La cualidad profética de la literatura se manifestó pronto para La nación de los sueños diurnos, la tercera novela de Juan Mattio (Buenos Aires, 1983). Con el libro en distribución, el Papa León XIV publicó la encíclica Magnifica Humanitas, en la que llamó a “desarmar la inteligencia artificial” y poner a los algoritmos al servicio de la dignidad humana. En la novela se pueden leer las conclusiones de un comité científico que pide la urgente desconexión de todos los servidores del mundo: es lo único que queda por hacer para detener la proliferación de la materia hipersticional, una sustancia sintética que emula sistemas orgánicos y que trajo al mundo enfermedad, seres duplicados y aberraciones espacio-temporales, un fenómeno despertado por una extraña anomalía en el prompteo intensivo de una IA.
Según se reconstruye desde diversos ángulos, el glitch se originó en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde un programador y un fotógrafo se confabularon para generar deepfakes con el archivo de fotos sociales de la comunidad. Algo que pasó efectivamente en la localidad santafesina de San Jerónimo Sud, donde un hombre fue condenado en 2025 a resarcir a algunas de las 80 mujeres con cuyas imágenes creó pornografía apócrifa.
En la novela de Mattio, la generación de este tipo de contenidos se mezcla con “núcleos psíquicos atípicos” que con su actividad pueden producir duplicados materiales a partir de deseos, anhelos, temores y recuerdos. Son las mentes de personas que, como el programador, pueden convivir con traumas y trastornos a las que añaden especulaciones ocultistas, y que son el canal predilecto para una entidad maligna trascendental, una fuerza supra divina apenas sugerida pero inevitable.
Con tensores que lo conectan a Borges, Lovecraft y el imaginario nacional sobre el desierto irredento (abundan subtítulos que remiten a El matadero, La cautiva, Martín Fierro y Una excursión a los indios ranqueles), Mattio escenifica la sensación contemporánea de inestabilidad y caos con un mal sueño: el destino común se descompone en sectas bárbaras y la realidad se ha levantado como pintura vieja.
La anomalía tecno-esotérica convierte al mundo en una malla frágil y permeable a un orden cósmico que excede el entendimiento humano y quiebra las nociones de tiempo y espacio, abriendo las compuertas de una existencia nueva, donde los anhelos generativos alteran la realidad circundante y las grietas en el tejido de los perceptible se ensanchan como abismos. La arquitectura responde a estados de ánimo, los muertos se reaniman en forma de recuerdos vivientes, los animales se autorreproducen en versiones deformes y las personas desaparecen en backrooms, fallas o vacíos en el plano crujiente del antiguo orden.
La realidad se ha vuelto un motivo de sospecha, y la literatura de Mattio responde a esa inconsistencia con un tejido de aproximaciones. Aquí no se trata de lo que sucede en la trama sino de cómo se accede a ella. No sería incorrecto decir que La nación de los sueños diurnos es una novela polifónica escrita en distintos registros, pero sería decir muy poco. Puede ser un realismo de lo incierto, una literatura de lo incógnito pero presente, un mapeo de lo inestable o los papeles de una narrador abducido por otra realidad.
Mattio enturbia la progresión narrativa enmascarando su rol en informes médicos, documentos policiales, intercambios epistolares, crónicas episódicas, apuntes sueltos y monólogos en miniatura sin uniformidad, que van construyendo una mancha ficcional que se expande y contamina lo verosímil. En cualquier caso es una escritura inimitable por la IA, una experimentación con la forma novela que desordena el sentido y le pide al lector que participe y accione en la línea de montaje de lo que lo rodea.
Si los espejos tienen algo monstruoso, como descubrió Borges en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Mattio toma esa premisa para releer el célebre cuento de 1940. Lecturas alegóricas aparte, aquí también hay hrönir y permutaciones materiales de lo que las personas piensan, hay asociaciones secretas que le dan forma a una realidad que invade la que creímos incontrastable. Pero se aparecen no como avances de un idealismo nuevo, sino como monstruos que acechan y que enferman, que rompen la continuidad del tiempo y cortan los hilos que conectan la confianza entre los humanos.
La nación de los sueños diurnos, Juan Mattio. Caja Negra, 480 págs.
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