La tumba de Miguel de Cervantes Saavedra está en el convento de San Ildefonso, en la calle Lope de Vega 20, en el barrio de las letras de Madrid. El convento pertenece a las monjas trinitarias. Desde la vereda de enfrente, vemos que una chica se acerca al convento empujando un carrito con un arreglo floral. Las flores forman una cruz trinitaria, roja y azul, rodeada de flores blancas. Se anuncia por un portero eléctrico:

–Hermana, traje las flores.

Una monja abre la puerta y la hace pasar. Una mujer baldea la vereda. Preguntamos si se puede visitar la iglesia.

–¡Closed! ¡Closed!- grita de mal modo, y señala un cartel donde está el horario de las misas.

Para ver la iglesia de San Ildefonso hay que esperar hasta la misa de las siete. A las 18.30 las puertas de la iglesia están abiertas y el arreglo floral ya decora el altar. El cura reza un padrenuestro y luego unas monjas comienzan a cantar. Las monjas ocupan el coro, un espacio invisible desde los bancos que ocupamos los visitantes. Después del canto, el rosario. En la iglesia solo hay siete feligreses, fuera del cura y las monjas. La cruz trinitaria se repite en las paredes de la iglesia.

Cerca de la entrada, una gran placa recuerda que el convento fue el lugar de sepultura de Cervantes. Además de su nombre y de sus fechas, hay una cita: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Estas palabras forman parte de la dedicatoria de Los trabajos de Pérsiles y Sigismunda a Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos y mecenas del autor. Fueron las últimas que escribió Cervantes, un día después de recibir la extremaunción. La placa fue colocada en 2016 y soporta una errata muy comentada en su momento: dice “Segismunda” en vez de “Sigismunda”.

El descubrimiento de los restos de Cervantes se anunció en marzo de 2015, aunque se venía trabajando desde hacía tiempo en los subsuelos del convento. La investigación estuvo a cargo de un equipo dirigido por el antropólogo forense Francisco Exteberria.

La evidencia no resultó concluyente: se encontraron mezclados huesos de adultos y de niños. Esos restos habían sido trasladados cuando se construyó la nueva iglesia. Sin embargo, la datación de los huesos, la información de las actas de defunción, vestigios de tela y el hallazgo de una moneda de dieciséis maravedís de tiempos de Cervantes permitieron afirmar que sus restos estaban allí.

Mucho antes de esta investigación hubo otra pesquisa, casi detectivesca, que llevó a cabo en 1870 el marqués de Molins. Mariano Roca de Togores (1812-1889), el marqués en cuestión, fue ministro de Marina en siete ocasiones y embajador ante la Santa Sede. Su vida fue tan abundante en cargos y honores como su obra en páginas: escribió dramas, comedias y poemas y formó parte de un romanticismo tardío.

El 5 de enero de 1870 la Real Academia Española le encargó al marqués de Molins la tarea de averiguar dónde estaba realmente la tumba de Cervantes. En ese momento el marqués era el director de la Academia, es decir que se encomendó a sí mismo la misión.

Antes del fin de ese año el marqués ya había resuelto el misterio y publicado un libro con los resultados de su investigación. Ese libro llegó a mis manos hace unos cuantos años. Lo compré en alguna librería de la calle Corrientes. Me había intrigado su título: La sepultura de Miguel de Cervantes, y me había preguntado cómo se pueden escribir 228 páginas sobre una tumba. Está fechado en 1870 e incluye al final un plano desplegable del convento de San Ildefonso.

Al momento de iniciar su investigación Molins sabía que Cervantes estaba enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, al que pertenecía su hija Isabel de Saavedra. Pero la duda era dónde estaba el convento en el momento de la muerte de Cervantes, ocurrida el 22 de abril de 1616. La misma Academia española había publicado en 1819 Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, escrita e ilustrada por Martín Fernández Navarrete, donde se leía: “Mandose enterrar en las monjas Trinitarias, que se habían fundado cuatro años antes (es decir, 1612) en la calle del Humilladero”. Sin embargo, en el convento de la calle Cantarranas (hoy Lope de Vega) había dos placas que recordaban que allí yacía el escritor. Molins estaba obligado a anular esta ubicuidad.

El marqués comienza su investigación por la lectura. Busca en la Biblioteca Nacional, que Molins considera un “mezquino edificio” para tantos libros (faltaban años para que ocupara su actual emplazamiento). Busca en escribanías, para estudiar las actas de compra y venta; en los códices de Lope de Vega, que poseía el joven Marqués de Pidal; en los manuscritos que le dan las monjas y donde abundan las biografías de las hermanas de la orden.

No contento con la palabra escrita, realiza entrevistas, sobre todo a las monjas. Las religiosas lo recibieron con amabilidad: “Adeshora de la noche (por no distraerse de sus deberes) contestaron a mis largos y minuciosos interrogatorios”. Esta mezcla entre investigación libresca y entrevista da al libro un aire de aventura intelectual y de obra periodística moderna.

Mientras busca su tumba, Molins encuentra curiosos cruces entre la vida religiosa y la literatura. La hija de Cervantes y la de Lope fueron monjas en el mismo convento, pero Molins se ocupa de señalar los desvíos de estas vidas paralelas. “La huérfana de Cervantes dejaba un mundo en que vivía miserable, para que en el claustro se oscureciese aún más su ignorado nombre, el cual todavía hoy no se ha descubierto. La hija de Lope de Vega trocaba, por el contrario, su apellido, respetado y glorioso, de doña Marcela del Carpio, por otro no menos ilustre, Sor Marcela de San Félix, de grande autoridad y de venerable fama”.

Isabel era hija natural, y por eso Cervantes solo le había dado su segundo apellido. Cuando dice “su ignorado nombre”, se refiere al nombre que eligió como religiosa. Marcela, en cambio, era hija legítima, y Lope de Vega festejó su ingreso al convento con un largo poema que se leyó ese día, con acompañamiento de música. En 1870 las monjas conservaban los poemas de Sor Marcela y, según nos cuenta el marqués, los leían todos los días.

El marqués descubre en el archivo de las trinitarias otro nombre del Siglo de Oro: el de Pedro Calderón de la Barca. Pero no es la religión lo que liga al autor de La vida es sueño con San Ildefonso, sino el escándalo. Diego, el hermano mayor de Calderón, fue apuñalado en una reyerta callejera, y su agresor se refugió en el convento. Para vengar a su hermano, Calderón irrumpió en el hogar de clausura de las monjas, con un gran alboroto que terminó en juicio. Pero esto ocurrió en 1629, años después de la muerte de Cervantes.

Los vínculos del autor del Quijote con el convento trinitario eran muchos: su hija era monja; tres de las otras monjas provenían, como él, de Alcalá de Henares, y su última casa, en la calle del León, estaba a doscientos pasos de San Ildefonso. Además, Cervantes había sido rescatado de su cautiverio en Argel gracias a la negociación de dos frailes trinitarios. (La orden había sido fundada en 1198 con el propósito de rescatar cautivos).

Molins conjetura que Cervantes tuvo un papel importante en la fundación misma del convento donde fue enterrado. Como prueba, señala que el pedido de Cervantes para imprimir sus Novelas ejemplares, y el del convento para autorizar su fundación son muy próximos en el tiempo y “son idénticas las oficinas en que se despachan”. Según Molins, el mismo Cervantes se ocupó de los dos trámites a la vez: la fundación del convento y la publicación de su obra.

Luego de un trabajo minucioso en el archivo de las monjas y en los archivos oficiales que encierran las cédulas reales el marqués descubre la fecha en que el convento se despidió de su lugar original para llegar al actual. El desplazamiento ocurrió a raíz de una rencilla entre las monjas y su principal benefactora, lo que obligó a las religiosas a dejar la propiedad de la Calle del Humilladero.

El 23 de abril de 1616, cuando Cervantes fue sepultado, el convento ya ocupaba el predio de la calle Cantarranas (Lope de Vega). La iglesia de ese entonces no era la que vemos hoy. Era precaria y humilde, según se desprende del testimonio de las monjas. La iglesia actual se comenzó a construir en 1673 y se terminó en 1694, con algunas interrupciones por falta de dinero.

En sus últimos días Cervantes sufrió hinchazón, fatiga y sed interminable; probablemente estaba aquejado de diabetes. Le tocó estrenar sepultura: fue el primer huésped de las catacumbas que se encuentran debajo de lo que hoy es el coro de la iglesia. Llevaron su ataúd cuatro hermanos de la Orden tercera (laicos vinculados a la orden trinitaria) y así describe el investigador al muerto: “Estaba amortajado con el mismo sayal, llevaba descubierto el rostro y no tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como era uso; solo con la diestra empuñaba una cruz a guisa de espada”. El brazo izquierdo le había quedado impedido a causa de la herida de arcabuz que recibió en la batalla de Lepanto.

Después de sus conversaciones con las monjas, su análisis de manuscritos y poemas, su exploración de los archivos y su fascinación por la hija de Lope, Sor Marcela de San Félix, cuyos poemas cierran el libro, el Marqués de Molins concluye: “En cuanto a los restos de Cervantes, una cosa hay demostrada: que no han salido del convento que él vio fundar, y en donde mandó que se enterrasen. Por mi parte, lo confieso, me basta saber que están allí; no me importa descubrir en qué rincón”. Ciento cuarenta y cinco años después de que su libro La sepultura de Miguel de Cervantes viera la luz, los investigadores forenses descubrieron aquel rincón y le dieron la razón al tesonero marqués.

Pablo de Santis es autor, entre otros, de La cabalgata de las valquirias.