Narrar el terror político en tiempo real es un acto heroico, y la supervivencia de la potencia de esa escritura, un logro artístico. Cincuenta años después de su escritura original, las narraciones reunidas en Cambio de armas y otros cuentos políticos, de la escritora Luisa Valenzuela, mantienen una vigencia inusitada: hablan de uno de los periodos más terroríficos del país y, al mismo tiempo, expanden sus sentidos a lo largo de un presente asediado por los totalitarismos.

La escritora Luisa Valenzuela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

“Mis raíces son aéreas”, escribe Valenzuela en el epílogo, “y son tan argentinas como las del clavel del aire”. Esa libertad para nombrarse y ubicarse en el mundo y en la realidad nacional se respira a lo largo de los cuentos.

Ya desde la nouvelle que abre la antología se siente el poder de la imaginación de la escritora, que fue capaz de intuir lo que sucedía en un momento en que aún no se sabía. La historia sigue el desconcierto de una mujer, llamada Laura. Sabe que le dicen así, pero no se llama así, y no sabe mucho más que eso. Permanece prisionera en un cuarto; un coronel la visita y tiene sexo con ella mientras otros dos hacen guardia en la puerta. ¿Quién es ese hombre? Es una de las preguntas que recorren la historia, pero hay otra aún más visceral: ¿quién es ella?

Un poco como en el poema de Susana Thénon, lo ominoso recorre las escenas con un velo que no deja verlo del todo. “Cuando terminé el largo cuento que titulé "Cambio de armas", una nouvelle, en realidad, solo atiné a ocultarlo en un cajón, bien mezclado con otros papeles inocuos, no vaya a ser que pusiera en peligro a quien lo leyera”, escribe la autora.

Testimonios de las víctimas

Recién años más tarde de que ella lo imaginara, los testimonios de las víctimas dieron cuenta de la cercanía con el horror real que padecieron algunas mujeres secuestradas. Y tuvieron que pasar veinte años para que el relato fuera publicado en el país.

La escritora Luisa Valenzuela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Quizás esa intuición precisa para imaginar lo que en verdad sucede, pero es imposible ver, le viene de la infancia. En su casa natal se respiraba literatura, ya que su mamá era la escritora Luisa Mercedes Levinson, amiga de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Solo que todo lo que para ellos enturbiaba la idea de literatura, como la realidad o la política, a Valenzuela la eleva.

Ella empezó pronto: tenía 15 años cuando dio sus primeros pasos en el periodismo para medios como El Hogar, La Nación o la célebre Crisis. En medio de la dictadura, se dio cuenta de que no iba a poder escribir más en esas condiciones y por eso aceptó, en 1979, la invitación de la Universidad de Columbia para pasar un semestre como escritora residente. Se quedó diez años en ese país y siguió escribiendo ficción.

El cuerpo, en los relatos de Valenzuela, es el territorio propicio para las tramas oscuras que se tejen entre el lenguaje y el poder. Se ve con un erotismo precioso y perturbador en cuentos como “De noche soy tu caballo”. Suena el timbre y una mujer recibe al hombre que ama: ¿o sueña que recibe al hombre que ama? “Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima. De noche soy tu caballo”. Despierta, la llama la policía y todo se vuelve una sucesión de redadas, interrogatorios, búsquedas y violencia.

La literatura de Valenzuela es poderosa, une las profundidades del instinto; la sensualidad de los cuerpos de sus personajes vibra, lame, se enreda en una memoria que vacila entre lo que es real y lo que añora. A lo largo de más de cincuenta años ininterrumpidos, ese rasgo se expande y diversifica en una poética propia.

Escribir con el cuerpo

Ella escribe de manera incansable y parece hacerlo con todo el cuerpo, como se nota en sus diez antologías de cuentos y más de once novelas; entre ellas, las célebres Hay que sonreír (1966), que sigue la historia de Clara, una chica del interior que al llegar a la capital se ve atrapada por la prostitución, o Cola de lagartija (1983), que tiene como protagonista al Brujo, un personaje megalómano que ejerce el poder a través del esoterismo y la tiranía, inspirado, por supuesto, en José López Rega.

La escritora Luisa Valenzuela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Tan extraordinario es su trabajo con las letras que en 2025 recibió el Premio Gran Trayectoria en Letras del Fondo Nacional de las Artes, un reconocimiento más que merecido. Claro que no es el primero: la autora recibió múltiples distinciones, entre las más recientes, el Premio Carlos Fuentes (2019) y el Premio Nuevo León Alfonso Reyes (2023).

De alguna manera, los distintos rasgos de su estilo audaz confluyen en esta antología de cuentos políticos, y resultan una puerta abierta de par en par a su obra para aquellos que aún no la hayan leído. Lo es porque contiene cuentos emblemáticos de su proyecto literario, como “Aquí pasan cosas raras” y “Los censores”, que fueron antologados innumerables veces por su claridad para exponer lo que ocurría ante los ojos de una sociedad demasiado asustada para mirar.

Además, muchos relatos exploran los vínculos entre política y cuerpo con una irreverencia y un humor inusitados. Resulta central en el conjunto, por supuesto, “Simetrías”, la historia que narra las relaciones entre víctima y victimario alrededor de los secuestros de la dictadura militar. “Cuando te desvisten la cabeza, te visten el cuerpo, perdés toda conciencia de vos misma y eso es lo más peligroso”.

En el relato se ve el modo en que Valenzuela hace malabares con el lenguaje: los hechos atroces aparecen en un tono irónico capaz de abordar la tortura con una distancia suficiente para entender algo más que el horror.

La escritora Luisa Valenzuela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Como solo lo hacen los verdaderos maestros, las narraciones de Valenzuela trazan una marca indeleble en la literatura latinoamericana. En especial, Cambio de armas y otros cuentos políticos capta lo insustituible que se vuelve el lenguaje cuando todo lo humano parece haber cedido ante lo abominable. Dicho de otro modo: todas las máscaras del poder caen y lo que se ve duele. No hay docilidad en el lenguaje de Valenzuela, y se agradece.


Cambio de armas y otros cuentos políticos, de Luisa Valenzuela (Marea).