Mirar el celular unos minutos en mitad de la jornada de trabajo parece algo inofensivo. Sin embargo, este gesto que muchos hacen de manera automática para descansar de sus tareas, en realidad les está perjudicando más de lo que se cree. “El móvil es una recompensa inmediata a la curiosidad y la curiosidad es dopamina. Es como una adicción y nos incapacita para vivir en el presente y disfrutar de lo que estamos haciendo. Por eso todo nos cansa el doble”, explica Pilar de Castro a La Vanguardia.

La psiquiatra especializada en neurociencia y profesora en IESE, la escuela de negocios de la Universidad de Navarra, advierte de que este hábito impacta tanto en la productividad como en el estado de ánimo e incluso en la satisfacción personal. “Si durante la jornada nos dispersamos constantemente, acabamos más cansados e insatisfechos, porque sabemos que no hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

¿El cerebro está preparado para trabajar ocho horas seguidas?

Trabajando ocho horas seguidas, es imposible que el rendimiento sea óptimo. El cerebro puede mantener la atención sostenida hasta los 60 o 90 minutos. Pasado este tiempo, el rendimiento baja.

¿Cómo se puede mantener la concentración?

Hay que hacer pequeños descansos de cinco o diez minutos alcanzados esos 60 o 90 minutos y así lograr el equilibrio entre la noradrenalina y la dopamina, los neurotransmisores que se encargan de la ejecución y la concentración. Porque por debajo de ese equilibrio estamos cansados y cometemos más errores, y por encima de él, estamos estresados y con el estrés la concentración se fragmenta y también baja el rendimiento.

Cuando uno usa el celular, la atención se fragmenta más, se agota y disminuye la eficiencia de la energía cerebral (Magnific).

No usar el celular

¿Qué habría que evitar en estos tiempos de descanso?

Tomar el celular. Cuando uno lo hace, la atención se fragmenta más, se agota y disminuye la eficiencia de la energía cerebral. Parece que descansamos porque cambiamos de actividad, pero es un autoengaño. Tanto el móvil como las pantallas consumen energía de forma poco eficiente y hacen que perdamos mucho tiempo para volver a concentrarnos. Incluso ver una serie o la televisión entre semana no es lo ideal si queremos rendir bien al día siguiente.

¿Qué le pasa al cerebro cuando revisamos constantemente el celular?

Nos estamos acostumbrando a ser más dependientes de estímulos inmediatos. Al ver el contenido de las redes sociales, activamos constantemente el sistema de recompensa, nos agotamos antes y nuestra productividad disminuye claramente. En un experimento en Estados Unidos, en una misma empresa, se comparó a trabajadores a los que se les limitaba el acceso al correo durante unas horas con otros que podían consultarlo continuamente mientras trabajaban. La eficiencia de estos últimos bajaba un 40 %. Es muchísimo. Estas evasiones dopaminérgicas nos van incapacitando para tareas difíciles y para el esfuerzo mental. Nos vamos haciendo inútiles.

¿Habla de un efecto negativo más allá del trabajo?

Totalmente. Nos estamos haciendo más frágiles mentalmente como sociedad. Nos cansamos antes, toleramos menos la frustración y nos aburrimos más rápido, incluso en las conversaciones. Y el aburrimiento es enemigo del disfrute, de la felicidad y de la satisfacción.

Lo ideal es parar, respirar, salir a andar unos minutos, hablar con un compañero, leer una cosa distinta, tomar un café (Instagram).

¿El uso del celular está afectando también a las relaciones personales?

Sí, porque el celular se adapta a nosotros de forma inmediata, pero las relaciones humanas no funcionan así. Requieren tiempo, escucha y presencia. Eso hace que cada vez nos cuesten más y que haya más aislamiento social.

Desde el punto de vista empresarial, ¿debería limitarse el uso del celular?

Más que prohibir, porque necesitamos sentirnos libres, lo que hay que hacer es educar a la sociedad y que la empresa eduque a sus trabajadores. Lo ideal es que los empleados aprendan a medir su rendimiento y lo muestren, para que no se autoengañen.

Para terminar, ¿cómo deberían ser esos descansos bien hechos?

Lo ideal es parar, respirar, salir a andar unos minutos, hablar con un compañero, leer una cosa distinta, tomar un café. Hacer una actividad que nos distraiga de una manera sana. El contacto social, por ejemplo, activa la oxitocina y la serotonina, y eso mejora el ánimo y el trabajo en equipo.

Es importante que el descanso sea breve, porque cuanto más se alarga, más cuesta retomar el trabajo. Y, sobre todo, hay que evitar estímulos y mantener la atención en el presente, autoanimarse y ser consciente de los logros conseguidos durante la jornada laboral.

La Vanguardia.

GML