Cualquier guionista de Hollywood a cargo de una Messi biopic hubiera elegido esta final: España como rival de Argentina. Porque medirse a Inglaterra y ganarle es algo de una escala descomunal, sí, pero no conecta con la carrera y la vida de Lionel Messi como lo hace España.
Hay mucho fútbol en esa final a las puertas de Nueva York, pero hay también mucho más que fútbol. España como rival de Argentina es, antes que la final perfecta, la final necesaria.
Messi le debe mucho a España, aunque España le debe mucho más a Argentina y al fútbol argentino.
Hace 30 años, en el Santiago Bernabéu se escuchaba un cántico durante los partidos: "¡Hola fondo norte!", saludaba la cabecera norte del estadio del Real Madrid; "¡Hola fondo sur!", respondía el sector opuesto.
Esa ingenuidad sostenida en la melodía de un tema de los payasos Gaby y Fofó desconcertaba al argentino acostumbrado al ingenio desmedido, a veces brutal, demasiadas veces violento, de nuestros estadios.
Pronto dejaría de ser así. A España llegaban cada vez más futbolistas argentinos, pero también muchos argentinos no necesariamente talentosos con la pelota. Profesionales y no profesionales, jóvenes y no tan jóvenes, familias enteras. Era un exilio económico que se sumaba al exilio político de un cuarto de siglo antes, y que se convirtió en masivo con el estallido de 2001/2002.
Pronto, en los estadios españoles comenzó a advertirse el ingenio futbolero argentino. Muchos argentinos habían abrazado la camiseta de un equipo español, porque estaban a más de 10.000 kilómetros de sus equipos y no podían vivir sin el rito de ir a la cancha a ver fútbol el fin de semana. No había whatsapp ni YouTube, no había redes sociales. No se podía vivir con la cabeza en los dos países, había que poner la energía y el ingenio en España. En su fútbol, en sus equipos, en sus estadios, que se transformaron con el aporte argentino.
El Atlético de Madrid sabe mucho de esa energía e ingenio volcados en las tribunas por hinchas argentinos, pero en muchos otros equipos sucedió lo mismo: irresistibles con sus cantitos y compromiso de hincha, los argentinos colonizaron muchas hinchadas.
Entre los exiliados económicos hubo un exiliado futbolístico de 13 años de edad, un preadolescente que respondía al nombre de Lionel Andrés. El 17 de septiembre del 2000, Messi aterrizó en Barcelona con su padre, Jorge. La historia que comenzó a escribirse ese día no terminó aún, tiene un capítulo enorme este 19 de julio de 2026 en Nueva Jersey. Una hoja en blanco que lleva el título de "la cuarta".
Nadie ignora el show de provocaciones de programas como El Chiringuito, nadie ignora la peregrina idea de que un equipo que enhebró seis victorias en seis partidos y sometió a sus rivales cuando parecía perdido ganó en realidad porque fue ayudado por la FIFA, y nadie ignora que tanto fuego artificial en busca del like y el negocio en las redes sociales es sólo eso: ruido. Los españoles, que saben mucho de fútbol, saben también que esta Argentina es más que Argentina: es la Argentina de Messi.
Es obvio que además de querer ganar la final, España necesita ganarla, porque de lo contrario seguirá siendo la potencia de la estrella solitaria, como Inglaterra. Un título contra cuatro de Argentina, cuatro de Italia, cuatro de Alemania, cinco de Brasil... España necesita confirmar con el título mundial algo evidente: es una gran nación futbolera.
Pero una pregunta se impone si Argentina lograra esa cuarta estrella. Más allá de la lógica decepción, ¿puede enojarse un español si es precisamente Messi quien les gana la final? Messi tiene historia en grandes competiciones internacionales con Francia, Italia, Brasil, Uruguay, Inglaterra y Alemania, pero le faltaba España. Una España que cuenta entre sus estrellas a Lamine Yamal, bañado por Messi cuando era un bebé y que es hoy la referencia del Barcelona al que el rosarino elevó a niveles inexistentes en su historia.
¿No debería España alegrarse por Messi? Parte de esa idea fue arrojada a la mesa en la noche del miércoles por un Lionel Scaloni que tiene la notable capacidad de reflexionar mientras un torbellino de emociones lo sacude: "Va a ser un lindo partido de fútbol, y ojalá los españoles estén contentos de que Argentina está en la final, que tantas alegrías les ha dado Leo Messi jugando en ese país. Espero que sepan entender la diferencia. No todos los españoles lo quieren, pero gran parte de los españoles".
No es sólo Messi. Argentina hizo mejor al fútbol español. Y, nobleza obliga, España hizo mejores a los futbolistas argentinos, gracias al nivel de sus clubes, y a los argentinos en general, porque les hizo ver lo bien que se vive sin despertar cada día temiendo una crisis económica, un hecho de inseguridad o cualquier cataclismo político.
Los nombres dan vértigo: Alfredo Di Stefano, Mario Kempes, Diego Maradona, Lionel Messi, César Luis Menotti, Carlos Salvador Bilardo, Scaloni. Los jugadores y entrenadores más grandes del país, los campeones del mundo, nutrieron también al fútbol español. Y decenas, cientos, miles de jugadores y entrenadores más.
Tomás Abraham, filósofo y escritor que a sus 79 años sigue programando su vida diaria en función de los partidos de fútbol, cree que España es hoy "arrogante y pedante" cuando habla de Argentina: "Están siempre tratándonos de sudacas y con aires de superioridad. ¡Parece mentira que ignoren todo lo que le hemos aportado al fútbol español: Alfredo Di Stefano y Lionel Messi!".
Al fútbol y más allá del fútbol. No es audacia ni soberbia decir que la enorme cantidad de argentinos que se instalaron en las últimas décadas en España, la ayudaron a convertirse en un país mejor. Le aportaron audacia, talento, tesón, ingenio, temeridad y alegría, un cóctel necesario para una sociedad cada vez más europeizada, que a veces se queja más de lo debido y no termina de apreciar todo lo que tiene, todo lo que logró.
Entre finales del siglo XIX y principios del 20 llegaron más de dos millones de españoles a Argentina, e incluso más italianos. Messi es "italiano", pero se hizo "español". Dice "partido igualado" o "hay que competir". Es la síntesis perfecta de tantos y tantos argentinos que hunden sus raíces en ambos países.
Hubo un momento, hace ya más de cien años y en el auge de la inmigración, en que el 23 por ciento de la población argentina eran españoles y el 30 por ciento, italianos. Fue finalmente Italia y su espíritu los que se impusieron para marcar la argentinidad. De ahí que en Argentina sean incomprensibles Cucurella y su paella. Cómo pueden reírse de eso, se preguntan muchos.
Hace ya muchos años, Hernán Casciari situó la producción de dulce de leche en España como el momento en el que la "madre patria" claudicó y se entregó a la argentinidad. "España, perdiste", escribió Casciari. Y aunque el dulce de leche español es muy simbólico, no es aventurado decir que la colonización de España por parte de tantos y tantas argentinos se ancla en el fútbol. Y ahí, España no perdió, ganó. Ganó muchísimo. Sólo queda esperar, piden los argentinos, que no haya aprendido lo suficiente como para ganar también este domingo.
Todavia no hay comentarios aprobados.