El 17 de Junio, en el palacio de Versalles, Donald Trump firmó el memorando de entendimiento con Irán y se adelantó a la ceremonia formal que estaba prevista para Suiza dos días después. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, lo refrendó en remoto.
Se contempló un fondo de reconstrucción superior a 300.000 millones de dólares, el cese de operaciones militares en todos los frentes, el levantamiento del bloqueo naval, la reapertura del estrecho de Ormuz y 60 días para convertir ese memorando en acuerdo final. Irán obtuvo beneficios tangibles inmediatos y dejó buena parte de sus compromisos sujetos a negociaciones posteriores.
Menos de una semana después comenzaron a verse efectos. Se suspendieron temporalmente parte de las sanciones económicas y se habilitaron operaciones vinculadas al petróleo iraní. Cada vez más buques cruzan el estrecho y las aseguradoras marítimas recortan tarifas. El precio del crudo cayó a su nivel más bajo desde el inicio de la guerra. El negociador iraní anunció que Teherán administrará el tránsito por Ormuz y estudia la implementación de un esquema de seguro obligatorio para los buques que lo atraviesen.
La rúbrica duró menos que el eco. En menos de 48 horas estalló un motín republicano en el Congreso estadounidense que lo calificó de mal acuerdo. A las 96 horas ya había nuevos anuncios de fuego y acusaciones cruzadas entre ambas partes.
Los aspectos más sensibles y relevantes, como los mecanismos concretos para supervisar y sostener el acuerdo, permanecen sin resolver. El vicepresidente estadounidense afirmó que Irán había aceptado inspecciones nucleares. El vocero de la cancillería iraní lo negó públicamente.
La elección de Versalles como escenario agrega una dimensión histórica difícil de ignorar. En el Salón de los Espejos, en 1919, las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial firmaron el tratado que debía organizar la posguerra. Sin embargo, el Senado estadounidense rechazó su ratificación y Estados Unidos nunca ingresó en la Sociedad de las Naciones que el propio W. Wilson había impulsado. Veinte años más tarde, aquel orden sin garante se derrumbó en la guerra más destructiva de la historia.
La comparación no implica que la historia vaya a repetirse. Pero sí recuerda un problema recurrente: la distancia que puede abrirse entre los compromisos internacionales asumidos por una potencia y la disposición política interna para sostenerlos en el tiempo.
El momento decisivo llegará a mediados de agosto, cuando se cierre la ventana prevista para resolver cuestiones pendientes del expediente nuclear iraní. Si para entonces siguen sin existir mecanismos de verificación aceptados por ambas partes, el acuerdo habrá reducido la tensión inmediata sin resolver el problema estratégico de fondo.
Por ahora, el mundo conserva una tregua frágil, las promesas de una restricción nuclear que por el momento nadie garantiza y un precedente: Irán demostró que puede cerrar el estrecho, por donde pasa cerca de un quinto del crudo del mundo, y salir bien posicionado de las negociaciones. Una lección tan antigua como la geopolítica misma: quien puede interrumpir una ruta estratégica también puede cobrar por mantenerla abierta.
Retomando patrones históricos habituales, la interdependencia coercitiva es hoy parte del manual de juego de los conflictos globales. Ormuz se reabre, pero cada vez más actores redescubren el valor de controlar los pasos obligados del sistema. Bajó la factura de hoy; subió la incertidumbre de mañana.
Dr. Lautaro N. Rubbi. Consultor. Especialista en Riesgos Globales.
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