Los Países Bajos habían logrado mantenerse neutrales durante La Primera Guerra Mundial y buena parte de la población esperaba que la situación continúe igual durante el nuevo conflicto europeo. No ocurrió.

La ocupación alemana avanzó rápidamente y con ella comenzaron las restricciones contra los judíos, la confiscación de sus negocios, los allanamientos, las detenciones y las deportaciones.

Según la Enciclopedia del Holocausto, más de 100.000 judíos neerlandeses fueron enviados a campos de concentración y exterminio.

En Haarlem, una familia de relojeros comenzó a ver ese proceso de cerca. Los Ten Boom eran protestantes, mantenían vínculos con la comunidad judía y acostumbraban a abrirle las puertas de su casa, ubicada sobre el negocio familiar, a todo el mundo.

Cuando amigos y vecinos comenzaron a ser perseguidos, esa predisposición dejó de ser ocasional. Casper ten Boom y sus hijas Cornelia (Corrie) y Betsie comenzaron a esconder personas y terminaron integrados a una red clandestina de la resistencia neerlandesa.

Corrie tenía experiencia organizando grupos juveniles y trabajaba como relojera junto a su padre, habilidades bastante más útiles para la clandestinidad de lo que probablemente había previsto.

Empezó a coordinar contactos, conseguir cupones de alimento y encontrar nuevos escondites para quienes llegaban hasta su hogar. Su hermano, Willem, y su sobrino, Kik, también estaban involucrados en redes de asistencia a judíos perseguidos.

Lo que había comenzado con recibir a un vecino terminó convirtiendo la relojería de Harleem en un punto de paso para personas que necesitaban desaparecer. Pero no se limitaba a ser solo eso.

Casper ten Boom junto a su esposa Cornelia Luitingh, madre de sus hijas. Foto: Corrie Ten Boom house

Había que alimentarlas sin tener cupones suficientes, moverlas sin llamar la atención y comunicarse de manera codificada. Cuando alguien los llamaba diciendo "tengo un reloj descompuesto", significaba que había una persona buscando refugio.

Con cada nuevo refugiado, aumentaba la posibilidad de que se descubriera la actividad que transcurría en la casa. Fue entonces, cuando se construyó una pared hueca para esconder personas de los nazis.

Una casa preparada para el allanamiento

El escondite fue construido en la habitación más alejada de la entrada. Detrás de una pared falsa quedó un espacio estrecho al que se accedía por una abertura disimulada cerca de un placard.

Podían entrar hasta seis personas y contaban únicamente con un pequeño conducto de ventilación. Los nazis acostumbraban golpear las paredes durante los registros para detectar huecos, por lo que aquella fue construida para que sonara sólida.

Eran detalladamente precavidos. Instalaron timbres de alarma en distintos puntos de la vivienda y comenzaron a hacer simulacros con quienes estaban escondidos. Cuando sonaba la señal, tenían casi un minuto para entrar al refugio con todas sus pertenencias.

Mientras tanto, los demás retiraban los platos y cubiertos para que la mesa pareciera preparada únicamente para la familia.

La comida era otro tema. Las autoridades entregaban raciones para tres personas y en la casa vivían unas cuantas más. Corrie recurrió entonces a Fred Koornstr, un conocido que trabajaba en la oficina de distribución de alimento, y le pidió cien cupones.

Para justificar su desaparición ante sus superiores, el hombre simuló un robo y hasta le pidió a un amigo que lo golpeara para volver la coartada más creíble.

Los Ten Boom vivían en Amsterdam, luego se mudaron a Haarlem. Foto: Corrie Ten Boom House

Durante meses, llegaban nuevos refugiados, que se quedaban un tiempo en la casa y después eran derivados a otro lugar. La actividad se mantuvo hasta que un hombre se presentó ante Corrie diciendo que necesitaba dinero para liberar a su esposa, supuestamente detenida por haber ayudado judíos.

Ella accedió, pero resultó ser una trampa. El hombre terminó denunciando a la familia.

Cuando los agentes irrumpieron en la casa, Corrie estaba enferma en su habitación. El timbre de alarma dio tiempo a los refugiados a meterse detrás de la pared. Cuando los agentes encontraron a Corrie, la golpearon para que confesara donde estaban los judíos, pero no lo hizo.

El escondite no fue descubierto

Los refugiados permanecieron detrás de la pared mientras Corrie, Betsie, Casper y otros integrantes de la familia eran detenidos. Días después, pudieron salir con la ayuda de la resistencia.

La estructura clandestina había quedado expuesta, pero las personas que estaban dentro de la casa y eran la principal prueba en contra de los Ten Boom, no fueron encontrados.

Casper tenía 84 años. Durante la detención le ofrecieron la posibilidad de regresar a su casa si prometía no volver a involucrarse en actividades contra las autoridades alemanas. Se negó. Murió días después de ser encarcelado.

Corrie se enteró mediante una carta de su hermana Nollie, semanas después. En el mismo sobre encontró un segundo mensaje: "todos los relojes están a salvo", los judíos escondidos habían conseguido salir.

Corrie y Betsie Boom se sumaron a la resitencia clandestina. Foto: Corrie Ten Boom house

De la resistencia a Ravensbrück

Corrie y Betsie fueron separadas inicialmente. A Corrie le diagnosticaron pleuritis - inflamación de las dos capas de tejido que recubren los pulmones- y pasó alrededor de tres meses en aislamiento, sin tener novedades de su familia.

Durante uno de los interrogatorios, un funcionario encontró documentos con nombres y direcciones vinculados a la red. Según el testimonio posterior de Corrie, el hombre entendió qué significaban y se deshizo de ellos delante de ella.

Después volvió a encontrarse con Betsie. Las hermanas fueron trasladadas junto con decenas de prisioneras en vagones de carga, con poca ventilación y agua limitada, y terminaron en Vught, un campo de concentración ubicado en Países Bajos.

Allí fueron destinadas a realizar trabajos vinculados a una fábrica de Philips.

El siguiente traslado fue a Ravensbrück, el principal campo de concentración nazi para mujeres, ubicado en el norte de Alemania. El ingreso implicó desnudarse frente a los guardias, ser inspeccionadas. Limitarse a ser un número.

Corrie había conseguido conservar una pequeña Biblia que una enfermera le había entregado en su encarcelamiento. La escondió entre su ropa durante la revisión y consiguió ingresarla al campo.

Ella y Betsie terminaron en una barraca infestada de pulgas y piojos, donde, según el testimonio recogido del documental Carrie ten Boom: una fé invicta (2013), unas 700 mujeres llegaron a compartir un espacio pensado para aproximadamente 200.

Elisabeth (Betsie) Boom, la hermana mayor de Corrie, de niña. Foto: Corrie Ten Boom house

Debido a la infestación, los guardias evitaban entrar por miedo a los parásitos, lo que permitió a las hermanas realizar reuniones religiosas y leer la Biblia con otras prisioneras sin vigilancia.

Fuera de la barraca, las condiciones eran menos ambiguas. Las prisioneras trabajaban, pasaban hambre y convivían entre la violencia, las enfermedades y la constante posibilidad de ser seleccionadas para morir.

Betsie comenzó a debilitarse y ya no podía seguir con el ritmo del trabajo. Cuando dejó de poder sostenerse durante los recuentos, otras mujeres la ayudaban a mantenerse de pie. Finalmente, fue llevada a la enfermería, donde murió.

Corrie permaneció en Ravensbrück hasta que escuchó su número durante uno de los llamados. Entregó su Biblia a otra de las prisioneras porque desconocía a qué destino la llevaban. En cambio, recibió ropa, documentación y la orden de abandonar el campo. Había sido liberada.

Años después sostuvo que su salida se había producido por un error administrativo y que las mujeres de su edad habían sido asesinadas poco tiempo después. Según dice en el documental, Corrie interpretó esa versión como una "intervención divina".

La liberación está documentada; la versión del supuesto error forma parte de su propio relato sobre lo ocurrido.

Sobrevivir implicó volver

Cuando regresó a Países Bajos, Corrie encontró una familia reducida por la guerra. Su padre había muerto después del arresto; Betsie, en Ravensbrück; y su hermano Willem falleció posteriormente tras enfermar durante su encarcelamiento. Kik, su sobrino y miembro de la resistencia, tampoco regresó.

The Hiding Place – Psalm 91:1 (English)

Ella volvió, entonces, a trabajar con personas afectadas por la guerra y abrió espacios de recuperación. También recibió neerlandeses que habían colaborado con los ocupantes alemanes y habían quedado marginados después de la liberación.

El perdón, que hasta entonces había sido una convicción religiosa, pasó a tener nombres propios. Uno de ellos era el hombre que había denunciado a su familia.

Cuando supo que había sido condenado a muerte por colaborar en la persecución de ciudadanos neerlandeses, Corrie le escribió. En la carta enumeró las consecuencias de aquella denuncia -la muerte de su padre, el encarcelamiento de su hermano y su paso por tres prisiones- y al finalizar, le comunicó que lo perdonaba.

Años más tarde, después de una conferencia en Alemania, se acercó a ella un antiguo guardia de Ravensbrück. El hombre le contó que se había convertido al cristianismo y le pidió perdón por lo que le había hecho.

Corrie reconoció que la primera sensación fue odio, al recordar a su hermana Betsie, debilitada y golpeada dentro del campo. Finalmente, le estrechó la mano y le dijo que lo perdonaba. Esa secuencia se convertiría en una de las historias que más repetiría como conferencista.

Su experiencia empezó a circular primero en las iglesias, después, fuera de ellas. Viajó, dio conferencias y convirtió su historia en un libro. The Hiding Place, publicado junto a John y Elizabeth Sherrill, reconstruyó la actividad clandestina de los Ten Boom, su arresto y el paso de las hermanas por Ravensbrück.

Más tarde fue adaptado al cine, ampliando todavía más el alcance de su testimonio. El documental muestra que Corrie continuó viajando hasta que su edad y su salud se lo impidieron.

Durante sus últimos años, sufrió una serie de accidentes cerebrovasculares. El primero le quitó buena parte del habla y de sus capacidades de lectura y escritura. Pasó cinco años prácticamente sin poder comunicarse. Murió en 1983, a los 91 años.

Corrie Ten Boom en sus últimos años de vida. Foto: Biografía

La casa de los Ten Boom sobrevivió a la guerra y actualmente conserva el espacio donde funcionó el escondite.