El teléfono suena y en la pantalla aparece un número desconocido. Para muchas personas que crecieron en los años 60, 70 y 80, atender y averiguar quién llama continua siendo una acción cotidiana. Entre los más jóvenes, en cambio, una comunicación inesperada puede generar cierta incomodidad.
No es la única diferencia. Quedar varias horas sin estar disponible, tener una tarde sin actividades programadas o esperar sin recurrir al teléfono móvil son experiencias que formaron parte de la rutina durante décadas, pero que fueron modificadas por la tecnología.
Esto no supone que una generación tenga necesariamente mayor tolerancia al estrés. Quienes atravesaron su infancia y juventud antes de Internet y los teléfonos inteligentes simplemente estuvieron más expuestos a períodos de espera, silencio, aburrimiento e incertidumbre.
Lo que estresa a los más jóvenes, afecta menos a las generaciones mayores. Foto: IA
Una de las diferencias más evidentes aparece con las llamadas telefónicas. Una encuesta de YouGov citada por Bolde indicó que el 67% de los Baby Boomers se sentía cómodo haciendo llamadas, frente al 49% de los Millennials y el 33% de la Generación Z.
Algo similar ocurre con pasar varias horas sin estar localizable. Antes de los celulares, salir de casa implicaba muchas veces no poder ser contactado hasta el regreso. En la actualidad, mensajes, correos electrónicos y notificaciones mantienen abierta prácticamente de manera permanente la posibilidad de recibir una comunicación.
Del tiempo libre al silencio: hábitos que cambiaron con la tecnología
La tercera situación es tener un sábado sin planes. Para quienes crecieron antes de la conectividad permanente, disponer de varias horas sin compromisos podía representar simplemente tiempo libre. Las generaciones actuales cuentan, en cambio, con una oferta prácticamente ilimitada de contenidos y actividades digitales.
La cuarta es permanecer en una habitación en silencio. Una investigación realizada en Italia encontró que, durante pausas de dos minutos entre diferentes piezas musicales, disminuían la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la respiración de los participantes.
Los hábitos cambiaron con la tecnología y eso modificó estructuras diarias. Foto: IA
También cambió la manera de conducir hacia un lugar desconocido. Durante décadas, los automovilistas dependieron de mapas de papel, indicaciones y memoria. Investigadores de la Universidad McGill encontraron una asociación entre un mayor uso del GPS y un peor desempeño de la memoria espacial al navegar sin asistencia.
La sexta situación es recibir una visita sin previo aviso. Llegar a la casa de un familiar o amigo sin mandar antes un mensaje era mucho más habitual. Según YouGov, el 54% de la Generación Z consideró inaceptable aparecer en la casa de un amigo sin avisar, mientras que los Baby Boomers mostraron una aceptación considerablemente mayor de esa costumbre.
Esperar, observar y vivir un momento sin necesidad de registrarlo
La séptima diferencia aparece al esperar sin tener nada para mirar. Una fila, una demora en el aeropuerto o una sala de espera podían significar permanecer varios minutos sin ninguna actividad específica. El smartphone convirtió esos espacios en oportunidades para consultar mensajes, noticias o redes sociales.
La octava consiste en presenciar un acontecimiento sin grabarlo. Antes de las cámaras digitales y los celulares, las fotografías eran considerablemente menos frecuentes. La psicóloga Linda Henkel comprobó en un experimento que los participantes recordaban con menor precisión algunos objetos de un museo cuando los habían fotografiado que cuando se habían limitado a observarlos.
Las personas criadas en 60, 70 y 80 encuentran relajantes cosas que las generaciones de hoy, no. Foto: IA
Por último aparece una experiencia que atraviesa buena parte de las anteriores: convivir con cierto grado de incertidumbre. No conocer inmediatamente una respuesta, perderse durante unos minutos o tener que esperar para obtener información eran circunstancias mucho más habituales antes de la conexión permanente.
La tecnología permitió resolver buena parte de esas situaciones y aportó comodidades que hoy forman parte de la vida cotidiana. Sin embargo, quienes crecieron durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 tuvieron años de práctica en algo que actualmente resulta menos frecuente: atravesar períodos de espera, silencio o incertidumbre sin sentir la necesidad inmediata de interrumpirlos.
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