fueron muy probablemente maniobras publicitarias orquestadas para promocionar el proyecto audiovisual de Drake titulado ‘Fear of Missing Out’ (Miedo a perderse algo)".

No está mal la respuesta. Te va a recordar a Drake, a Pinkchyu y el ciclo de promoción viral que acompañó a Fear of Missing Out. Pero si reservaste un poco más de dinero de tu jubilación para un acompañante de IA ligeramente mejor, tal vez te aparezca un tercer actor en el romance entre Drake y la Goth Baddie: un casino online australiano, registrado en Curasao y llamado Stake.

Stake, que se incorporó al negocio del juego en 2017, lidera desde hace tiempo diversas estrategias de marketing agresivas y algo turbias centradas en el entorno digital; tiene fama de pagarles a cuentas de redes sociales dedicadas al spam para que seleccionen imágenes y memes que ya son virales y los despachen con el logotipo de Stake. Pero desde 2022 al casino se lo conoce sobre todo por financiar Kick, la atrevida plataforma de streaming de video que compite con Twitch y funciona como stream house para figuras desagradables pero inevitables como el influencer Braden Peters (más conocido como Clavicular), Adin Ross (un locutor provocador derechista de la Generación Z) y ChudTheBuilder, quizá más conocido por gritar insultos racistas a desconocidos. Tras años de apariciones habituales junto a streamers renombrados como Adin Ross —con quien apostaba en Stake y obtenía ganancias a un ritmo matemáticamente improbable, según informó Bloomberg en febrero—, Drake estrenó en agosto su propio canal de streaming en Kick, que es donde tuvo lugar el programa de citas con Pinkchyu. La ocasión: el noveno aniversario de Stake.

Durante la mayor parte de mi vida de consumidor de las absurdas pavadas promocionales que rodean los grandes lanzamientos de álbumes y películas, tales despliegues han tenido lugar en el canal MTV o en revistas, en blogs o, más recientemente, en Instagram. Sin embargo, Drake —probablemente el más desvergonzado estudioso de la popularidad del siglo XXI— ha prescindido aquí de todo eso en favor de un canal con un potencial de impacto aparentemente mucho mayor: un casino en línea y el aparato de redes sociales construido a su alrededor.

Pero, ¿por qué deberíamos sorprendernos? Los juegos de azar tradicionales —casinos, loterías y apuestas deportivas— constituyen una industria mundial evaluada en 643.000 millones de dólares, según la empresa de investigación de mercado Statista; el año pasado, cerca de un tercio de esos ingresos provino de Estados Unidos, donde en particular las apuestas en línea han levantado vuelo a partir de la pandemia. Dependiendo de cómo se realice el cálculo, esto hace que el sector del juego sea casi el doble de grande que las industrias mundiales de la música, los videojuegos y el cine combinadas.

Resulta difícil hoy no ver el rastro del dinero de las apuestas por donde se mire: en las transmisiones deportivas ahora cubiertas de publicidad de firmas de probabilidades y apuestas, en un ecosistema de pódcasts financiado por los aportes publicitarios de las líderes DraftKings y FanDuel, y, claro, en esos influencers bichos raros que son proyectados vertiginosamente a la fama gracias a la astuta inversión en marketing de casinos radicados en el extranjero. El éxito del capital de los casinos ha adquirido un peso desmesurado en la producción y difusión de cultura, especialmente a raíz de que las fuentes de ingresos tradicionales y más fiables para los medios y la industria del entretenimiento —en particular la publicidad— se van agotando o son absorbidas por las plataformas tecnológicas.

Pero poner el foco únicamente en las apuestas solo explica una parte de la historia de este extraño fenómeno cultural reciente. Vivimos en medio de una especie de apocalipsis pospandémico de operaciones especulativas ludificadas en el que los juegos de azar tradicionales son solo uno de los jinetes. También están las criptomonedas, enorme industria que todavía busca un uso no especulativo, están las aplicaciones de negociación de acciones como Robinhood, que popularizaron el comercio de opciones apalancadas de alto riesgo entre inversores minoristas, y, más recientemente, los mercados de predicción, que el año pasado registraron un volumen de operaciones de 60.000 millones de dólares. Pronto no va a tener mucho sentido diferenciar estas categorías porque las aplicaciones convergen hacia un modelo de oferta múltiple que reúne algunas combinaciones de apuestas deportivas, mercados de predicción, negociación de opciones y criptomonedas o incluso todas estas opciones a la vez.

Lo que sustenta esta industria emergente —además de un modelo de negocio excelente, miles de millones de dólares en ingresos provenientes de incautos y miles de millones en inversiones de los sectores más sagaces del mercado— es una visión compartida de un mundo construido en torno a la apuesta y a los riesgos calculados que lo acompañan. Los influencers, streamers, podcasters y agregadores de contenido (por no mencionar raperos, comediantes y deportistas) que han reorientado hacia los imperativos del capital de apuesta el material que emiten, no solo trabajan al servicio de lo que podría denominarse el sector especulativo sino que también operan conforme a su lógica. ¿Qué son las redes sociales, al fin y al cabo, sino un escenario donde podés poner en juego la reputación propia y apostar declaraciones de alto riesgo, y, tal vez, activar un espléndido premio (si bien poco frecuente)? Todo mientras disfrutás de la gratificación adictiva de un estímulo incesante, impredecible y activado con solo pulsar un botón.

El juego, en otras palabras, no consiste simplemente en pagar por la cultura. Es la cultura misma.

Nadie sabe esto mejor que los aficionados al deporte. Todas las grandes ligas y transmisiones deportivas disponen con un socio o patrocinador del sector de las apuestas y prácticamente todas las emisiones muestran ahora de forma destacada las líneas de apuestas y sugerencias de apuestas combinadas. Las ligas que mediante la aplicación de la damnatio memoriae (condena de la memoria) antes sancionaban a los atletas que apostaban ahora promocionan a sus estrellas mediante acuerdos exclusivos con casas de apuestas; decenas de estadios de las grandes ligas cuentan con ventanillas de apuestas en sus instalaciones. Hoy todas las grandes ligas deportivas constituyen un subsector de la industria del juego y no al revés.

Posiblemente no valga la pena lamentarse por esto: el deporte profesional es, en cierto sentido, una forma de entretenimiento. Pero aun si vos no tomás el deporte en serio, considerá qué pasaría si esas mismas fuerzas se apoderasen de los medios de comunicación en general. Kalshi, una aplicación que permite a los consumidores de noticias más inquietos apostar sobre elecciones, entregas de premios, invasiones y cuestiones por el estilo, se ha asociado con CNN, CNBC y Fox News para suministrarles datos de mercados de predicción; su rival, Polymarket, tiene acuerdos propios con Dow Jones y con X. En términos de datos estos convenios aportan actualmente lo que las asociaciones con casas de apuestas deportivas aportan en dinero, constituyendo una nueva fuente de un recurso esencial que últimamente ha escaseado. En una época en la que los sondeos de opinión están "quebrados", las probabilidades que proporcionan los mercados de predicción podrían ayudar a medir el pulso del electorado.

No obstante, si el negocio de los mercados de predicción sigue creciendo a este ritmo, las asociaciones podrían ir más allá de la mera provisión de datos, y Kalshi y Polymarket podrían convertirse en la misma clase de fuentes de financiación confiables para los canales de noticias por cable, como DraftKings y MGM lo son para los medios deportivos. Contemplando esto no es difícil imaginar un futuro en el que los presentadores de CNN promocionen sus "apuestas seguras de la semana” para las elecciones y los analistas de Fox News ofrezcan apuestas combinadas con su propia marca. (Cuando menos subirían los índices de audiencia, ya que los aficionados se quedarían despiertos hasta tarde incluso ante victorias aplastantes para ver si los republicanos logran superar la previsión.)

Puede parecer exagerado, pero cuando el capital especulativo entra en un ecosistema, tiende a reencauzar por completo a todos los participantes. El complejo del entretenimiento deportivo orientado a las apuestas ha creado un nuevo tipo de aficionado: menos seguidor devoto de un equipo o jugador concreto que consumidor omnívoro y ávido de resultados. ¿Qué tipo de ciudadano nos presentan los medios de comunicación orientados a los mercados de predicción? La respuesta optimista, tal cual —como la muestran los materiales promocionales de las diferentes aplicaciones de apuestas—, es que todos nos convertimos en audaces superpronosticadores.

En su reciente libro On the Edge (En el borde), Nate Silver, híbrido entre periodista, encuestador y jugador profesional, propone una diferenciación antropológica entre dos grupos a los que denomina el Pueblo y el Río. El Pueblo está compuesto por "personas que trabajan en el gobierno, en gran parte de los medios de comunicación y en sectores del ámbito académico": de acuerdo con la descripción de Silver, es gente epistemológicamente cautelosa, metódicamente conservadora y socialmente conformista. El Río es un "ecosistema" de personas, entre ellas emprendedores afines a la tecnología, inversores, pensadores, apostadores en sentido literal y, supongo yo, también Drake, que "hablan un mismo idioma con términos como valor esperado, equilibrio de Nash y probabilidades Bayesianas a priori". El Pueblo es serio, anticuado y cauteloso; el Río es genial y muy divertido.

Podría resultar útil concebir el Río menos como un temperamento o una subcultura que como la vanguardia militante de lo que el filósofo Ian Hacking llamó "la revolución probabilística": el lento desplazamiento del determinismo y la causalidad estricta por un nuevo modo de pensamiento arraigado en la incertidumbre y la inferencia estadística. Este estilo de razonamiento entiende el mundo en términos de distribuciones más que de particularidades; sus leyes son relaciones observadas más que explicaciones causales. "El azar", se sugiere, no es una función de la ignorancia humana sino un bien que puede medirse, gobernarse y utilizarse de manera rentable.

De hecho, la estadística tiene sus raíces en los juegos de azar. La disciplina nació cuando matemáticos franceses intentaron resolver un debate sobre las probabilidades de un lanzamiento de dados determinado. Pero floreció en el siglo XIX, a medida que los Estados modernos comenzaron a generar grandes conjuntos de datos sobre sus poblaciones: censos, estadísticas de matrimonios, tasas de mortalidad. La aplicación de métodos estadísticos a estos conjuntos de datos reveló que podían cumplirse ciertas "leyes" a nivel poblacional sin que nadie debiera realmente saber o interesarse en cuanto a la causa.

Si el aparato estadístico definitorio del siglo XIX pertenecía a los Estados europeos, el de nuestro siglo es propiedad de unas pocas decenas de empresas del norte de California, donde gobierna el estilo estadístico. El capital de riesgo, la filosofía de inversión que forjó Silicon Valley, es menos un método para seleccionar empresas que para modelar la exposición a una distribución de probabilidades estadísticas: si la mayoría de las inversiones pierden todo su valor y tus rendimientos se concentran en enormes casos atípicos, la estrategia inteligente consiste en generar una exposición amplia en lugar de intentar determinar de antemano los ganadores.

Al mismo tiempo, los sistemas de software que rigen nuestras vidas también se basan en probabilidades, no en particularidades: el algoritmo de recomendación que te propone un video no tiene ni idea de lo que el video contiene ni te conoce a vos, tus preferencias o tus deseos; simplemente estima una probabilidad condicional. La interfaz de usuario con la que interactuás es tanto producto de experimentos estadísticos reiterados —pruebas de versión A y versión B— como de decisiones meditadas o principios de diseño. Y las subastas publicitarias que financian todo el ecosistema on line estiman la probabilidad de que hagas clic o efectúes una instalación y valoran tu atención en relación con eso, varios miles de millones de veces por día.

Los grandes modelos de lenguaje —base de los sistemas que hoy denominamos genéricamente "IA" y apoteosis de la innovación en la industria tecnológica— podrían ser la más pura expresión del estilo estadístico. Carecen de creencias y no poseen conocimiento de los hechos; son distribuciones de probabilidad condicional sobre fragmentos de texto. Y lo cierto es que funcionan: los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) generan textos sorprendentemente lúcidos, fluidos y verosímiles. Más aún, lo que vuelve tan potente y atractivo el enfoque estadístico es su eficacia en todos los ámbitos. La inversión de capitales de riesgo, las subastas publicitarias, las pruebas A/B, los algoritmos de recomendación y otras prácticas derivadas del marco probabilístico han hecho fabulosamente ricos al sector tecnológico y a sus principales protagonistas.

Su éxito, a la vez, justifica su difusión. La industria tecnológica parece decidida a avanzar más, cediendo por completo el juicio cotidiano e incluso la personalidad al enfoque estadístico: "Estoy actualizando mis suposiciones previas respecto de la comida tailandesa", podría decir un ingeniero; o, un inversor de capital de riesgo: "Salir a caminar tiene +EV (valor esperado positivo)". (Traducción: "Me equivoqué acerca de la comida tailandesa" y "Es agradable salir a caminar".) En las fiestas de Silicon Valley, o al menos eso he leído, todo el mundo habla de su "p(doom)" [aproximadamente, p(fatalidad)]: expresión simpaticona para referirse a la probabilidad de describir tu relativa convicción de que una inteligencia artificial acabe con la raza humana. La implicancia aquí es que, mientras en el pasado la gente entendía que su mente funcionaba como mecanismos de relojería, sistemas hidráulicos, máquinas de vapor y finalmente computadoras, quienes están a la vanguardia de la innovación perciben su mente como una tecnología aún más de punta: modelos aleatorios y motores de inferencia.

No sorprende que los acaudalados jóvenes prodigios de Silicon Valley, acostumbrados como están a la recopilación de datos, la inferencia y la inversión especulativa, se orienten a los mercados de predicción. Pero ¿por qué lo hacen los demás? Una explicación muy difundida es lo que el podcaster Demetri Kofinas denomina "nihilismo financiero": la sensación de que todos los demás caminos hacia la riqueza y la estabilidad se han cerrado y por eso la única opción es recurrir a las criptomonedas, al day trading (negociación intradía), a apostar y, a lo mejor, a transmitirse por streaming uno mismo llevando a cabo una o todas estas actividades. En los albores de una época en la que la IA podría reestructurar por completo el mercado laboral, este es el mensaje que Silicon Valley y sus subsectores de apuestas difunden con mayor insistencia a los jóvenes en internet: Esquiven la clase marginal permanente.

Pero, ¿y si ese aparente apego por las iniciativas de alto riesgo no fuese tanto producto de una temeridad nihilista sino más bien una adopción deliberada (o su versión vulgar) del enfoque estadístico aplicado a las finanzas personales, las relaciones sociales, la salud y el amor? En este escenario, la gente joven no se lanza tanto a apostar por la emoción que eso implica sino porque el entorno la ha condicionado a buscar la exposición dentro de un abanico de inversiones, como haría un capitalista de riesgo.

El año pasado contacté a un streamer de Kick llamado Mike Smalls Jr. para preguntarle por la vez en que transmitió la marcha de un huracán en directo. En octubre de 2024, mientras el huracán Milton se dirigía hacia Tampa (Florida), Smalls escuchó que el streamer Adin Ross ofrecía 70.000 dólares a quien transmitiera la travesía del huracán. "Así que salí para allá con un colchón inflable", me contó, "hasta un estanque cercano". Sentado en su colchón, durante la primera hora aproximadamente Smalls intentó controlar el paraguas mientras bromeaba con los espectadores. Finalmente el agua sobrepasó los bordes del estanque y Smalls, que no sabe nadar, acabó aferrándose a un árbol. En un momento dado, el propio Ross se unió al chat y tuvo que comunicarle a Smalls que el ofrecimiento de los 70.000 dólares no era real. Sin dejar de transmitir, infatigable, Smalls logró sacarle 10.000 dólares.

A mí me había impresionado la historia de un tipo que se jugó la vida apostando por un gran premio y esperaba hablar con un amante inveterado del riesgo, alguien que veía su vida en términos de probabilidades y apuestas. Sin embargo, Smalls no consideraba el streaming como una jugada de riesgo ni tampoco apostaba mayormente (aunque solía hacerlo en Kick con fondos provistos por Stake). "Apostar puede ser muy adictivo”, me dijo, “así que no quiero que se me etiquete mucho como jugador". No me pareció tanto un calculador de apuestas que amase el riesgo sino en todo caso alguien emprendedor, metódico y reflexivo, para quien su volátil carrera en el streaming constituía una inversión equiparable a su formación universitaria.

Pero incluso aquellos que nunca hemos hecho una transmisión en vivo estamos expuestos de manera similar. Los contenidos sobre salud y fisicoculturismo que consumen los hombres jóvenes se expresan en términos de riesgos y probabilidades —como reducir la "mortalidad por todo motivo"—, derivados de la enorme cantidad de datos que recopilan dispositivos como los anillos Oura y las pulseras Whoop. Una vez que has optimizado al máximo tu aspecto, podés entrar en el casino de las aplicaciones de citas habiendo incrementado tus chances de ganar un premio con mejores fotos y descripciones; si tenés suerte y encontrás pareja con quien tener un hijo, una startup llamada Orchid puede brindarte "puntuaciones de riesgo poligénico" para tu futura descendencia.

Tu trabajo, a estas alturas, bien podría tener una estructura de recompensas no muy distinta a la de una máquina tragamonedas: tal vez seas empleado de una startup y recibas una parte importante de tu remuneración en acciones, o seas un "creador" (es decir, periodista, músico, actor o ilustrador) que espera acabar en el lado ganador de la economía donde "el ganador se lleva todo", o quizá conduzcas un Uber y apuestes a que se activen las tarifas dinámicas por alta demanda la noche en que tenés el coche.

Incluso la política se ha visto obviamente pervertida por esta lógica. El ex diputado Sean Patrick Maloney se quejó recientemente de que "ser influencer en redes sociales" es ahora una conducta habitual entre legisladores. Puede que su frustración sea genuina, pero producir videos con posibilidades de viralizarse (en contraposición a elaborar complejas leyes bipartidistas) resulta una estrategia estadísticamente racional en el Congreso, donde la atención es la moneda de cambio. Hasta aquellos legisladores reacios a lo digital, centrados por completo en su labor, se encuentran inevitablemente arrastrados a esta dinámica por plataformas como Kalshi y Polymarket, que han convertido casi cualquier aspecto de su trabajo en activos negociables, siendo el más absurdo de ellos el de los "mercados de menciones", que no recompensan en función de un pronóstico político concreto sino cuando un político o portavoz utiliza una palabra o una frase determinada. Lo que las predicciones y los cálculos estadísticos amenazan con corromper en este caso no es solo la causalidad y la singularidad de los hechos sino el propio sentido de la ciudadanía en una democracia: el voto es un compromiso único e indivisible; en Kalshi es posible cubrirse frente a los riesgos.

Para algunas personas —los habitantes del "Río"— este mundo podría resultar ideal, o cercano a eso: un lugar donde maximizar la riqueza y el prestigio jugando con destreza según las probabilidades en todos los ámbitos de la existencia. Yo también comprendo su atractivo: me acuerdo de haber leído el bestseller de Emily Oster Expecting Better (Esperando mejor, publicado en español con el título El embarazo no es como te lo contaron) cuando mi esposa estaba encinta y valorar ese libro que le permitía tomar sus decisiones propias, por ejemplo sobre la alimentación, basándose en su propia tolerancia al riesgo en vez de regirse por las normas estandarizadas del sistema médico.

Pero también recuerdo estar delante del mostrador de la rotisería tratando de sopesar lo intranquilos que nos sentíamos ante el riesgo de que ella contrajera listeriosis frente a las ganas que tenía de comer jamón crudo, para descubrir finalmente que la libertad del riesgo individualizado es a su manera tan exasperante como las restricciones de las recomendaciones generales. No creo ser la única persona a la que le sucede esto. Para quienes no estamos acostumbrados a los hábitos mentales y los estilos de razonamiento de Silicon Valley, el mundo de los casinos, de los mercados de predicción y las opiniones “financierizadas” resulta extenuante: calcular tu perfil de riesgo individual a todas horas, cubrirte de cada apuesta, evitar todo compromiso para mantener abiertas todas tus opciones...

No tiene por qué ser este el desenlace inevitable de la revolución probabilística ni de las instituciones concebidas para contabilizar el azar. Entre las primeras innovaciones que aprovecharon la ciencia de la estadística y la probabilidad se encuentran los seguros, que son una manera de mancomunar riesgos. El traspaso de los cálculos probabilísticos desde las instituciones hacia los individuos —el giro de "asegurar" o "invertir" a "apostar", dicho crudamente— constituye una innovación más reciente.

Pero es el apostador individual de quien Silicon Valley puede sacar el mayor provecho. Los casinos necesitan víctimas. Las criptomonedas necesitan inversores que pierdan. Los mercados de predicción necesitan dinero incauto. Y los LLM, los modelos de lenguaje de gran tamaño, necesitan información.

En un artículo de octubre de 2025 para el blog de la firma de capital de riesgo Andreessen Horowitz, el editor general de la compañía, Alex Danco, analiza un futuro en el que "las máquinas inteligentes conciben, impulsan y materializan gran parte de nuestro progreso material". Si la IA se encarga de todas las tareas importantes, ¿qué queda para nosotros? La respuesta a la que llega Danco es la especulación: en ese futuro dominado por las máquinas, las "predicciones" nos dan "algo que hacer". En definitiva, alguien debe generar nueva información para que la IA la absorba y la pondere; para Danco, ése es "nuestro propósito". Quizás esto te parezca sombrío, degradante o, por lo menos, insólito. A Danco no. Por cierto, concluye con una nota llena de esperanza: "No podría imaginar algo más optimista aunque lo intentara".

Es fácil decirlo para él; ya hizo todas las apuestas acertadas.

Una versión de este artículo apareció en la edición impresa del 4 de octubre de 2026 de Sunday Magazine con el titular "Apostar el todo por el todo".

Traducción: Román García Azcárate