Parte de la historia de vida de Andrea Steiervalt (55) pareciera certificar aquel refrán popular que reza que 'las casualidades no existen'. Y con cierta justeza, porque cuando las desventuras irrumpieron en su trazado existencial, la vecina de San Miguel supo hallar un férreo amparo en la conjunción de las esferas de las letras y del entrenamiento físico.
La doctora en educación y profesora nacional de danzas se radicó hace unas cuatro décadas en Bella Vista, localidad que eligió para formar su propia familia. Desde allí, también, se consolidó como lo que había insinuado ser desde su adolescencia, cuando estudiaba en el colegio Nacional sanmiguelino y les daba clases de análisis sintáctico a sus propios compañeros de curso: una docente de pura cepa.
Se formó, en primera instancia, como profesora para escuelas secundarias y trabajó en diferentes instituciones de San Miguel y José C. Paz. Durante esa etapa recibió un primer mazazo: su padre comenzó a transitar un tratamiento oncológico. En ese contexto, el respaldo de las comunidades educativas a las que pertenecía fue vital para afrontar la circunstancia.
"Me acompañó mucha gente, como los estudiantes y mis compañeras de trabajo. Todos los entornos escolares me ayudaron un montón, porque por momentos estaba sola ya que mi hermana trabajaba en Estados Unidos y mi madre viajaba con ella", recuerda.
La vecina de Bella Vista realizó el instructorado de barre en el país, pero se especializó en España.
Con el paso del tiempo, multiplicó y expandió su formación académica hacia la docencia terciaria y universitaria. En esa esfera continúa desempeñándose. Incluso, recibió una mención de honor en la octava edición del 'Premio Clarín - Zurich a la educación' por su proyecto 'Voces desoídas: interculturalidad y modos de decir en la escuela secundaria'.
Sin embargo, un nuevo revés afloró en su cotidianeidad cuando le detectaron una estenosis del canal medular, una patología que -en su caso- es congénita y degenerativa. "Empecé con molestias y sensaciones raras en los brazos. Después, las piernas entumecidas. Sentía dolores muy fuertes en la cervical, también. Primero me descubrieron una hernia de disco, pero los médicos dijeron que eso no cuadraba del todo con lo de las piernas, que me empezaron a doler mucho", rememora.
Y detalla: "De repente, no pude caminar y me dolía mucho la columna. Estuve más de un mes sin caminar y como cuatro meses sin poder trabajar. Empecé con la medicación neurológica".
Además de dictar materias en las universidades de San Andrés y de General Sarmiento, es jefa del área Lengua y Literatura en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N° 42 'Leopoldo Marechal', en Bella Vista.
A esa altura, Andrea (quien ya había superado una enfermedad en el colon) dejó de practicar sóftbol y hockey, de andar a caballo, y de ensayar danzas clásicas y folclóricas. La postura corporal por la continua permanencia ante las computadoras durante el período de la pandemia había dificultado la condición. Pese a ello, el cuerpo médico resolvió no avanzar con una intervención quirúrgica. "Era muy complejo. Me recomendaron reeducación postural y la ingesta de pregabalina. En paralelo, empecé a hacer yoga", revela.
Allí se materializó un quiebre en la circunstancia, porque durante una visita a su hermana se topó con un grupo de personas practicando lo que parecía ser una mezcla de actividad física junto a una barra de ballet. Se trataba del 'barre', la disciplina creada a fines de la década del 50 por la bailarina alemana Lotte Berk, quien tras padecer una compleja lesión de espalda le dio vida a esa modalidad de entrenamiento; que estaba principalmente enfocada en fortalecer la zona afectada combinando movimientos físicos y de ballet.
"Era lo que necesitaba. Empecé a ensayar sola, con una silla como forma adaptada, porque no tenía barra y no me gustan para nada los gimnasios. De a poco me empecé a sentir mejor, fui dejando kinesiología y la medicación. Y cuando empecé a practicarlo intensamente y de manera sistemática, no volví a tener dolores", señala la docente en relación a la disciplina que ofició como una terapia alternativa y complementaria.
Al formato de barre tradicional, le implementó música para suavizar las performances.
El flechazo fue inevitable y con la mejora en su salud, fue por más: encontró en la Ciudad de Buenos Aires un estudio que introdujo la disciplina en el país (Fit Barre) y que ofrecía el instructorado. Y lo realizó, siendo parte de una de las primeras. Pero la devoción y vocación por aprender y enseñar pudieron más, porque la disciplina aún no se consolidaba en la región: "Solo había un estudio en zona Norte, en La Lucila. Era lejos, pero asistí a los eventos que se hacían ahí", cuenta. Redobló la apuesta y salió al mundo a especializarse con cursos en Barcelona, Valencia y Madrid, en España. También pasó por Nueva York, Lugano (Suiza) y Viena (Austria).
Así, empezó a perfilarse como una pionera del barre en el distrito. Y claro: le puso su sello a la disciplina con la propuesta 'Swan Barre Experience', modalidad con la que brinda clases desde hace un tiempo junto a su amiga Camila Blanco. "Es la forma en la que yo lo leo y concibo, más musical y muy suave. Con la fortaleza desde la suavidad y fundamentalmente con música, trabajamos el equilibrio, la postura y tonicidad", explica.
Recientemente, Andrea se incorporó al estudio Croma, en donde también instruye a las estudiantes que asisten a las clases de yoga dictadas por Ana Fassi y Vicky Poj, profesoras destacadas de su ciudad. "Es un lugar de primerísima calidad", afirma, mientras ultima los detalles para las clases de barre y de las materias que debe impartir en el nivel superior.
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