Hay jubilados que parecen desaparecer lentamente de los lugares donde antes estaban siempre. Ya no aceptan todas las invitaciones, abandonan algunos grupos, dejan de asistir a reuniones que sentían obligatorias y pasan más tiempo leyendo, caminando, cuidando el jardín o simplemente estando en casa. Para sus familiares, ese cambio puede activar una alarma: “se está aislando”.
La psicología del envejecimiento invita a mirar la escena con más cuidado. Existe una diferencia entre aislamiento no deseado y selección deliberada. El primero puede relacionarse con soledad, depresión, enfermedad o pérdida de vínculos.
El segundo puede formar parte de un proceso completamente diferente: dejar de invertir tiempo en relaciones o situaciones que producen poco bienestar.
Laura Carstensen, psicóloga de Stanford University y creadora de la teoría de la selectividad socioemocional, lleva décadas investigando este fenómeno. Conforme las personas perciben que el tiempo futuro es más limitado, suelen dejar de priorizar la expansión de sus redes y pasan a concentrarse en personas y experiencias emocionalmente significativas.
En esa línea, un estudio longitudinal sobre cambios en las redes sociales durante la adultez encontró que estas se hacían progresivamente más pequeñas con el paso de los años.
Reducir determinados vínculos y actividades también puede ser una manera deliberada de reservar energía. Foto: Unsplash
La investigación, publicada en International Journal of Behavioral Development, mostró que la reducción ocurría sobre todo entre los vínculos periféricos, mientras que el número de relaciones emocionalmente cercanas se mantenía estable.
Los adultos mayores, además, describían sus redes con más emociones positivas y menos negativas.
Cuando reducir la agenda no significa reducir la vida
Eso ayuda a interpretar al jubilado que ya no quiere asistir a cada cena, celebración o compromiso social. Tal vez no haya perdido interés por los demás. Quizá ha dejado de considerar necesario estar en ambientes donde debe conversar por obligación, representar entusiasmo o mantener una identidad que pertenecía más a su vida laboral que a la actual.
La transición hacia la jubilación también implica un reajuste de identidad. Investigaciones de Australian National University han mostrado que jubilarse no consiste únicamente en abandonar un empleo: las personas deben desprenderse, conservar o reconstruir distintos papeles con los que se definieron durante décadas.
De ahí surge una interpretación posible del planteo de que algunos jubilados dejan de ir a lugares que les exigían “ser una versión de sí mismos que nunca eligieron”. La investigación no demuestra eso exactamente, pero sí muestra que puede abrir un período de reajuste de la identidad.
Para alguien que pasó 40 años desempeñando un determinado papel, retirarse puede permitir algo muy simple: preguntarse qué compromisos seguiría aceptando si ya no tuviera que impresionar a un jefe, mantener contactos profesionales o cumplir expectativas sociales.
Eso no significa romantizar cualquier retirada. Si una persona deja también de ver a quienes quiere, pierde interés por actividades que antes disfrutaba o sufre por estar sola, el cuadro es diferente.
Para alguien que pasó 40 años desempeñando un determinado papel, retirarse puede permitir algo muy simple. Foto ilustrativa XAI
Pero cuando conserva vínculos significativos y parece sentirse mejor con una vida más pequeña, la reducción puede ser precisamente lo contrario de una renuncia. Puede ser selección.
Tal vez algunos jubilados tranquilos no se hayan apartado del mundo. Simplemente dejaron de considerar que todo el mundo merecía la misma cantidad de su tiempo.
Todavia no hay comentarios aprobados.