Durante cuarenta años, más o menos, fui entrevistador y editor de Mario Vargas Llosa (28 de marzo de 1936, 13 de abril de 2025), cuya vida jamás se me olvida. Este texto forma parte de algunas de las entrevistas que le hice cuando ya no era ya editor de sus libros. El extracto forma parte de unos diálogos que se publicaron hace años y que pronto aparecerán en otro formato.
Era de pocos lugares comunes, ni pensando. En el invierno de 2005 lo entrevisté en la Feria de Guadalajara, México, donde celebraban el año de su país, y le pregunté qué le había dado el Perú. Siempre pensaba tocándose los dedos, convirtiéndolos en una mano sola. En esta ocasión así fue también, y esta fue la respuesta que me dio acerca de lo que él le dio a Perú: “Un material problemático, turbulento y terrible. Y una cierta manera de escribir el español. Esa sigue siendo mi manera de escribir el español, la que me viene de Perú”.
Y, ya que estamos, le dije, por qué no nos cuenta en qué momento, exactamente, se jodió el Perú, que al fin y al cabo era una frase que él le dio a su país y para toda la vida. “Eso”, me dijo, “no ocurre en un día, hay una cierta vocación de los países para joderse. Los países eligen su suerte”. Hablando de países, a él se le ocurrió decir que México, el país de su amigo Octavio Paz, era ´la dictadura perfecta´, y fue grande la que se armó entre los dos países y sus más conspicuos representantes. Mario se reconcilió con Paz, “tan gran amigo… Desde aquella polémica han cambiado mucho las cosas. El país [México] es más libre y más democrático de lo que era. Y estoy seguro de que no va a retroceder a lo que me hizo llamarlo ´la dictadura perfecta`”.
Cumplió los setenta años y era todavía como Zavalita. “Juvenil, atlético, trabajador, interesado por todo lo que ocurre, en su casa y en el mundo entero; torpe con las máquinas, pero agilísimo con la literatura y con el periodismo” se atrevía aún a viajar “a los lugares en conflictos (Israel, Palestina) o se adentra en geografías y en personajes remotos (Gauguin, la Polinesia, el alta Brasil) para cumplir con tareas narrativas o periodísticas que no se pueden cumplir desde un despacho”. Con el ego en su armario… Un periodista de la Paris Rewieu le preguntó: “¿Por qué escribe?” Inolvidable respuesta: “Escribo porque no soy feliz. Escribo porque es mi manera de luchar contra la infelicidad”.
La infelicidad fue su punto de partida. Aquella entrevista de los setenta años volvió a ser un recuerdo de su padre, el rencor con el que lo recordaba, su relación con el Leoncio Prado, la pesadilla de la niñez, la imposible reconciliación con aquel hombre… “Le llenaba de vergüenza tener un hijo poeta: ¡un hijo bohemio, uno de esos que andan en los cafés, un personaje algo ridículo! No podía enfrentarme a él, pero escribiendo poemas podía sentirme su contrincante”. “A escondidas, leía y escribía. Leer era la salvación. La verdadera vida no eran ni la rutina ni el miedo, sino la que estaba en los libros”.
La ciudad y los perros lo ayudó a contar al padre (a una clase de padre que se parecía al suyo) y, luego, El pez en el agua, que fue la piedra de toque de su vida futura, cuando ya rompió, de alguna manera, con su país y con su padre… ¿Y sus hijos, luego? “A mi me espantaba que mis hijos vieran en mi una figura como aquella en la que yo vivía en mi padre… Siempre he querido mucho a mis hijos. Cuando Gonzalo se hizo rastafari, por supuesto que teníamos pánico; ¡podíamos terminar como tantos chicos, yéndose a Abisinia, despareciendo en Katmandú!, o metido en drogas, un problema que su generación ha vivido de una forma tan intensa y tan trágica…”
Debió de ser difícil lo de su hijo Álvaro… “Fue muy difícil… Cuando cree en algo, se entrega de una manera muy apasionada, sin medir los riesgos, como yo mismo. En el caso de Toledo, él se identificó con su objetivo y con su campaña; pensaba que ese era el camino más efectivo para librarnos de la dictadura de Fujimori, de Montesinos. En un momento dado se sintió decepcionado por Toledo, por el entorno del candidato, en el que había amigotes con malos antecedentes. Eso le llevó a una ruptura muy violenta en un momento muy crítico de la campaña”.
“Y si hubiera prosperado la campaña que Álvaro inició contra Toledo, éste no habría llegado a la presidencia: hubiera triunfado Alan García, que hubiera arruinado Perú. Entonces tuve que enfrentarme públicamente con él; no se frustraron las relaciones personales, pero de todas maneras fue algo muy desagradable, y muy bien aprovechado por la gente canalla. Fue un periodo difícil. Pero, bueno, a veces es inevitable tener divergencias muy profundas con gente que quieres”.
¿Y usted mismo, como pasó de ser un izquierdista convencido a abrazar posiciones liberales? “Fue un proceso. Estuve un año en el Partido Comunista, cuando estaba en la Universidad. Yo era un lector voraz de Sartre, de los existencialistas franceses. Esa influencia me sirvió para contrarrestar el carácter dogmático que tenía el Partido Comunista peruano y todos los partidos comunistas latinoamericanos”.
Él usaba “argumentos de Jean Paul Sastre contra el realismo socialista, y fue en una de esas discusiones cuando un compañero de célula me llamó subhombre. Me aparté de los comunistas, pero seguí estando en la lucha de los movimientos de izquierda; estuve, incluso, en la democracia cristiana, porque se nucleaba en torno a Bustamante Rivero, que había sido un presidente honorabilísimo, y además tío mío, un hombre que era un modelo de corrección. Con los democristianos luché hasta la caída de la dictadura de Odría”.
Militante procubano
Mario Vargas Llosa se puso a militar, me dijo en esa misma entrevista, “por Cuba en Europa…” “Parecía que creaba lo que andaba buscando yo y mucha gente de izquierda que, como yo, se sentía rechazada por el marxismo dogmático. Así que me puse a militar por Cuba en Europa. Fui allí, enviado por la televisión francesa, cuando la crisis de los cohetes; ya habían empezado los cambios, pero yo no los vi. Y allí fui cada año, hasta 1966, hasta que se crean los campos de concentración, donde se encierra, junto a los delincuentes comunes, a los homosexuales, y también a los opositores al régimen”.
Aquella fue la primera crisis de Mario Vargas Llosa con Fidel. “La escribí a Fidel Castro, y él me hizo ir; fui con Julio Cortázar, entre otros. Y él nos estuvo hablando toda la noche, explicando que se habían cometido abusos. Hice las paces, pero dentro de mi se quedó un espíritu crítico que ya no abandonaría con respecto a la revolución cubana. Después estuve en Praga, durante la primavera, y en la URSS, y esa fue una experiencia muy deprimente. Empecé a leer a otros pensadores, opté por Albert Camus frente a Sartre, y descubrí a los personajes liberales, como Isaiah Berlin o Karl Popper”.
El liberalismo, el boom, la enemistad con Gabo…
Nunca dijo no a una pregunta Mario Vargas Llosa, excepto una vez, y lo hizo para siempre. Fue el gran amigo de Gabo y dejó de ser el gran amigo de Gabo para siempre. En aquella entrevista lo dijo en la vez enésima, pero como era una entrevista en torno a un año tan concreto de su vida, el 70 aniversario de su nacimiento, parecía pertinente volverle a preguntar. ¿Qué pasó con Gabo, cuál fue la raíz de su enemistad? La pregunta nació a la mitad de la conversación, justo en el momento en que parecía que debía ser formulada por el periodista. Él respondió: “Yo de eso no hablo”.
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