La aventura de habitar un cuerpo a la deriva de la enfermedad, los accidentes y el tiempo encarna el corazón de los cuentos reunidos en El cuerpo roto, de Ana María Shua. Son doce narraciones que evitan los lugares de héroe y víctima, y en ese territorio tan humano dejan a la vista la fragilidad de la experiencia frente a la certeza de la muerte.

En el pasaje de la autobiografía a la imaginación, los primeros relatos parecen explorar una zona incierta, sin bordes firmes. De hecho, el primer cuento, “Un canto a la vida”, resulta el más cercano a la biografía personal de Shua. Una mujer padece cáncer y metástasis y, a medida que los transita, registra el proceso. La voz en primera persona es íntima, por momentos irónica, por momentos desesperada, y genera una ilusión de realidad tan cercana que resulta difícil separar a la narradora de la autora.

Le sigue “Rita y el doctor”, donde una escritora se reencuentra con el psicoanalista de su juventud. Al parecer, él la admiraba más de lo que ella pensaba. Es un diálogo delirante y mordaz, lleno de humor, que explora el modo en que el tiempo y la memoria nos transforman. En un registro distinto, que también borra los límites entre ficción y no ficción, el tercer cuento, “Casi una crónica”, aborda la noche en que una autora acompaña a los médicos de la guardia de un hospital público para escribir, precisamente, una crónica.

No todos los cuentos producen el mismo efecto de lectura, pero sí, en su conjunto, dejan a la vista la imposibilidad de delimitar con certeza qué es real y qué no lo es. Por ejemplo, en “Técnicas modernas”, una pareja joven quiere tener relaciones sexuales por primera vez. Es la década del 60 y el tema no es fácil. Así, la narración va de la experiencia de Celia y Hernán a los fragmentos del manual Técnicas sexuales modernas, que el chico lee para prepararse. El libro es real y la pareja parece ser imaginaria; sólo que la asociación que hace el relato es tan precisa que refleja el modo en que las falsas creencias y las reglas sociales contaminan los vínculos más íntimos.

No es extraño que el cuerpo sea el vínculo entre las historias. El tema está presente ya desde su primera novela, Soy paciente. En un tono absurdo, sigue las peripecias de un hombre internado en un hospital. Podría ser casualidad, claro, que la cuestión de los engranajes de la atención médica, las enfermedades y las batallas por sostener la experiencia física hayan reaparecido una y otra vez en sus narraciones.

Es imposible, a esta altura de su trayectoria, enumerar las novelas, los cuentos y las microficciones que ahondan en esta cuestión. Aun así, basta mencionar su célebre primer libro de cuentos, Los días de pesca, en particular el relato del mismo nombre, que mediante una voz infantil entrañable narra los días de pesca con su papá en Miramar y entrelaza esos momentos con las visitas que ella le hace de adulta, mientras él agoniza en el hospital.

A esta altura no hay dudas: Shua es una de las narradoras más grandes de Latinoamérica. Buscadora incansable, maestra en el arte del extrañamiento y, sin embargo, capaz de una humildad que en estos nuevos cuentos toma la forma del trabajo con lo mínimo: los personajes comunes, los detalles cotidianos, las voces capaces de contener en su ritmo y en su tono la esencia de una verdadera familia.

Ocurre, por ejemplo, en los dos últimos cuentos. “Selva y el Diablo” cuenta la vida de Selva, el barrio, su familia y los hechos. Alguien narra –no se sabe quién, pero los conoce bien–, es parte del núcleo cercano. Es la época de la última dictadura militar; ella milita en la Juventud Peronista, pero eso es solo el contexto de algo mucho más íntimo que les ocurre a los personajes.

“Después de la muerte” cierra el volumen con la historia de un duelo que parece la otra cara del cuento anterior. Una mujer y sus dos hijas enfrentan la muerte inesperada del padre. Pocas veces los rituales del final alcanzan el corazón del dolor con tanta docilidad y contundencia como lo hace Shua en esta historia. En los hilos que anudan cuento a cuento, El cuerpo roto conforma una mirada honesta capaz de abarcar el miedo, la ternura, el dolor, la humillación, la pasión, el amor y el humor; y, más que ninguna otra cosa, la honestidad que supone enfrentar la muerte con un cuerpo falible y, aun así, día a día, vivir.

El cuerpo roto, Ana María Shua. Páginas de Espuma, 192 págs.