Antes de que empiece la entrevista, Marcelo Vaccaro prepara un café con leche y acerca un plato con alfajorcitos de chocolate blanco. Apenas alcanza para romper el hielo, cuando trae una pila de fotografías que, admite, había preparado antes de que Clarín llegara a su departamento de San Telmo. Allí vive desde que regresó a la ciudad hace apenas cuatro meses después de pasar nueve años en San Bernardo.
Mientras las imágenes empiezan a desfilar sobre la mesa, Georgina, su gata y compañera desde que regresó a la Ciudad de Buenos Aires, salta a sus piernas y se queda allí mientras él la acaricia y comienza a narrar cada fotografía.
"Es en el hotel Eurobuilding, en Caracas, Venezuela", dice mientras acerca una fotografía en la que aparece junto a Gustavo Cerati. Los dos rondan los veintipico, lucen largas cabelleras enruladas. Después, una con sus colegas María Gabriela Epumer y Ulises Butrón. "Grandes giras. Los amaba. En la casa de ellos era una fiesta cuando iba", recuerda. La siguiente la tomó él mismo desde el escenario: Fito Páez aparece iluminado por las luces del show. "Se la mandé porque me la pidió para el último libro que escribió", cuenta contento sobre su aporte El hombre del torso desnudo.
Durante cuatro décadas aportó con su bajo a que otros brillaran sobre el escenario. Su recorrido lo llevó desde La Guardia del Fuego (Ulises Butrón en la voz) hasta la banda de Alejandro Lerner, pasando por Fito Páez -en la etapa de Tercer Mundo-, Luis Alberto Spinetta, Andrés Calamaro, Fabiana Cantilo, Bandana, Axel, Carlos Baute y la dirección musical de Amaia Montero, la histórica voz de La Oreja de Van Gogh. Durante todo ese tiempo hizo sonar las canciones de otros. Hasta que sintió que había llegado el momento de contar las propias.
A los 58 años, Vaccaro acaba de publicar La era de mar, su primer álbum como solista, de cuatro canciones, que nació durante la casi década que vivió en el partido de La Costa. Allí encontró inspiración en el paisaje costero, pero también el tiempo para detenerse, mirarse hacia adentro, perdonarse, pasar tiempo solo después de vivir casi toda la vida en pareja y escribir sin pensar en plazos ni expectativas.
Marcelo Vaccaro junto al guitarrista Ulises Butrón, a quien admiró siempre y luego la música los volvió intimos amigos. Foto: Emmanuel Fernández/ Gza de Marcelo Vaccaro.
Hoy, mientras continúa integrando la banda de Alejandro Lerner, transita una etapa completamente distinta. "Soy bajista y siempre lo voy a ser. Pero también amo la música", dice sobre el rol que cumplió toda su vida.
“A veces pienso que el bajo me llevó de gira a mí y no que yo llevé el bajo. No sé qué hubiera sido de mi vida si no hubiera descubierto ese instrumento”.
Empezó con un bajo que no era un bajo
El bajista Marcelo Vaccaro estrena su primer álbum como solista: "La era de mar". Foto: Emmanuel Fernández
Nació y creció en La Paternal, a pocas cuadras de la cancha de Argentinos Juniors. Los domingos tenían una rutina sagrada: pastas al mediodía y fútbol con su papá. Desde los viejos tablones vio jugar a un adolescente llamado Diego Maradona mucho antes de que el mundo lo conozca como D10S.
"Me acuerdo de ver a mi viejo y a sus amigos abrazándose y llorando porque no podían creer lo que hacía ese pibe", recuerda.
La música, sin embargo, no venía de familia. Ni sus padres ni sus abuelos eran músicos. Todo empezó una tarde cualquiera frente al televisor cuando tenía 19 años. "Vi a Cachorro López (Los Abuelos de la Nada, Charly Garcia, entre otros) tocando el bajo haciendo slap (técnica que consiste en golpear y pellizcar la cuerda) y me cambió la vida. Me preguntaba por qué sonaba así, por qué era tan percusivo. Desde ese día empecé a investigar."
El bajista Marcelo Vaccaro en su mejor momento a los 23 años cuando vivía de su pasión y de gira con Fito Páez. Ahora se prueba como solista y peina canas. Foto: Emmanuel Fernández/ Gza de Marcelo Vaccaro
El entusiasmo chocó enseguida con la realidad. En su casa no alcanzaba el dinero para comprar un bajo, así que decidió construir uno con lo que tenía a mano. Agarró una guitarra criolla olvidada, le sacó dos cuerdas, le puso otras más gruesas y empezó a tocar.
"Mis amigos le decían 'el bajo criollo'. Después, cuando se rompió, pasó a ser 'el bajo criollo decapitado'", cuenta entre risas.
La anécdota puede sonar divertida, pero también explica buena parte de su personalidad. Nunca esperó las condiciones ideales para hacer lo que quería. Si no existía el instrumento, lo inventaba. Si no sabía tocar, practicaba hasta que las manos no daban más.
Marcelo Vaccaro en plena etapa de giras rockeras. Foto: Emmanuel Fernández/ Gza de Marcelo Vaccaro
“Yo no creo en el talento. Creo muchísimo en el trabajo. Tocaba tanto que me acostaba y me quemaban las muñecas. No paraba nunca”, cuenta mientras extiende sus manos y muestra sus dedos, con las yemas endurecidas, algo hinchadas y deformadas por la presión repetida de las cuerdas. Son las marcas físicas de una vida dedicada a tocar.
El primer gran impulso llegó cuando su padre, con mucho esfuerzo, le compró el primer bajo de verdad. Vaccaro todavía habla de ese gesto con una gratitud que parece intacta. El Día del padre publicó una foto de un papel en el que él mismo escribió "Gracias, papá, por comprarme un bajo".
“Siempre le voy a agradecer que confió en mí. Fue la primera persona que creyó en mí”, dice sobre su padre, a quien hoy se parece muchísimo fisicamente. Se da cuenta, al mirar las fotos de la mesa, que hasta lleva un reloj Casio del mismo estilo que usaba él.
Marcelo Vaccaro junto a sus padres cuando tenía 19 años, edad en la que descubrió que quería ser músico. Foto: Emmanuel Fernández/ Gza de Marcelo Vaccaro
La bienvenida de Fito Páez que le cambió la vida
A los 23 años llegó la oportunidad que cambió para siempre el rumbo de su carrera. Un amigo, tecladista de Fito Paéz de ese momento, lo llamó para avisarle que el cantante estaba buscando bajista. Lejos de entusiasmarse, la primera reacción fue decir que no. Sentía que todavía no estaba preparado.
Su amigo insistió hasta convencerlo. Esa noche ensayó sus canciones una y otra vez y al día siguiente fue a la prueba. “Estaban Fito y Daniel Colombres. Toqué una canción, después otra y otra más. En un momento Fito me miró y me dijo: ‘Bienvenido a bordo’, con una lista de canciones en la mano”.
El joven Marcelo Vaccaro junto al joven Fito Páez en el Teatro Pueyrredón en 1991. Foto: Marcelo Vaccaro
La anécdota lo obliga a levantar la cabeza y hacer una pausa larga. Respira hondo, se acomoda en la silla y trata de que la emoción no le gane. La cara se le enrojece mientras pelea por contener el llanto. La escena todavía lo sacude. ¿Y cómo no? apenas cinco años antes había decidido aprender a tocar ese instrumento y, de golpe, estaba a punto de subirse al escenario junto a uno de los grandes del rock del momento.
"No escuché nada más de lo que dijo después. Lo único que quería era salir a la calle para llorar."
Todavía hoy ubica ese episodio entre los tres momentos más felices de su vida. El segundo fue el nacimiento de su hijo Pablo. El tercero, mucho más reciente, llegó con La era de mar.
"Un día quise tocar con Fito y lo hice. Un día quise sacar un disco solista y lo hice."
Entre esos dos sueños pasaron más de cuarenta años. Hubo giras interminables, camarines, hoteles y escenarios. También hubo aprendizaje.
El éxito, el fracaso y las lecciones que dejó el camino
Vaccaro nunca habla del éxito como una meta, sino como una consecuencia del trabajo. Dice que cuando tenía poco más de veinte años, mientras tocaba con Fito, creyó que esa vida sería para siempre. Con el tiempo entendió que ninguna etapa es eterna.
Marcelo Vaccaro vivió casi una década en San Bernardo, etapa que lo inspiró a escibir las canciones de su primer álbum como solista "La era del mar". Foto: Emmanuel Fernández
"En los fracasos es donde se aprende. Es muy fácil surfear el éxito. A mí me gusta eso de morder el polvo, levantarte y seguir andando."
Esa manera de entender la vida fue la que lo llevó, cerca de los 50 años, a tomar una decisión inesperada. Necesitaba cambiar de aire. No por una cuestión laboral, sino personal.
"Necesitaba un cambio de rumbo. Necesitaba perdonarme, entenderme, comprenderme, estar solo y resetearme."
Cargó todas sus cosas en el auto y se fue a vivir a San Bernardo. Pensó que, si la experiencia no funcionaba, volvería. Terminó quedándose nueve años.
Allí encontró el mar que siempre había imaginado, una rutina completamente distinta, más tranquila, y el tiempo para escribir cuatro canciones que reflejan ese nuevo momento de su vida: No es porque late, Dedos de azufre, Mi sol y Cielo de plata.
Con el tiempo entendió que ese ciclo también había terminado, ya no tenía mucho más que hacer en la playa y regresó a Buenos Aires. Hoy vive en San Telmo, disfruta volver a tomar unos mates con su mamá y combina las giras con Lerner con esta nueva faceta como compositor e intérprete.
A los 58, el desafío de empezar de nuevo: "La edad es apenas un número, una estadística"
La decisión de ponerse al frente no estuvo exenta de dudas. "Lo hice todo con muchísimo miedo. Muchas veces escuchaba las canciones para preguntarme si estaban buenas o si eran una porquería. Pero justamente por hacerlo con miedo, vale el doble. ¿Quién tiene la seguridad absoluta? Es una aventura para mí".
En una de las mesas de su living reposa un pastillero. Ya peina canas y los años dejaron sus marcas, pero Vaccaro está lejos de sentir que el tiempo juega en contra. Sin embargo, para él, la edad es apenas un número, una estadística. “Sigo teniendo 27. En algún lugar de mi persona sigue estando ese pibe”, dice. Y asegura que sacar un disco también es parte de ese juego de mantenerse inquieto, de seguir buscando. “Tengo 58 años. Y esto es una muestra de que nunca es tarde”.
En el departamento de Marcelo Vaccaro conviven distintos bajos y guitarras, cada una tiene su nombre. Foto: Emmanuel Fernández
La entrevista termina como empezó. Marcelo vuelve a apilar las fotografías una por una para más tarde guardarlas. En esas imágenes está el joven que soñaba frente al espejo "llegar a algo con la música", y que el tiempo lo convirtió en un músico que recorrió escenarios con las figuras más importantes del rock argentino y el bajista que dedicó cuarenta años a hacer sonar las canciones de otros.
Pero falta una foto. Es la que todavía no estaba en esa colección. La del hombre que, después de toda una vida acompañando, finalmente se animó a ser protagonista.
Antes de despedirse deja una última reflexión. "Antes perseguía la felicidad. Ahora persigo la paz", dice con una tranquilidad plena.
Quizás por eso La era de mar no suena como un debut. Suena como el punto de llegada de alguien que necesitó cuatro décadas para descubrir que todavía le quedaba un sueño por cumplir
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