Hay decisiones que una persona recuerda durante años. Algunas porque fueron equivocadas, otras porque lastimaron a alguien y otras porque cambiaron el rumbo de una vida de una manera que, en ese momento, parecía imposible de reparar.
Con el tiempo, sin embargo, puede aparecer una diferencia importante: recordar algo doloroso no necesariamente implica seguir atrapado en ello. Hay personas que pueden mirar hacia atrás, reconocer lo que hicieron y aceptar sus consecuencias sin necesitar borrar esa parte de su historia.
Eso no significa que hayan encontrado una excusa. Tampoco que hayan decidido que “todo pasa por algo”. A veces, hacer las paces con una decisión contribuye a dejar de buscar una explicación perfecta y aceptar que hubo errores, pérdidas o daños que forman parte de la propia historia.
La clave está en otra cosa: conseguir construir un significado alrededor de lo sucedido. Encontrar qué se aprendió, qué cambió, qué responsabilidad se asumió o incluso qué clase de persona se decidió ser después de aquello.
Cuando el pasado deja de ser una condena
Este proceso se relaciona con lo que la psicología denomina construcción de significado. Una revisión publicada en Psychological Bulletin explica que, frente a acontecimientos estresantes, las personas intentan integrar lo ocurrido con sus creencias, objetivos y visión general de la vida. La investigación señala que no importa solamente buscar significado, sino el tipo de significado que finalmente se construye.
Reconocer errores pero no castigarse. Foto: Pexels.
La diferencia entre aceptar lo ocurrido y justificarlo también importa. Un trabajo publicado en Journal of Social and Clinical Psychology distingue entre el autoperdón y el llamado pseudoautoperdón, en el que la persona puede aliviar la culpa sin reconocer de verdad la responsabilidad por lo que hizo.
Qué cambia cuando una persona logra integrar lo ocurrido:
- No necesita borrar el arrepentimiento. Hacer las paces con una decisión no significa dejar de lamentar lo ocurrido. El arrepentimiento puede seguir presente sin ocupar todo el espacio de la vida de una persona.
- Deja de intentar cambiar mentalmente lo ocurrido. Una de las partes más difíciles consiste en abandonar el intento de modificar mentalmente el pasado. El pasado no cambia porque se lo repase una y otra vez.
- Integra la experiencia en su historia. Un estudio sobre narrativas personales publicado en Personality and Social Psychology Bulletin encontró una asociación entre las llamadas secuencias de redención y el bienestar psicológico. En estas secuencias, una experiencia negativa es seguida por un resultado positivo que la transforma, la mitiga o le da un significado diferente dentro del relato.
- Asume responsabilidad sin convertirla en identidad. Hay una diferencia entre decir “hice algo de lo que me arrepiento” y pensar “soy una persona imperdonable”. La primera frase reconoce una conducta; la segunda convierte esa conducta en una definición permanente de uno mismo.
- Permite que exista una historia después del error. La construcción de significado también puede implicar preguntarse qué ocurrió posteriormente. Una decisión dolorosa puede convertirse en el punto a partir del cual alguien modificó una relación, cambió una conducta, pidió perdón o tomó un camino diferente.
Aceptación de una historia imperfecta. Foto: Pexels.
- No necesita que el pasado tenga un final perfecto. A veces no existe reparación completa ni explicación satisfactoria. Aceptar el pasado también puede implicar reconocer que una historia imperfecta forma parte de la propia vida.
En definitiva, hacer las paces con las peores decisiones no consiste en borrar el arrepentimiento ni en inventar una versión más amable de lo ocurrido. Consiste en poder decir: esto sucedió, tuvo consecuencias y me hubiera gustado que fuera diferente.
Pero también: esto forma parte de mi historia y no tiene por qué decidir quién soy para siempre. La transformación puede estar en reconocer lo ocurrido, asumir la responsabilidad y seguir construyendo la propia historia a partir de ahí.
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