“Hoy vamos a hablar de volcanes, de biontes y de fantasías científicas”, captó pronto la atención Marcelo Acevedo, periodista cultural y moderador de la mesa “Naturaleza distópica”, del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), que este año lleva como tema: Hábitat y que cuenta con el acompañamiento de Clarín y de revista Ñ como media partners.
La brasileña Verónica Stigger, Roberto Chuit Roganovich y Soledad Quereilhac, en la mesa “Naturaleza distópica”, del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Foto: gentileza Filba.
A las 18 hs del viernes, no había más lugar en la biblioteca del subsuelo del Malba, con una mayoría de jóvenes que en muchos casos tomaban apuntes. La mesa proponía cruzar voces y perspectivas de la narrativa, la investigación y la academia para debatir cómo se transformaron las narrativas y cosmovisiones de la utopía positivista a la distopía contemporánea.
Los invitados: la escritora, docente y crítica de arte brasileña Verónica Stigger, autora de una docena de libros de narrativa, entre ellos el reciente Krakatoa (Editorial Caja Negra); Roberto Chuit Roganovich, doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, docente universitario y músico, autor de dos novelas ganadoras de premios literarios: Quiebra el Álamo (Futurock, 2022) y Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores (Clarín/Alfaguara, 2024 y Premio Clarín Novela 2023), y del libro de ensayos El Archipiélago (El Gato y la Caja); y Soledad Quereilhac, doctora en Letras por la UBA, investigadora independiente del Conicet y docente universitaria, miembro fundadora de AhiRA y autora del libro Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos (Siglo XXI).
“La erupción del volcán Tambora en la isla de Sumbawa el 10 de abril de 1815 es el punto de partida para el origen de la ciencia ficción y una de las causas del nacimiento de los mitos más grandes de la literatura fantástica”, continuó el relato Acevedo.
“Por aquel evento que alteró drásticamente el clima del planeta, generando en Europa Occidental un escenario apocalíptico, el año siguiente, 1816, fue conocido como el año sin verano. Fue ese el año en que, en la Villa Diodati, Mary Shelley comenzó a escribir Frankenstein o el moderno Prometeo”.
Habitar una naturaleza amenazante
Haciendo un puente con ese momento original, de volcanes y el fin del mundo, justamente, habla la novela Krakatoa. ¿Cómo enfrenta la narrativa actual los desafíos de habitar una naturaleza que, lejos de estar romantizada, se torna amenazante? La idea que recorre la novela de Stigger –planteó Acevedo– es la de que no solo los animales y las plantas somos seres vivos y sintientes, sino que todo el planeta lo es, incluidas aquellas estructuras geológicas profundas como los volcanes, el agua, el fuego, el carbón, el hielo, el sol, elementos telúricos y cosmológicos que dialogan entre sí en su propio lenguaje.
Al tomar la palabra, Stigger agradeció la invitación al Festival y pidió amables disculpas por su “castellano en el que hay un poco de portugués, un poco de italiano y algunas palabras inventadas”. Lo primero que comentó fue que escribió esta novela en pandemia, para no enloquecer: “Entonces en Brasil hubo que lidiar no solo con un virus mortal, sino con la ultraderecha”.
Sobre el tema de los volcanes, dijo que eran algo que la obsesionaba. Aunque al principio pensó que se estaba apartando de la realidad, luego entendió que, a través de ellos, podía hablar sobre el poder destructivo de la naturaleza. La idea de que la Tierra vive no solo en aquello que tiene en su superficie –como nosotros, los animales, los vegetales, los hongos, los virus, etcétera–, sino también en lo subterráneo, en aquello que no vemos. “Siempre asocié a los volcanes con los fantasmas. Y pensaba en el magma como una especie de lenguaje”.
También en Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores hay una entidad no humana, en este caso fúngica, que Chuit Roganovich llama “el bionte”. Este elemento conecta las cuatro líneas temporales de la novela –que van desde 1504 hasta futuros milenios–, reapareciendo en momentos particulares del devenir de nuestra historia. Acevedo quiso saber por qué el autor eligió un organismo del reino natural para representar la otredad.
“En mi novela, el punto de partida eran, más bien, los límites gnoseológicos propios del habla humana. El bionte aparece como ese fenómeno kantiano extraño respecto al cual no tenemos ningún tipo de categoría epistemológica para hacerlo –articuló Chuit–. Hace un tiempo venía interesado en las modulaciones de la naturaleza en la literatura latinoamericana; había encontrado dos tendencias bastante recurrentes: la abundancia y la escasez, cada una con sus lados eufórico y disfórico. Buscaba fabricar una forma de naturaleza que se resistiese a ser taxonomizada por las ciencias humanas, una otredad radical que no puede ser verdaderamente asimilada por el hombre”.
La brasileña Verónica Stigger, Roberto Chuit Roganovich y Soledad Quereilhac, en la mesa “Naturaleza distópica”, del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Foto: gentileza Filba.
Desde su perspectiva académica, Soledad Quereilhac propuso un puente entre los proyectos narrativos de Stigger y Chuit, del siglo XXI, y su objeto de estudio: las imaginaciones que despertaba la ciencia en la cultura popular argentina entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX: “Me interesa pensar el contraste de formas de proyectar futuros y mundos alternativos en diferentes momentos. Un hilo conductor hacia atrás puede ser pensar ese lugar de lo humano y las taxonomías, porque justamente las fantasías científicas del periodo de entresiglos tienen a lo humano como centro, pero como enigma, en el sentido de su atavismo. Por ejemplo, la presencia de lo animal en lo humano, o dónde establecer los límites entre lo animal, la voluntad, la ética, el poder de decisión”.
Y aportó una curiosidad: comentó que Wallace, el coautor de Darwin en su gran teoría de la evolución de las especies, se había interesado además en las prácticas espiritistas y se preguntaba si el Homo sapiens tendría una dimensión espiritual que aún no entendemos.
Concluyó que “lo que hace interesante, único e irrepetible ese periodo son esas fronteras lábiles entre el conocimiento materialista y los espiritualismos, esas preguntas abiertas, y sobre todo esa esperanza de que efectivamente el conocimiento humano avanzaría hasta lo impensado, hasta el más allá, hasta la ultratumba, hacia las preguntas no respondidas”.
Lo sagrado o la presencia de Dios
Acevedo propuso, entonces, analizar la dimensión de lo sagrado, siguiendo la propuesta del libro Hay un mundo por venir. Ensayos sobre los miedos y los fines, de Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro, que se refieren a eventos como la extinción súbita de la especie humana por una explosión volcánica gigantesca como “un acto de Dios”.
Chuit Roganovich, proveniente de una familia muy católica, recordó que en su hogar solía repetirse una falacia teológica muy recurrente: el llamado “Dios de los vacíos”, según la cual todo aquello que no podía conocer la ciencia era la afirmación automática de la existencia de Dios. “Al final, fue ese espacio de indeterminabilidad el espacio que me interesa ocupar literariamente, y musicalmente también y audiovisualmente”.
Para Stigger, lo sagrado es un espacio de desborde. “Por un lado, sin humano no hay sagrado, porque no hay quien lo invente. Al mismo tiempo, yo pienso la voz del agua, del hielo, etc., como si fueran, en cierta medida, dioses de un mundo en que no hay más ‘lo sagrado’. Dioses destructivos, un divino violento”.
También recordó que, mientras escribía Krakatoa, preparaba en paralelo una exposición sobre Clarice Lispector, a propósito de un congreso de brujería en el que Lispector participó en 1975, en Bogotá. “De cierta manera, allí estudié la relación de Clarice Lispector con alguna forma de magia. Clarice Lispector decía que la realidad es mayor que Dios. Para ella, la lluvia es un fenómeno sobrenatural”.
CUL / Filba distopia
En torno al modo de reflejarse utopías y distopías en la literatura, según Quereilhac, hasta avanzado el siglo XX en la Argentina no hubo distopías: “Antes, son todas utopías, supuestos mundos felices del futuro, que en realidad son tremendamente totalitarias: la utopía es un género de cierre, de clausura y no de apertura a la diversidad. Es un momento de detención del tiempo histórico, de felicidad homeostática, construcciones de utopías que en realidad son de destierro de la otredad. En muchas utopías, el transporte era absolutamente veloz y eficaz, se destierran las enfermedades, gobiernan los científicos, pero no hay robot que pueda sacar a la mujer de la casa”.
¿Puede pensarse una vuelta a ese campo no tan diferenciado entre la ciencia y los saberes populares –como el mesmerismo, lo esotérico, la parapsicología–, tal como se daba en el período de entresiglos? Para Quereilhac, hoy la situación es totalmente distinta. Por un lado, porque el conocimiento científico, las instituciones científicas y la comunicación científica están mucho más desarrollados, y el conocimiento está más compartimentado en disciplinas. También, porque las formas de legitimidad en el campo científico se han complejizado.
Curiosamente, hoy las ciencias no son voces de autoridad, y hasta son cuestionadas, como se vio en la pospandemia: “Se trata de un lugar de disputa en el terreno de la posverdad”.
Antes del cierre, alguien del público preguntó si encuentran en la ficción herramientas que sirvan para aplicar a la política. “El vínculo de la literatura con la política o vinculado a la acción política es muy mediado, y la literatura cumple una función que no cumplen otros discursos, que es desautomatizar el uso del lenguaje y los ideologemas, tener una mirada crítica y abierta”, sostuvo Quereilhac.
Chuit Roganovich fue vehemente: “El arte produce verdades estéticas. Sería bastante aburrido pensar en un mundo utópico que clausura la historia o el futuro a través de un sistema autoritario”.
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