La primera vez que me emborraché en mi vida fue en el inolvidable boliche del que era dueño el primer argentino que conocí. Él era Edmundo El Gordo, un hombre enorme y simpático, maravilloso y, como Borges, por ejemplo, inolvidable. Tenía una cultura que rompía los cánones, y cocinaba como si hubiera estado en todos los boliches del mundo y fuera él, a la vez, el comensal y también el cocinero. A la vez.
A él no le importaba nada que, en cuanto se hizo con la gente del lugar, lo llamaran Edmundo El Gordo… Yo sería después un aspirante a ser parte de este oficio, el periodismo. Esa noche de la primera borrachera fui desde el Colegio Mayor, en el que residía, al pueblo en el que nací para celebrar con Edmundo la puesta en marcha de aquel inolvidable boliche en cuya casa aprendí a cantar como cantaba Eduardo Falú y, hasta ahora, sin ningún sentido del ridículo.
Aquella noche Edmundo A. Esedín del Ródano, argentino que años antes había venido a vivir al Puerto de la Cruz, mi pueblo, estrenaba su boliche y me convidó a su jolgorio. Yo estudiaba entonces el primer curso de la Universidad. Hacía allí trabajos diversos, además de aprender las obligaciones de un estudiante que trabajaba, a la vez, en lo que me daba de comer: el oficio de bibliotecario y el periodismo. Esa primera noche de su boliche regresé al colegio sin conocimiento, y hasta hoy no he sabido quién me trajo ni cómo lo resistí.
Edmundo había recalado en mi pueblo algunos años antes y terminó siendo como el personaje de Kim de la India, el amigo de todo el mundo que Kipling creó para siempre. No resultaba fácil, porque entonces el acento argentino no se recibía allí tan fácilmente. Quizá fuera siempre así, porque los argentinos hablaban (hablan) distinto a todos los que venían de Venezuela o de Cuba, que en seguida parecía que habían nacidos en las islas. Los argentinos eran (lo son) muy suyos, o al menos mucho más suyos que los isleños, que aceptábamos a los que venían de fuera, extranjeros también, como parte de los que hubieran nacido entre nosotros. Todo el mundo era de la Plaza, y ni uno era extranjero. Hasta hoy.
En este caso, Edmundo se convirtió pronto en el más popular de los recientes isleños. A pesar de que el acento lo mandaba para Argentina, fue en seguida canario del Puerto de la Cruz (y de todas partes) y, además, de los dos lados de la Plaza del Charco, que así se sigue llamando el lugar del que vengo.
Aquella plaza tenía dos zonas (la de los pijos y la de los pobres). Edmundo se hizo de las dos partes a la vez. Lo podías ver en la zona sin calidad de la plaza, donde se reía como si se conociera el léxico de los golfos locales, y discutía con los ricos de al lado como si él también fuera un potentado.
Edmundo era, en efecto, el amigo de todo el mundo. Un portuense canario que venía de Oriente, por ejemplo, y un insular que estuviera desde muy niño entre nosotros. Consiguió ser, muy pronto, parte del léxico portuense, como si hubiera nacido en cualquier lado: desde Argentina al barranco del que venían muchos de los que hablábamos con él en el lado pobre de la plaza.
Se hizo amigo de todo el mundo, en efecto, y también de mi madre, que pronto lo vio llegar a casa portando viandas que fue capaz de improvisar con los productos de nuestra tierra. Era ya del Puerto, y era de todas partes a la vez. Me regalaba libros que se trajo de Argentina, organizó otros sitios de comer y, además, nos enseñó a reír como si fuera de la Ranilla, que era en nuestro pueblo el más feliz de los barrios.
Fue portuense, isleño, español, argentino y de todas partes. Ahora que he querido decir de cuántos lugares fue Edmundo, para explicar que, además, fue más español que casi nadie, le pregunté a su familia de Tenerife que me dijeran cuántas nacionalidades tuvo. Su hija Saga, que es una profesora muy reputada que da clases de la moda y del traje en el Louvre, y su viuda, Victoria Rojo Rosales, médica odontóloga, me dieron información que yo requerí para explicar por qué Edmundo fue de todas partes y también desde hace años español, por ejemplo.
Aquel argentino de todos nosotros “tuvo primero, claro”, me dijo su hija, “pasaportes argentinos… Luego, al menos desde 1978, un pasaporte libanés, aunque expedido en Madrid. Y en 1983, un pasaporte español. No sé si esa fue la fecha de su primer pasaporte español, o de otro anterior, pero en todo caso desde entonces ya seguro que estuvo nacionalizado”.
Ella me pasó algunos de esos pasaportes, de los cuales unos exhiben el aspecto de Edmundo: alto, esbelto, con corbata, un hombre de todas partes, un cosmopolita que recaló en mi pueblo como si viniera en busca de lo que otros extranjeros encontraron entre nosotros: la alegría de conversar con quienes, siendo de cualquier parte, y también argentinos, se quedaron a vivir como en otros tiempos vinieron también a conocer la isla personajes como Agatha Christie o Bertrand Russell.
De esos pasaportes y de estas historias se deduce lo que todos recordamos de aquel hombre extraordinario, capaz de estar en todas partes y de ser de todos nosotros, y también de nuestro propio país, España, a la vez que fue argentino y español y, como acabo de decir, de todo el universo, o al menos del mapamundi que abarcó Edmundo.
Edmundo me vino ahora a la memoria como un símbolo grande de un personaje ejemplar que hoy se movería, en el Puerto de la Cruz, en todas partes, como alguien que no entiende cómo es posible que este país, España, trate ahora de cerrarles las puertas a los que, siendo bisnietos de los que se tuvieron que enla guerra de España, quisieran venir a este país a trabajar o a vivir, exhibiendo el pasaporte que ahora les quieren quitar.
Ahora está aquí esa puja que sucede a la intención de la derecha española de cercenar el voto de los que, siendo de raíz española, quieren ser dignos de los que en el pasado perdieron la patria que ahora también les pertenece. Son herederos de aquellos que se tuvieron que ir, y quisieran ser parte del mundo que les pertenece. Los españoles que huyeron o se marcharon en la España del 36, y que vivieron sus vidas en universos hermanos del mundo, dejaron atrás historias humanas sensacionales o difíciles, y los que siguieron su estela hasta son dignos hoy de ser parte del mundo que hubo y también del mundo que viene.
Estos días vuelve a sobrevolar el futuro de España en función de la inminente posibilidad de que un nuevo gobierno rompa la idea de quitarles a los descendientes españoles la posibilidad de un viaje a la tierra que fue de los suyos. Esta posibilidad ha generado inquietud y tristeza.
Edmundo, nuestro amigo, no tuvo que ver con aquella historia. Vivió en Tenerife, como uno de los nuestros. Hoy él me viene a la memoria, como tantas veces. A él también le hubiera resultado duro o insoportable que los bisnietos de los que tuvieron que irse reciban ahora este portazo que parece que les depara la historia. w
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