En La Literatura nazi en América Roberto Bolaño presenta, en clave cómica, una galería de artistas con los peores vicios: antisemitas, xenófobos, racistas, idólatras del mal y, muchas veces, felices practicantes de la sevicia. Pero hay un personaje que se destaca del resto, a quien el escritor chileno dedicaría posteriormente la novela Estrella distante: Carlos Ramírez Hoffman (que pasará a llamarse Carlos Wieder), artista de vanguardia, torturador y asesino.

¿Qué hacer con este espécimen infame de la fauna humana?

Parte de la obra de Bolaño gira en torno a esta cuestión, para devolver una respuesta desoladora: la formación cultural (nutrirse de novelas, pinturas, películas, música clásica) no nos convierte automáticamente en buenas personas.

No era necesario apelar a Bolaño para alcanzar esta conclusión. Los ejemplos históricos son conocidos a diestra y siniestra: Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, blandiendo orgulloso su carnet del partido nacionalsocialista; Louis-Ferdinand Céline, renovador de la lengua francesa, cultivó el antisemitismo; el gran poeta Ezra Pound se deshizo en halagos a Mussolini. Y no olvidemos a Leni Riefenstahl, directora de El triunfo de la voluntad y Olympia, dos hitos de la historia del cine que fueron piezas propagandísticas del régimen nazi.

Les Demoiselles d'Avignon (Las señoritas de Avignon), de Pablo Picasso, 1907. La obra, inspirada en un burdel, estuvo oculto e inédito hasta 1916.

Si oficiáramos de catadores (o cazadores) ideológicos, la lista de artistas cancelados por razones políticas sería casi tan larga como la historia del arte que han contribuido a cimentar.

Tomemos el caso de Heidegger, que vale para examinar posibles reacciones frente al dilema que despiertan esta clase de individuos.

Herbert Marcuse le escribió al autor de Ser y tiempo: “La mayoría de los que le hemos admirado como filósofo y hemos aprendido muchísimo de usted no podemos, a pesar de todo, hacer una separación entre el filósofo Heidegger y el hombre Heidegger, porque ello contradice su propia filosofía”.

De este lado, Marcuse acierta. ¿Cómo separarlos? Más aún tratándose de un filósofo existencialista (digamos), como si Heidegger incluyera dos subjetividades opuestas (canalla y prodigio) que pueden seccionarse con un bisturí. Es la salida del atolladero menos costosa: selecciono aquello que admiro del personaje, desecho la mugre y duermo tranquilo.

Del otro lado del río, Marcuse muestra la hilacha cuando escribe: “Muchos de nosotros hemos esperado una palabra suya, una palabra con la que pudiese liberarse clara y definitivamente de esa identificación con el régimen nazi”. ¿Con una palabra se liberaba Heidegger de semejante lastre? ¿Y por qué se abstuvo? ¿Maledicencia? ¿Orgullo? ¿Culpa? ¿Marcuse habría perdonado al Maestro? ¿Y el resto de la Alemania cómplice? Heidegger jamás revisó sus posiciones en público. Habría justificado su actitud diciendo: “para confesiones, al cura”.

Los artistas son personas como cualquiera. No entiendo –sí lo entiendo– el empeño de algunos por convertirlos en almas bellas y exigirles una coherencia vital que rara vez nos exigimos a nosotros mismos.

Activación: La piel que tejió el diablo a cargo de Felipe Berenstein durante la exhibición de Carrie Bencardino en Malba. (Foto: Cecilia Profético)

Entrenamiento artístico

Con las obras el debate se complejiza todavía más. En el pasado, era moneda corriente calificarlas de inmorales, obscenas, sediciosas, sacrílegas, degeneradas. Los diversos regímenes, desde el nazismo hasta el comunismo, democracia mediante (con sus diferencias, por supuesto) han conquistado múltiples trofeos de guerra: censura, prohibiciones, boicots. Pero ¿cuáles son las cualidades contemporáneas para que una obra sea objeto de impugnación?

El espectro impugnador es siempre generoso. Bastan unos episodios para confirmarlo. La retrospectiva de León Ferrari (2004), calificada de blasfema. O la representación de Eva Perón realizada por Nicola Costantino en la 55.ª Bienal de Venecia (2013). O Mariana Telleria, acusada de atentar contra el patrimonio cultural cuando pintó de negro la fachada del Museo Castagnino de Rosario (2014). O Carrie Bencardino (2025), denunciada por el ilustrador Ciruelo Cabral por un supuesto plagio.

Pero me gustaría introducir una impugnación más difusa, cuya capacidad censuradora (o autocensuradora) resulta, sin embargo, muy efectiva: reprocharle a una obra que no se ajusta a determinados ideales de diversidad. Según esta lógica, la obra debe ser inclusiva (género, etnia, etc.) y cuidarse de ofender ciertas sensibilidades; de lo contrario, se le imputará violencia simbólica o alguna de sus variantes.

Habrán escuchado la expresión “es todo lo que está bien”. En principio, significa que alguien, o algo, encarna una serie de atributos valiosos, positivos, admirables. Sinceramente, no logro discernir si la definición es elogiosa o satírica (¿un elogio satírico?). ¿Cómo podría alguien reunir todas las virtudes? ¿Cómo sería ese monstruo? A eso se suma otro problema: el emisor de la frase estaría elevando su criterio a ley. El otro funcionaría como un espejo que confirma la imagen ideal de quien lo juzga.

León Ferrari en el Museo Bellas Artes. Su obra fue considerada blasfema durante la anterior retrospectiva en 2007 en el CC Recoleta. (Foto: Luciano Thieberger).

Espejito, espejito, ¿quién es el más bueno del mundo?

Sospecho que detrás de estas maniobras se esconde el supuesto común de que una obra debería responder, antes que nada, a exigencias morales. Sucede que el compromiso del arte –el que a mí me interesa– es estético, no moral. Carece de misión redentora. No le debe nada a nadie. Aspira a una libertad plena, sin supeditarse a ningún mandato superior (justicia, igualdad, revolución). Por eso, el arte no está obligado a hacer el bien, ni tiene que hacerse bien.

Si un médico extirpa el riñón izquierdo en lugar del derecho, será acusado, con toda razón, de mala praxis. Pero ¿cómo definir la mala praxis en el arte? No hablamos de un cuadro mal pintado o de una técnica deficiente. Además, cuesta imaginar cuáles serían las víctimas de una obra mal hecha. ¿Mal hecha para quién? Y no es que no existan criterios de apreciación para juzgar las obras, pero la sagrada libertad (inutilidad) del arte admite y alienta la posibilidad de inventar, apropiarse, despojarse, copiar, romper, repetir, doblar la apuesta, triplicarla: la impunidad del arte, que escamotea controles de calidad estéticos y morales.

Nicola Costantino recreó un corsé legendario de Evita para la 55.ª Bienal de Venecia, en 2013. (Foto: Ariel Grinberg).

El arte con compromiso social sueña con transmitir un mensaje a favor de las buenas causas. La duda es si el arte, al comprometerse con una causa exterior, no pierde su potencia, su gracia, su ambigüedad: la fuerza para disparar (o dispersar) los sentidos, trastocarlos hasta agujerear la realidad y abrir zonas de misterio impensadas.

Por su misma concepción, el arte militante suele renunciar a darse esos lujos: prefiere establecer una línea demarcatoria, dividir el mundo entre buenos (nosotros) y malos (ellos), y así generar las condiciones para propagar su mensaje. Es un arte en el que impera el impulso pedagógico, el gesto que enseña y señala el camino. Por eso debe limitarse a reproducir la sintaxis conocida, a fin (un fin ilusorio, claro) de que la comunicación con el público se concrete. Lo acecha siempre un verdadero drama: reforzar las categorías que pretendía cuestionar.

La función del arte no es corregir ni reparar las injusticias de la historia, sino asumir la experiencia del mundo en toda su complejidad, con sus indeterminaciones, sus oscuridades y su salvajismo, para tratar de forjar, a partir de esa complejidad, nuevas formas que lo aborden.

Eso es todo. Ni más, ni menos: arte.