Obsesiva en su acecho, la literatura bien podría entenderse como el intento apasionado y fallido de apresar esa materia escurridiza llamada vida. Más aun, la biografía tendió su propio cerco en torno a ese afán aunque el retrato resultante sea siempre sesgado, movido, capcioso. Ese desfasaje llega a extremos retorcidos en Malas lenguas, novela en la que Alan Pauls da un salto a la pura ficción como hace mucho no hacía, amparándose en una intriga biográfica.

El narrador, de género líquido, burlonamente amorfo, se propone reivindicar la estela excéntrica del poeta Bernal luego de que una colega lo disminuyera en un libro dedicado al canónico y pomposo Baldó, quien fuera jefe de la biblioteca en la que trabajó Bernal. Lejos del cotejo objetivo, el inquisidor de Malas lenguas revela en su reconstrucción maniática de los hechos un involucramiento sentimental con Bernal que roza lo vampírico y que se extiende a un campo letrado fabulosamente promiscuo, libertino, hipersexualizado. Entre Puig y Nabokov, Pauls exacerba la crueldad, la perversión y el sadismo intelectual desde una prosa no menos erizada, enmalezada, punzante, de un dulzor áspero, que oculta paradójicamente la ternura, la vulnerabilidad, el amor. “Al final, estas páginas no serán más que la historia de alguien que no quiere llorar y llora”, anuncia el narrador.

El anacronismo absoluto de Malas lenguas (Penguin) se espeja en la reeditada El coloquio (Edit. Marciana), novela de juventud de Pauls en la que latían asimismo la oralidad desbordada, la puja por lo real, el deseo enloquecido y el ensañamiento. Escrita en un párrafo único de expediente kafkiano (no es casual que un personaje se llame Brod), la narración concentra su digresivo accionar en una esquina nocturna en la que un puñado de autoridades médico-policiales recrean la cronología confusa de acontecimientos que condujo al ataque de Pablo Daniel F. hacia su exmujer Dora D. Es extraño, pero el 36 que sobrevuela el texto (la edad de Pablo Daniel F. así como la numeración de la calle donde ocurre todo) marca con exactitud la cantidad de años que debió esperar El coloquio para su rescate, cuando justamente Pauls parece estar retomando ese arco en suspenso (compartido con relatos tempranos como “El caso Berciani”) en Malas lenguas. En efecto, el argentino residente en Europa traza una afinidad entre ambos libros en el posfacio a El coloquio, donde recuerda que esa novela daba cuenta de la resaca dictatorial invocada por el levantamiento carapintada.

Allí el autor también dice que siempre le interesaron los discursos institucionales ligados a la ley, el saber médico y la biografía: si los dos primeros se hacen presentes en El coloquio, el último asoma su sombra escrutadora en Malas lenguas. ¿Qué hizo que recién ahora Pauls abordara el género desde la ficción? ¿Hay algo de roman à clef en su concepción? “Tardé en llegar a la biografía porque me pasé mucho tiempo odiándola, burlándome de sus tics, sus supersticiones, las relaciones pueriles que establecían entre vidas y obras, en las que las segundas siempre eran efecto, consecuencia, producto de un puñado de patéticos incidentes vitales. El factor Rosebud, el trineíto de Citizen Kane, digamos. Pero en algún momento el odio se volvió sospecha, la sospecha curiosidad y la curiosidad, en vez de abolir el odio, lo convirtió en desafío: ¿qué puedo hacer yo por la biografía? Traté de contestar la pregunta escribiendo la biografía de Raúl Ruiz, el cineasta chileno. Fracasé. Tengo 250 páginas escritas pero nunca entendí el libro que quería escribir. Supongo que esa imposibilidad era parte del encanto del desafío, y del género biográfico en sí”, dice Pauls desde Barcelona.

“De ahí a escribir sobre la biografía en ficción, como núcleo central de una novela, había un paso, el único que podía dar si no quería quedarme con la espina atragantada. Pero Malas lenguas no es una novela en clave. Hay en el personaje de Bernal algunos rastros de un poeta muy amigo que murió –la juventud irreductible, la dieta espantosa, el gusto por los cigarrillos negros sin filtro– y alardes y maneras y curiosidades de vestuario de ciertos profesores de lenguas clásicas que atormentaron mis mañanas de estudiante de Letras. El resto es literatura, espero”, completa el narrador.

–¿Qué te llevó a explorar la ceremonia del desdén de Malas lenguas? ¿Existe un ajuste de cuentas con la dinámica real del mundo literario?

–No, no, del “mundo real” (literario y no) lo único que hay en la novela es esa especie de maledicencia general, a la vez imbécil y mortal, que corre como un veneno por las venas de la época. Pasión baja, débil, mezquina, vulgar, que me tomé el trabajo de embellecer con una retórica elegante, llena de sobreentendidos dignos de mejor causa, solo para ver si era posible hacer literatura con algo que es pura toxina. Esa es también la razón, me imagino, por la que hasta en medio de esa clase de chiqueros florecen los vértigos del amor. Para demostrar que todo puede ser distinto.

–El formalismo de El coloquio halla su consumación en Malas lenguas.

–Siempre me costó escribir simple y directo. Frases como “La marquesa salió a las cinco” eran y son para mí tentaciones que no puedo resistir, que irremediablemente relleno, abro, bifurco, injerto, multiplico y expando sin siquiera el frenesí del poseso, con toda calma, paladeando cada una de las digresiones horrendas a las que la someto. Ya lo decía Ruiz, que tenía un problemita parecido con la imagen y el sonido: “¿Para qué hacerlo simple cuando puede ser complicado?”. Algo de esa compulsión no podía no colárseme en Malas lenguas, donde la voz que narra es mala como la hiel, pero más que mala es maestra de una maledicencia indirecta, tortuosa, oblicua, que nunca hace tanto daño como cuando elige rodear y rodear y rodear el blanco contra el cual dispara. Después de todo, maldecir podría ser uno de los grandes verbos performativos de esta época.

–¿Se filtra el contexto histórico en Malas lenguas como afirmás que pasaba en El coloquio, teniendo en cuenta su disputa por la veracidad?

–En realidad, no hay batalla por la verdad en Malas lenguas; a lo sumo unos berrinches farsescos que improvisa la voz que narra para hacer quedar mal, muy mal, a cierto personaje al que aborrece y del que pese a todo sigue prendada. Como pasa a menudo, se invoca la verdad cuando ya no quedan embustes bajo la manga. Lo que sí hay, creo, es la excitación, el placer, el goce supremo –y por supuesto el arte– de hablar mal de otro ante terceros, que en este caso son los cómplices hipócritas de los lectores. Hay en hablar mal de otros una confianza en el poder del lenguaje extraordinaria, francamente insólita para una época que en términos generales considera el lenguaje como una antigüedad, una pérdida de tiempo, un obstáculo de zurdos.

Malas lenguas, Alan Pauls. Penguin Random House. 320 págs.

El coloquio, Alan Pauls. Marciana, 178 págs.