Durante un par de años, a instancias de dos editoriales, una mexicana y otra española, me dediqué a recopilar y seleccionar muchos cuentos de la tradición oral mexicana que se encontraban dispersos en cientos de publicaciones de todo tipo, desde libros y artículos en revistas académicas hasta folletos y cuadernillos de trabajo de campo. Calculo que no habré leído menos de 1.500 cuentos orales.
Fue una lectura a menudo ardua, porque la mayoría de esos textos eran transcripciones de las grabaciones con las cuales numerosos antropólogos y estudiosos del folclore habían recogido esas historias de boca de narradores orales de diferentes regiones de México. Esas transcripciones estaban apegadas palabra por palabra a lo que había contado el narrador de turno, con las repeticiones y redundancias que son propias del estilo oral, y eso hacía que resultaran difíciles de comprender y muy poco atractivas.
Precisamente mi encomienda era no sólo seleccionarlas, sino reescribirlas para devolverlas a una hechura disfrutable, es decir literaria, pues para eso, para ser disfrutables, habían sido contadas en su momento. El fruto de mi trabajo fue un libro de unas 600 páginas que lleva el título de Cuentos populares mexicanos y fue editado simultáneamente por el Fondo de Cultura Económica en México y por la editorial Siruela en España.
Lo que descubrí fue que la mayoría de esas historias pertenecen a lo que podemos llamar folclore internacional. Una misma historia emigra de un lugar a otro, aclimatándose en cada país y en cada lengua, pero permaneciendo sustancialmente la misma. Una de las más famosas es la historia que conocemos como la historia de Hansel y Gretel, el niño y la niña que son abandonados en el bosque por su padre y que lleva ese título porque fueron los hermanos Grimm, nativos de Hanau, Alemania, los primeros en plasmarla por escrito y publicarla.
La historia, en sus grandes líneas, es conocida por todos. La primera vez que son dejados en el bosque, los hermanos consiguen volver a su casa gracias a la astucia de Gretel, que ha intuido que su padre los va a abandonar y, mientras lo siguen, va tirando unas migajas de pan que les permitirán encontrar el camino de regreso. Al otro día su padre los vuelve a dejar en el bosque y Gretel recurre al mismo truco, pero esta vez, ¡ay!, los pájaros se comen las migajas y los dos niños se pierden para siempre.
Desde la primera vez que oí esa historia, la bajada de los pájaros para comerse las migajas me pareció una de las mejores escenas de terror de toda la literatura. Vemos a los dos niños avanzar confiados detrás del padre, sin saber que a sus espaldas los pájaros están sellando su destino. Ya sabemos lo que sigue. Hansel y Gretel llegan a la casa de una pareja de brujos que los reciben con mimos y caricias, porque piensan engordarlos para comérselos.
El día que deciden devorarlos aparece un quinto personaje que los advierte sobre el peligro que corren, personaje que en algunas versiones es la madre de los niños que les habla en sueños, en otras es un santo, en otras un pájaro parlante. Gracias a esa advertencia, los dos niños logran vencer a los brujos y se quedan a vivir en su casa, felices y contentos. La historia parece haber concluido felizmente. De hecho, en muchas versiones concluye así. Pero el amplio corpus de tradición oral al que tuve acceso me deparó una sorpresa: otras muchas versiones de la historia acaban de otra manera, harto extraña por cierto.
Hansel y Gretel viven en la casa de los brujos, apartados en lo profundo del bosque y sin tener contacto con nadie, y cuando ya son unos muchachos aparece un personaje siniestro, un ser salvaje que ronda la casa de los hermanos y termina por enamorarse de Gretel, que a estas alturas ha dejado de ser una niña para volverse una joven y bella mujer. Un día que Hansel se ausenta para ir cazar, el salvaje se presenta ante Gretel y le declara su amor.
Uno esperaría que ella empiece a gritar de miedo ante ese ser repulsivo, y tal vez en alguna versiones de la historia lo haga; pero el salvaje es insistente y Gretel acaba por ceder. Y aquí ocurre algo perturbador: Gretel le dice al salvaje que le entregará su amor a condición de que mate a Hansel. El lector no cree en lo que está leyendo. ¡Gretel, la amable y dulce Gretel, se nos revela como una perversa asesina!
El ser salvaje acepta el trato y busca a Hansel para matarlo, pero en ninguna de las versiones que tuve a la mano logra su propósito; es Hansel quien lo mata a él, y cuando se da cuenta de la traición de su hermana, la abandona para siempre. En algunas versiones Gretel se suicida, suponemos por la culpa que la agobia; en otras versiones la historia se olvida de ella y sigue los pasos de Hansel, tomando un rumbo que aquí no nos interesa.
¿Por qué Gretel actúa como actúa? Esa es la pregunta que me hacía y creí encontrar la respuesta en el incesto o, mejor dicho, en la necesidad de evitar el incesto de los dos hermanos. Mientras Hansel y Gretel son un par de niños viviendo en lo profundo del bosque, no hay problema; pero los niños crecen, su sistema hormonal cambia, el sexo asoma en los cuerpos adolescentes y el apartamiento absoluto los va a conducir tarde o temprano a buscarse carnalmente. El ser salvaje viene a neutralizar ese peligro; es el encargado de separar a los dos hermanos antes de que ocurra la catástrofe.
En ninguna de las múltiples versiones que leí de esa historia se menciona la palabra incesto, ni se alude vagamente a esa posibilidad. Es lógico. Los contadores orales cuyos cuentos formaban el corpus de mi trabajo eran personas del campo, la mayoría de ellos analfabetas, poseedores de un fuerte instinto narrativo que les hacía sortear cualquier atisbo de introspección para resolver mediante las puras peripecias las inquietudes generadas por aquello que contaban. Pero no deja de llamar la atención el hecho de que los narradores de esa segunda versión hayan sentido la necesidad de extender una historia que parecía terminada, como si hubieran presentido que latía en ella una amenaza que exigía una resolución.
Sin embargo, no fue descubrir el trasfondo incestuoso de la historia de Hansel y Gretel lo que me llevó a reescribirla a mi manera, sino algo más sencillo, tan sencillo y evidente que tengo la sensación de que todos los narradores de ese cuento célebre se lo han callado adrede y que es el hecho de que el padre, la segunda vez que lleva a sus hijos para que se pierdan en el bosque, los lleva tan lejos que él mismo, después de abandonarlos, se pierde.
¿Lo hizo a propósito, para encontrarlos? No lo sabemos. Lo único que sabemos es que no se pierde en un bosque cualquiera, sino en un bosque rodeado de árboles; por lo tanto, un bosque que también, como los niños y su padre, está perdido.
Fabio Morábito es poeta, ensayista y narrador.
Un bosque rodeado de árboles, Fabio Morábito. Edhasa, 112 págs.
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