Si fuera posible asir la chispa inicial de la creación artística o localizar el motor que tracciona por vez primera la pulsión central de una persona; si tal cosa fuera posible, para alguien como el vienés Stefan Zweig habría que husmear allí, en esa encrucijada –enriquecedora para algunos, estremecedora para otros, fastidiosa para el resto– que llamamos adolescencia. Probablemente encontraríamos –al igual que en Hesse, Salinger, Sabato– el corazón del laberinto del que hemos partido una vez y al que, infructuosamente, intentaremos volver, sepámoslo o no, lo que quede de nuestra vida.

Cuando Roland v. D., el emérito profesor protagonista de La confusión de los sentimientos –novela de gran belleza romántica, aunque menor en el destacado repertorio de Zweig– recibe como homenaje un volumen que recoge la summa de su obra crítica, advierte de inmediato que fulgura en ella la cara estricta, objetiva, del conocimiento, y que una ausencia, privada y sentimental como un lamento inconsolable, se levanta sobre las páginas para azuzar –única, exclusivamente– sus oídos. “Es verdad todo lo que contiene”, dice el narrador, en referencia al libro, “solo falta lo esencial. Me describe... Habla de mí, pero no revela quién soy”. Para alcanzar esa verdad –que es la suya, y se propició en la juventud– es necesario apartar la ciencia y su método, e imperioso hablar desde el tumulto que suscita toda pasión auténtica.

A sus 19 años, en una pequeña universidad alemana, un joven Roland, desinteresado aún por la filología y las letras, presencia un espectáculo imborrable que marcará su vida: la histriónica performance de un profesor innominado, amante de Shakespeare; su seductor manejo del discurso, sus giros embriagadores, su tono magnético provocarán en el protagonista un auténtico raptus. Un hombre mayor tomado por un lenguaje que, simultáneamente, lo apresará a él, y que incendia todo a su paso porque brota del fuego que arde dentro de aquel hombre arrebatado.

A partir de aquí, la formación de Roland sufrirá las vicisitudes de este profesor que oscila entre la proximidad cálida y la distancia oscura e inexplicable. Hay un sufrimiento –sagrado– que surca el rostro del profesor y retuerce su alma, intuye el protagonista. Un dolor y una timidez cuyo contrapunto se expresa en ironías, desatenciones, desapariciones repentinas. Y una joven esposa –la del profesor– cuyo papel en el drama adopta una suspicaz intrascendencia.

Avejentado y debilucho la mayoría de las veces, el profesor encontrará en la admiración del joven narrador los bríos necesarios para, al menos, dictar la que, hace tiempo ya, se rumorea como su obra maestra, aplazada por razones inescrutables. Un secreto –el que alimenta su suplicio– ronda al académico, y resultará indispensable para Roland revelarlo –y afrontarlo– a los efectos de su formación profesional y espiritual.

Hay momentos excepcionales en sus clases –parafraseamos aquí al narrador en el presente de la novela, ya sexagenario–, en los que la palabra vibra por su cuenta. En tales circunstancias no es exactamente él quien habla. Es la voz del profesor, la de un muerto querido, la que se escucha por su boca. La enjundia poética encarna en las lenguas que se someten a sus mandatos, predispuesta a transmitirse de un espíritu a otro –de una boca a otra–, sobre todo, cuando se trata de la relación entre un maestro y su discípulo, esa antiquísima y ambigua forma del vínculo amoroso.

La confusión de los sentimientos, Stefan Zweig. Trad. Nicole Narbebury. Ediciones Godot, 128 págs.