Asistimos a una nueva derrota política de Estados Unidos después de otra guerra. El informe del Congressional Research Service—unidad de investigadores que provee análisis para el legislativo estadounidense–sobre “Instances of Use of the United States Armed Forces Abroad, 1798-2023” es una fuente apropiada para enumerar y evaluar las intervenciones militares.

En el texto, de 55 páginas, las acciones (ataques quirúrgicos, invasiones, operativos especiales, despliegues de tropas, etc.) durante la Guerra Fría se resumen en 3 páginas, mientras que las de la Posguerra Fría se extienden por 37 páginas.

Acá la enumeración y los resultados: en la guerra de Corea (1950-53), EE. UU. encabezó una coalición de países en un conflicto que produjo unos 700.000 militares y entre 2 a 3 millones de civiles muertos y culminó con un armisticio que no alteró la división de las dos Coreas.

La guerra de Vietnam (1965-73) produjo más de 3 millones de civiles y militares muertos del lado vietnamita y concluyó con una obligada retirada estadounidense. En 1983, Estados Unidos (con 7.300 soldados), junto a algunas naciones del Caribe, invadió la isla de Granada (95.000 habitantes) y proclamó una rápida victoria.

En 1989, Estados Unidos, con unos 27.000 hombres, invadió Panamá (16.000 efectivos) y extrajo al presidente Manuel Noriega, acusado de narcotraficante. En 1991, Estados Unidos encabezó una amplia coalición (950.000 soldados de 35 países) que atacó Irak–que había invadido Kuwait–, obtuvo un triunfo militar expeditivo, aunque Saddam Hussein mantuvo el poder.

Entre 1992 y 2026, Washington convirtió el recurso a la fuerza en algo habitual: la opción bélica atravesó, con ligeros matices, todos los gobiernos, demócratas y republicanos por igual. Guerras irregulares, guerras perpetuas, guerras punitivas se volvieron frecuentes.

En 2001, después de los atentados terroristas del 11/9, EE. UU. lideró una “coalición de voluntarios” contra Afganistán. Veinte años más tarde, y después de unas 175.000 víctimas directas, más 6 millones de personas desplazadas y US$ 2.3 billones de dólares gastados, EE. UU. abandonó Afganistán.

En 2003, mediante otra “coalición de voluntarios”, Washington invadió Irak. Luego de unas 450.000 muertes, más de 4 millones de desplazados y unos US$ 2 billones de dólares gastados, EE. UU. salió de Irak en 2011.

De acuerdo con el Watson Institute of International & Public Studies de la Universidad de Brown, la guerra contra el terrorismo emprendida por Washington y desplegada en Afganistán, Irak, Siria, Pakistán y Yemen entre 2001 y 2023 produjo entre 3.6 a 3.8 millones de muertes indirectas debido a la destrucción en materia económica, ambiental y de servicios públicos. En los recientes 18 meses, el gobierno lanzó ataques en Siria, Somalia, Yemen, Irak y Nigeria.

En enero de 2026, mediante un operativo militar efectivo y la extracción del presidente Nicolás Maduro, en el marco de un ejercicio más amplio (agosto 2025-marzo 2026) que demandó unos US$ 4.700 millones de dólares, Trump intenta convertir a Venezuela en un neo-protectorado por imposición.

Quizás ese trofeo, debido en parte a la pobre reacción de la fuerza armada venezolana, incidió, entre otros, para que EE. UU. se sumará a Israel en su bombardeo a Irán en febrero de este año, dando continuidad a la breve guerra contra Teherán de junio de 2025.

Era y es abrumadora la magnitud militar estadounidense, a la ya potente de Israel. A pesar de los anuncios iniciales de una victoria cercana, lo cierto es que el esquema de conflicto asimétrico empleado por Irán mediante el cierre del estrecho de Ormuz y la respuesta a blancos militares y de infraestructura en los países árabes, derivó al final en un complejo Memorándum de Entendimiento entre Washington y Teherán, facilitado por la mediación de Pakistán (referente principal de China en Asia Central) y Catar.

Se produjeron 18 bajas de Estados Unidos, 69 israelíes fallecidos y unos 5.000 iraníes muertos, al tiempo que el costo militar directo para EE. UU. fue de US$ 29.000 millones de dólares y, según Moody’s Analytics, con un costo para los consumidores estadounidenses de US$ 132.000 millones de dólares.

En breve, la incuestionable superioridad militar estadounidense no necesariamente le ha asegurado éxitos estratégicos ni réditos políticos. En los conflictos en los que no existen objetivos precisos y acotados ni parámetros de terminación claros que, a su turno, se extienden en el tiempo, muestran, una y otra vez, fracasos tanto militares como políticos.

Para los socios militares de EE.UU. los resultados frustrantes en guerras empantanadas han debilitado la formación de nuevas “coalitions of the willing”, tal el reciente caso de Irán. Washington, desde hace lustros, ha menospreciado y manipulado la diplomacia y optado por invertir el dictado de Carl von Clausewitz para quien la guerra es la continuación de la política por otros medios: para la Casa Blanca lo primero se ha vuelto la guerra.

En América Latina, y desde los ‘80, los ataques e invasiones muestran logros de Washington. Si EE.UU. persiste en recuperar a como sea su esfera de influencia en el área, lo más probable es que recurra cada vez más a la fuerza militar. Y si eso sucediese, EE.UU. se habrá convertido, se admita o no en los gobiernos, en un serio problema de seguridad para Latinoamérica.