Una persona mayor puede manejar perfectamente un teléfono inteligente y, aun así, rechazar una videollamada con un rápido: “Mejor llámame”. Desde afuera puede interpretarse como resistencia a la tecnología. Pero el problema quizá no sea la tecnología, sino todo lo que la cámara añade a una conversación.

En una llamada tradicional, la atención está dirigida principalmente a la voz del otro. En una videollamada aparecen su rostro, nuestro rostro, el fondo de la habitación, los gestos, la postura y una pequeña pantalla en la que podemos comprobar constantemente cómo nos estamos viendo.

Ese último elemento es especialmente extraño. En una conversación presencial normal no tenemos un espejo colocado delante durante todo el encuentro.

Investigadores de la Universidad de Galway estudiaron qué ocurre cuando esa imagen propia permanece visible. Para ello, 32 participantes mantuvieron videoconferencias tanto con la función de autoimagen activada como desactivada mientras los investigadores registraban su actividad cerebral mediante electroencefalografía.

Los resultados mostraron indicadores significativamente mayores de fatiga cuando los participantes podían verse a sí mismos. El efecto apareció tanto en hombres como en mujeres.

La conversación deja de ser solo una conversación

El video agrega una exigencia que el teléfono no tiene. Foto: Pexels

Verse en una pantalla puede aumentar la atención dirigida hacia uno mismo: cómo está el pelo, qué expresión tenemos, si parecemos aburridos, si estamos mirando correctamente a cámara o si nuestro rostro reacciona de una manera extraña.

Por eso, decir que las videollamadas aumentan la “timidez en todos” sería demasiado categórico. El estudio de Galway no encontró que cada persona se volviera tímida, sino un efecto de la autoimagen sobre indicadores de fatiga.

Y tampoco demuestra que esta sea la razón específica por la que los adultos mayores prefieren llamar por teléfono. En esa elección pueden intervenir costumbre, problemas de conexión, tamaño de pantalla, dificultades auditivas o simplemente una preferencia por concentrarse en la voz.

Decir que las videollamadas aumentan la “timidez en todos” sería demasiado categórico.

Pero considerar de manera automática esa elección como tecnofobia pierde algo importante: el teléfono es más simple desde el punto de vista cognitivo. Permite caminar por la casa, mirar por una ventana o cerrar los ojos mientras se escucha. No obliga a mantener el rostro dentro de un encuadre ni expone cada pequeño silencio.

Para alguien que pasó gran parte de su vida manteniendo conversaciones telefónicas sin cámara, esa modalidad tampoco representa una versión incompleta del contacto. Puede ser, sencillamente, la forma en que aprendió a prestar atención de verdad.

Así que cuando un abuelo dice “no hace falta que pongamos video”, quizá no esté rechazando el mundo moderno. Tal vez esté eliminando de la conversación algo que nunca necesitó: tener que mirarse a sí mismo mientras habla con otra persona.