Tres oleadas reformistas conformaron la universidad pública en el siglo XX: la Reforma Universitaria de 1918, la institucionalización y modernización de 1955 y la recuperación democrática de 1983. José Luis Romero (1909-1977) se formó en el ambiente reformista y socialista de La Plata en los años 30. Tuvo una activa participación en la gestión académica entre 1955 y 1966 y vivió con amargura su declinación. Luego de su muerte, la universidad de 1983 recuperó su tradición y su obra.
Su tránsito por la universidad no fue fácil ni tranquilo. En 1946, apenas iniciada en La Plata una carrera profesoral moderadamente exitosa, fue declarado cesante en todos sus cargos docentes. Enseñó luego en la Universidad de Montevideo hasta que en 1953 otra decisión política imposibilitó sus viajes semanales.
En 1955, impulsado por el movimiento estudiantil, fue designado rector de la Universidad de Buenos Aires, pero un conflicto con el ministro Dell'Oro Maini culminó con la renuncia de ambos. En 1958 creó en la Universidad de Buenos Aires la cátedra y el Centro de Estudios de Historia Social y fue decano de su Facultad entre 1962 y 1965.
Fueron años de intensa actividad. El Centro de Historia Social era un semillero de ideas e iniciativas, retomadas por otras muchas universidades. Estuvo en la creación de Eudeba, promovió el Colegio de Graduados, participó en los proyectos interuniversitarios regionales, dirigió la Revista de la Universidad e impulsó el proyecto de Extensión Universitaria, quizá su aporte más importante.
En todos los casos, reflexionó y escribió sobre las líneas de acción que quería promover. En el cruce entre la gestión y la reflexión, fue construyendo en su mente una Universidad ideal, algo diferente de la real, pero importante para fijar un rumbo.
Su proyecto ideal tiene en primer lugar un objetivo pedagógico. La universidad no solo forma profesionales, sino personas, ciudadanos responsables, con ideas claras acerca del mundo y sus problemas. Romero valora un tipo de saber humanístico que, sin tener una aplicación inmediata, forme mejores graduados y a la vez le permita a la universidad cumplir con su función social.
Tan importante como los saberes transmitidos es la forma de hacerlo: el diálogo entre el alumno y el maestro, combinando el estímulo con la orientación. Una parte del ejemplo pedagógico es la investigación, la creación de saber nuevo, que nunca es definitivo.
En segundo lugar, Romero afirma polémicamente que la universidad debe ser una ínsula, una comunidad singular cuyos miembros compartan algunos valores específicos, como el respeto por la libertad, el rigor del pensamiento y el valor de la controversia. Estos son los valores propios de una élite del saber, que debe controlar cuidadosamente cualquier tentación de convertirse en una casta.
José Luis Romero confía en los jóvenes, algo muy propio del juvenilismo de la Reforma, al que da un sentido más amplio: se trata de la juventud del espíritu y la valoración de la creación y la crítica. Y de una reforma permanente, que evite el anquilosamiento de las estructuras de lo creado.
En tercer lugar, postula la “función social de la universidad”, su “misión”. Consiste en salir de la ínsula, prestar servicios a los no universitarios y enriquecerse con la tarea. Ese era el sentido de proyectos como Eudeba o el de la Isla Maciel, en Dock Sur, que combinó la asistencia social con la investigación.
Pero su idea de la extensión era mucho más ambiciosa. Por muchas razones -que explicó como historiador- consideraba que hacia 1960 las élites argentinas carecían de la legitimidad que confiere una visión asentada del país. Por eso, era indispensable que la universidad fuera el lugar donde -con palabras de Durkheim- la sociedad pudiera pensar sobre sí misma: diera forma a los sentimientos generalizados, potentes pero difusos, estudiara los problemas y propusiera las soluciones.
Esa era la misión de la “aristocracia del espíritu” en la que pensaron los padres fundadores de la Reforma. Desde 1955, con la perspectiva de que todo estaba por hacerse, le reclamó a esa elite universitaria la unidad, la concentración de su esfuerzo en la construcción de la universidad pública, la única capaz de asumirla.
Discutir los problemas del país implica necesariamente involucrarse en lo político. Pero la reflexión que imagina no se lleva bien con la promoción de posiciones políticas partidistas. Sabía que era un equilibrio sutil y difícil de sostener.
Romero experimentó y entendió las limitaciones reales de ese mundo ideal. Primero, las infinitas rencillas que, más allá del ideal de unidad, suele generar una comunidad académica. Pero, sobre todo, la dificultad de una insularidad permanentemente desbordada por conflictos políticos e ideológicos cada vez más intensos. Vivió esos años con una mezcla de placer, zozobra y amargura. Finalmente, en 1966 se le puso punto final a la utopía.
Los grandes designios, las utopías, son los que movilizan a las sociedades en pos de los cambios. Estas exper-iencias de 1918 y 1955 se repitieron en 1983, cuando en la universidad pública comenzó un nuevo ciclo de la ilusión. No por casualidad, en esos años José Luis Romero volvió a ser conocido y estimado.
Más tarde llegó el desencanto. Hoy la universidad pública se encuentra nuevamente en una encrucijada. Principalmente por razones externas; pero también por problemas propios, que desde hace tiempo los universitarios se resisten a encarar. Es hora de la unidad, pero también de la controversia y de un nuevo impulso. Estas ideas de José Luis Romero, pensadas para un país muy distinto, pueden tener aún alguna utilidad.
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